Autor: Jiménez Blanco, José. 
   Pactos, alianzas y programas     
 
 Ya.    19/02/1977.  Páginas: 2. Párrafos: 6. 

PACTOS, ALIANZAS Y PROGRAMAS

HA llegado laHiora de i a negociación; Negocia el Gobierno con ía oposición. Negocian entcé sí tanto los

partidos de la oposición como los que podónos considerar herederos otorrranquismo. Y de todo este

movimiento negociador, que bienvenido sea, a pesar de las dificultades que no son de dar por

definitivamente liquidadast están saliendo pactos y alianzas. De momento, todo el quehacer negociador se

está - centrando en el próximo episodio electoral. No seré yo quien niegue la importancia de llegar a un

pacto libre y generosamente alcanzado por ambas partes, de cara a las futuras elecciones. De que ese

punto se cumpla a satisfacción de las fuerzas políticas en presencia—todas, con la excepción d>e los

grupúsculos de los "ultras" de ambos lados—depende el que al proceso da reforma llegue a un final que

signifique la implantación real de una democracia, pluralista, meta a la que aspiran la inmensa mayoría de

los españoles. Si ese final se logra, ya se pueden arrumbar todas las reticencias que sobre la reforma ha

habido en este último año y pico.

CON independencia de la reforma tal como la ha pilotado el actuail Gobierno do la Monarquía, el que

exista en el país una clara voluntad negociadora significa por sí mismo un logro histórico del pueblo

español, que con ello da muestras de una madurez, retóricamente esgrimida en ocasiones, realidad

indiscutible de la circunstancia española actual. Prescindir definitivamente de dirimir las luchas políticas

(y sociales, y económicas), que son connaturales con una sociedad moderna, mediante el recurso a la

violencia, y sustituir ésta "por la negociación como único instrumento válido de "organizar la

convivencia, me parece ser el signo más evidente de nuestra madurez. La misma calmada, pero enérgica y

sin vacilaciones, repulsa de loa brotes de violencia de las üJtimias semanas, nos indican claramente que

las fuerzas políticas que están en condiciones de asumir las responsabilidades del Gobierno tras las

elecciones no están dispuestas a enredarse en una espiral de violencia, sino que definitiva-mente han

optadp por la vía pacífica de las elecciones. De todo esto los españoles, acaso por primera vez en nuestra

historia, no podemos sino enor- gullecernos y felicitarnos, y no apelarnos nunca de esta posición. Mucha

sangre ha costado llegar hasta aquí, pero España no está dispuesta en adelante a yque su vida política sea

otra cosa que lucha—la lucha es inevitable-—, pero lucha pacífica, lo cual dista mucho de ser una utopía

o una contradicción en los términos: la historia., reciente de las democracias occidentales, al menas desde

1945, demuestra que ello es posible.

PERO observo que todo este ánimo negociador, que quiero entender en su más amplia dimensión,, se

ieatá centrando exclusivamente en el proceso electoral. Sin duda es lo que tenemos como episodio

político más inmediato, y es lógico que todos los esfuerzos se concentren en él. En este sentido, la

negociación Gobierno-oposición tiene necesariamente que centrarse en ese objetivo, como paso primero y

primordial para Ja aceptación de la entrada en el juego de las elecciones a las que conduce la reforma.

Pero´no ocurre lo mismo con las negociaciones que mantienen entre sí. los diferentes partidos --de ía

oposición o posfran-quietas. Unos y otros nos anun-, cían cada .día posibles alianzas electorales, que de

momento—, como el manto de Penélope se hacen y deshacen de la noche a la mañana y que nos

mantienen pendientes de una suerte de quiniela política en que. se puede apostar por si llegaran o no a una

alianza electoral los .socialistas, o los centristas, o´"los demócratas cristianos. Qué alianza electoral .y

entre quiénes, a muy poca distancia de. las elecciones, nos mantienen en suspenso los partidos políticos

cada mañana y cada tarde al íeer los periódicos. Unos líderes dicen que ya han llegado a la alianza; otros

lo niegan a renglón seguido; se disputa bajo qué signo se presentará la alianza hay alianzas que tienen

sentido histórico, otras que ponen juntos a grupos que por su historia no son conciliables peleas

personales entre líderes, que todo el mundo conoce, se esfuman ante la necesidad de lograr grandes

alianzas de cara a las elecciones, etc. A mí todo esto me parece muy bien, entre otras razones porque es

historie amén te inevitable que se acude a laa primeras elecciones libres después de cuarenta años ya unas

