Autor: Aradillas, Antonio. 
 Problemas humanos. 
 Alucinante historia matrimonial     
 
 Pueblo.    10/06/1977.  Página: 15. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

LA PROTAGONISTA LANZA A LA LEY Y A LA OPINIÓN PUBLICA UNAS INTERROGANTES

QUE NO PUEDEN QUEDAR SIN CONTESTAR

Después de haber narrado incantables historias matrimoniales, aseguro que la siguiente es auténticamente

alucinante. Y no lo es no sólo por d drama humane que comporta y en el que está comprometido lo más

íntimo de la persona, sobre todo desde su condición de mujer... Lo es, además, porque en él está

comprometida la fe de! cristiano y la fiabilidad de la institución eclesiástica, única competente en España

para dictaminar en cuestiones civiles, en nombre de unas leyes que resultan, sin paliativo alguno,

inmorales, Interpretadas por unos señores de los que lo menos que se puede asegurar es que, por las

razones o sinrazones que sean, viven y pretenden hacer vivir al margen y en contra de las riendas

antropológicas y hasta de la interpretación evangélica de la fe y de la vida.

ALUCINANTE HISTORIA MATRIMONIAL exigentemente avalada la historia por la correspondiente

documentación que pongo a disposición de quien, o de quienes, la necesiten y pueda hacer uso

correcto de ella, me limito simplemente a narrar los hechos, repetando en todo lo posible el

estilo y las palabras de su protagonista, con la confianza de que sea e lector quien comente y

juzgue.

«Me llamo M. R. de M. ;. a los veinticuatro años me casé con P. en Madrid, hace ya de esto una

docena de años. Después del banquete los padres de mi marido manifestaron especial interés en que

nos fuéramos con ellos a un bar, y allí permanecimos durante un largo rato... Al llegar al hotel, con el

lógico deseo de encontrarme a solas con mi marido en tan esperado momento, P. alegó encontrarse

cansado, pareciéndome a mí bastante extraño aquello, dado que, a pesar de mis cortos

conocimientos en aquellas cuestiones, nadie podía estar cansado la primera noche de boda... A la

mañana siguiente emprendimos viaje hacia, la Costa Brava, acompañados por sus padres, y a pesar

de diversas iniciativas por mi parte, reconociendo otra vez más falta de conocimientos, mi marido

rehuyó cualquier encuentro en la Intimidad. Se fueron sus padres a su país, Alemania; mi marido se

colocó en una empresa de importación - exportación y yo me coloqué de telefonista en el turno de

noche en un. hotel. El no sólo consintió aquel horario, sino que lo facilitó y le agradó, Al

expresarle yo mis preocupaciones de que todavía no hubiéramos alcanzado intimidad alguna, él alegaba

que todo eso de la desfloración en la primera noche, y aun en las siguientes, era un mito ancestral

propio de países y de personas subdesarrolladas. «Todas las cosas vendrán con el tiempo.» Al

manifestarle yo mis deseos de maternidad, expresándole directamente que yo creía que así no iban a

venir los niños, absurdamente me llegó a asegurar que tal vez podrían venir... Un día —hay

que pensar en la falta de formación con que entonces Ibamos las chicas al matrimonio-- me

asustó al decirme que podría rompérsela su miembro viril... Mi total des-información al respecto y

mis miedos reverenciales y pecaminosos, me impedían entonces afrontar el tema con objetividad. En la

actualidad, yo misma en los libros hubiera estudiado y descubierto por dentro y por fuera hasta la

composición del miembro viril.

Pasada Navidad, a los cinco meses de casada, no aguanté más y decidí dejarlo. Me marché con mi madre,

pero él Insistió, manifestándome buenos propósitos, y accedí a volver con él, alegando siempre al

acostarse que se encontraba tremendamente cansado... En agosto decidió marcharse a Italia, adonde

llegué yo en septiembre, poniéndonos los dos a trabajar. Le encantaba viajar y no estar fijo ni en ningún

lugar, ni en ningún trabajo, a pesar de mis deseos de crear un hogar en trabajo y en lugar estables. En

plena juventud y conviviendo con su propio marido, hay que ser de piedra —y yo no lo soy— para dejar

pasar el tiempo sin que te dé ni un beso siquiera... Le convencí de que debíamos establecernos junto a sus

padres en Alemania, y allí ´permanecí unos meses horrorosos, tan sólo comprendida por una cuñada suya,

no ajena a mi propia tragedia. Sus padres no la descubrieron, o mejor, no quisieron descubrirla nunca,

porque, aunque yo no se la comuniqué en toda su dimensión, sí que les insinué lo suficiente como para

darse cabal cuenta de ello En febrero no pude más y me vine a España con mi madre, sugiriéndome como

lo más conveniente una separación matrimonial. Mis conocimientos de inglés, francés, italiano y alemán

me facilitarían aquí el trabajo; transcurridos unos meses, que tuve que pasar en recuperar mi salud,

quebrantada en todo orden de cosas. El estuvo unos meses en Suecia. Aconsejada por unos y por otros, y

con deseos de hacer un último esfuerzo para salvar mi matrimonio, nos volvimos a encontrar en