Cortes con el carácter de constituyentes en agrupaciones que no fraccionen al electorado en demasía y

permitan mayorías capaces no ya de gobernar, sino incluso d« proponer una nueva Constitución que tenga

el respaldo de amplios sectores de¿ electorado español.

PERO lo que yo, y supongo que alguno más q-ue yo, echo a faltar en estas alianzas electorales es la

existencia explícita de programas políticos que le den algún sentido a esas alianzas. .Es decir, que además

de aparecer jiintos en las lis-. tas electorales, los que entran en alianza compartan alguna suerte : de

programa político, aunque sea mínimo, que oriente al elector, a quien veo en la tesitura de votar1 por la

lista donde va fulano o mengano, pero sin saber a ciencia cierta qué -es lo que se proponen hacer si

alcanzan el poder. Hay demasiado de tertulia de aml-guetes que deciden probar suerte juntos, arta"sombra

de unos u otros líderes. Porque ´de los partidos ´"políticos,; Jo, único que sabe él español votante es quién

es el líder, cuando no una serie de líderes diferentes, pero con el mismo nombre u orientación > de

.partido, ´cuyas diferencias de programa jamás Se hicieron explícitas.. Hay mucho también de juzgar de

oídas: de oídas de lo que los nombres de los partidos significan en otros países1 del mundo occidental, o

de oídas de lo que fueron ésos "partidos en el pasado histórico español. L.OS ejemplos son obvios, y no

qule* ro referirme en concreto a ninguno en esta ocasión, porque lo que pretendo con este artículo .

(como vengo pidiendo. desde hace más de un año) es que los partidos políticos des-:oubrañ ante el

ciudadano español, que es quien lo ha. de votar, él programa político que va a guiar la actuación del

mismo en cosas tan concretas como éstas: qué nueva Constitución proponen; qué "paquete", como ahora

se dice, de medidas económicas tienen en cartera, cuál es su progama educativo o sanitario; por referirme

a cosas- en las que todos estamos interesados; qué solución ofrecen a! agudo problema de las

nacionalidades y reglones. No se me, diga que el franquismo, durante cuarenta años, ha impedido que se

pueda hacer, eso. Para tener un programa de partido, en la legalidad o en la ilegalidad, lo que hace falta es

tener ideas cobre cómo organizar la, convivencia española desde un poder aacanzado democráticamente o

desde una oposición leal-´ mente sostenida. Para eso- ha habido tiempo, incluso si se me apura, en el

último año y pico; después de la muerte de Franco se ha abierto, primero, un estado de tolerancia, y

después, un estado de legalización para la celebración de congresos por los partidos, de modo que debería

ser ya algo peí rectamente claro para los españoles qué significa cada partido. Y esto no ha ocurrido, o ha

ocurrido de un modo tiiuy escurridizo. Gomo he denunciado otras veces, los partidos se han lanzado a la

caza del voto de los españoles, tratando de no asustar a nadie y de tranquilizar a todo el mundo, con el

resultado de que en este momento no se sabe—y, sobre todo, no lo sabe el españolito votante— qué

significa en España votar ai socialismo, a la democracia cristiana, al centro, a la derecha y, ni siquiera, al

comunismo. Esta situación no puede durar ni un minuto más si queremos que la positiva voluntad

negociadora que se respira por todas partes no acabé en un enjuegue político que tenga mucho mas que

ver con el viejo sistema del "eneasllla;mien-to" que con el voto libremente emitido, con conocimiento de

causa, frente a opciones políticas nítidamente perfiladas.

José JIMÉNEZ-BLANCO

 

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