Alemania, no perdiendo yo la esperanza de que la presencia de un hijo en nuestro hogar podría resolverlo

todo... Expresamente me prohibió entonces acostarme con él en su misma cama, permaneciendo yo como

el primer día de la boda..., y como mi madre me trajo al mundo. Su madre me indicó que, si yo quería

salvar mi matrimonio y vivir con su hijo, debía su-ceder a renunciar a tener casa propia, constituyéndome

en acompañante para sus viajes.., Conste que se trataba de un matrimonio católico y que mi marido hacia

fervientes y frecuentes profesiones de fe. En noviembre —estamos en el año 1971— no pude ya más, y

consciente de haber apurado hasta el máximo todas las posibilidades humanas y divinas, me volví

definitivamente a Madrid, y después de hablar con el sacerdote de mi parroquia, decidí iniciar la petición

de dispensa de mi matrimonio como rato y no consumado.

Antes de cursar oficialmente la petición, un abogado me indicó la conveniencia de que me sometiera al

reconocimiento médico, por parte de dos ginecólogos, a la espera de que ellos me aseguraran de que mi

petición podría tener éxito. Yo estaba convencida de que ni mi marido ni nadie había llegado a tener plena

intimidad conmigo pero no descartaba la posibilidad de que algún esfuerzo deportivo o cualquier

accidente me hubieran hecho una mala jugada... Convencidos de mi virginidad física los dos peritos

médicos, se iniciaron las preces en el mes de marzo de 1972, exigiéndome inmediatamente la Iglesia otro

reconocimiento médico por parte de los ginecólogos, que resultaban ser los mismos de antes. En el

Tribunal Eclesiástico me dijeron expresamente que si lo tramitaba por pobre tardaría mucho, pero que si

lo pagaba, sólo tardaría de seis meses a dos años. Se me dijo que todo me supondría de 25.000 a 50.000

pesetas. Desde esa fecha me dediqué expresamente y con intensidad a removerlo todo y a hablar con unos

y con otros para que actualizaran mi caso y poder alcanzar así mi libertad como mujer, para poder

casarme, si me apetecía. Conseguí un trabajo en Benidorm, y allí me llegó una carta de los Tribunales

Eclesiásticos lechada en Madrid el 13 de junio, en la que se me decía que había de «ingresar en el erario

diocesano las expensas correspondientes de 25.000 pesetas, pidiéndoseme que se presentara en el

Tribunal mi marido, y sugiriéndoseme que yo fuera otra vez reconocida por ginecólogos, proponiendo a

los padres de él como testigos. Como no disponía entonces de las 25.000 pesetas y como lo de que sus

padres y mi marido se presentaran me parecía imposible, no contesté la carta del Tribunal Eclesiástico.En

enero de 1976 visité al juez eclesiástico, que se irritó mucho contra mí por no haber contestado su carta,

no valiéndole las razones ofrecidas y diciéndome que si hubiera cumplimentado todo lo indicado en ella,

ya hubiera estado resuelto mi problema Insisto en que no le valieron mis razones, no reconociendo mi

esfuerzo al haber tenido que ahorrar las 25.000 pesetas con mi propio trabajo en el que no cabía el más

leve atisbo de indecencia, amenazada siempre con posibles reconocimientos médicos... En éste tiempo,

mi marido hizo apostasía de su fe eximiéndose de cualquier compromiso con la Iglesia Católica.

El 11 de marzo de 1976 recibí otra carta del Tribunal Eclesiástico, en la que se me preguntaba si estaba

dispuesta a ser reconocida por otro doctor... Les contesté afirmativamente, poniéndome en seguida en

camino. Por cierto, que yo creí que no me iba a cobrar, pero me costó 5.000 pesetas. Total, que entre unas

cosas y otras, cinco reconocimientos médicos... Al lamentárselo así al vicario general ´´de Justicia, en una

visita que le hice, se limitó a decirme que todos esos reconocimientos eran necesarios, entre otras razones,

porque asi las mujeres se cuidarían mucho de llegar vírgenes al matrimonio. No le sirvió la razón aducida

por mí de la incongruencia que suponía basar la consumación del matrimonio en la ruptura biológica de

una membrana. Y más en los tiempos presentes. He de indicar que este último médico que me reconoció

demostró conmigo excesiva confianza. Los otros se portaron con toda corrección y delicadeza. La

impresión recibida a propósito de este último reconocimiento en nombre de la Iglesia no pudo resultar

más desdichada. Constituyó para mi como una pesadilla. Sentí que la Humanidad y que la misma

Iglesia, que me exigían tales humillaciones, estaban enfermas al no fiarse de mi conciencia y al darle más

credibilidad a una membrana que a mi testimonio personal... Ni el médico ni el juez eclesiástico me

comunicaron resultado alguno, asegurándome aquél que haría todo lo posible porque yo, tan joven,

llegara un día a rehacer matrimonialmente mi vida. El juez eclesiástico me indicó que tardaría unos dos

meses en tenerlo todo resuelto, prometiéndole que para entonces le abonaría yo todo lo adecuado, aunque

bien sabe Dios que no tenía intención de darle ni una sola peseta. Pasó un año y dos meses, he vuelto a

hacer llamadas y más llamadas, me acerqué repetidamente a verlos, se excusaron diciéndome que el

motivo de la tardanza estaba en Roma, adonde habría de recurrir, y así, el día 15 del pasado mes de abril,

recibí una notificación en la que literalmente se dice: «Le comunicamos que ha llegado de Roma el

rescripto de la petición de dispensa que usted presentó sobre matrimonio roto y no consumado. Para poder

comunicárselo deberá usted acudir para hacer efectivos sus derechos de la Curia Romana...» El 9 de

mayo, finalmente, accedí a acudir a los Tribunales, después de haberme manifestado el juez que no tenía

siquiera Notario, a lo que yo le dije que me ofrecía a trabajar gratuitamente con él para activar tantas

causas pendientes, y en la Curia de Justicia me atendió la señora que está siempre allí... y que fue la que

me leyó la solución venida de Roma, en latín, y en la que se dice negative.

Es decir, que no ha lugar a la disolución de mi vínculo matrimonial.

Puede imaginarse cuál sería mi reacción al leerme el documento en un idioma ya muerto y que nadie

entiende, no consintiendo además aquella señora que me llevara a mi casa aquel papel venido de Roma,

diciéndome que, al igual que todo el expediente, quedaría archivado en los Tribunales. ¿Y para esto he

estado yo esperando cinco años? ¿Y para esto he tenido que someterme a tantas humillaciones, agresiones

y violaciones contra mi intimidad de mujer y de persona? ¿Y para esto he confiado en la Iglesia y en los

hombres que dicen representarla? ¿Y para esto he tenido que sacrificarme tan cruelmente estos años

cerrando a cal y a canto las puertas de mi sensibilidad de mujer a cualquier llamada de un hombre, que en

conformidad con mis creencias profundas y con mi conciencia, hasta podría haberse constituido en

respuesta legítima? ¿Y para esto he corrido el riesgo de perder mi fe confiando en la institución?... Los

interrogantes fueron y siguien siendo muchos. A la salida del Tribunal, ya en la calle, me encontré con

uno de los jueces, y no tuve más remedio que increparle así: «Creo que en esté sol tan brillante tiene que

estar Dios... Le rezaré de aquí en adelante para que venga pronto el divorcio a España y para que cate uno

pueda resolver su problema en conformidad con su propia conciencia... ¿Ve usted esta cruz que llevo al

pecho? Pues, por esta cruz, le aseguro que, después de todo lo que aferrada a ella he podido sufrir, me

paso al bando de Satanás...» «Ah , hija mía, usted puede hacer lo que quiera, se limitó a responderme

aquel juez eclesiástico...» Comprendo que estaba como enloquecida, y que mi reacción fue incongruente

entonces. Tuvo que serio. Me explico que se cometan barbaridades y hasta tonterías. En las tramitaciones

últimas he perdido tres trabajos, haciéndole constar que mi condición de mujer separada —ni casada, ni

soltera, ni viuda, ni monja— constituye una dificultad auténtica a la hora de encontrar trabajo... Mi vida

deshecha ya, por lo visto, no podrá rehacerse nunca, y debo resignarme a vivir en la ilegalidad y

condenada en esta vida y hasta en la otra.

No hay derecho, y menos en nombre de Dios y suplantándole al dictaminar la sentencia... Mientras tanto,

no tengo noticia alguna de mi marido, ni falta que ellas me hacen. En una de sus declaraciones, ya

apóstata, él reconocía por escrito que a él lo único que le gusta es estudiar y viajar... ¿Es que no se puede

realizar alguna acción colectiva en España en favor del divorcio? ¿Es que es moral, humana y cristiana la

situación en que yo vivo, y en la que viven tantos otros protagonistas de casos similares al mío? ¿Es que

pueden quedarse tranquilos los señores obispos después de haber firmado el documento reciente,

reafirmando una vez más la indisolubilidad matrimonial?»

 

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