Autor: Gil-Robles, José María. 
   Una invitación al caciquismo     
 
 Diario 16.    11/05/1977.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

Miércoles 11 -mayo 77/DIARIO16

OPINION/5

Una invitación al caciquismo

José María Gil-Robles

Las listas de candidatos para las elecciones del Congreso, y del Senado llenan las páginas dé los

periódicos. A su vista, el espíritu del lector vacila entre variados sentimientos, que van del asombro a la

ironía. ¿Hasta este punto es variado el panorama , ideológico español? ¿Es posible que sean tantas las va-

nidades y las ambiciones? ¿Tiene la sociedad española la suerte de contar en su seno tan abrumadora-ri-

queza de aspirantes a estadistas? ¿Cuántas no habrán sido las energías consumidas en el adecuado encaje

de tantos y tan variados personalismos en el cauce estrecho de unas listas de personalidades limitadas por

disposición de la ley y las exigencias de la realidad? Cuando una serena reflexión ha logrado´ superar el

trauma de la sorpresa, se acaba por encontrar una respuesta. Respuesta que en su aparente sencillez, con

visos de simplismo peligroso, encierra la explicación de un fenómeno que no deja de presentar una cierta

complejidad: después de cuarenta años de comprensión, no es de extrañar que la explosión se produzca.

¡Es arriesgado cargar demasiado las válvulas!

Durante los pasados decenios, quienes por vocación o por ambición—también una ambición legítima de

hacer el bien es un motor respetable— no han podido encontrar más que un único cauce de satisfacer sus

aspiraciones: Acoplarse a los moldes del partido único, aceptar por convencimiento o por interés sus

consignas y esperar el resultado de la voluntad del imperante y de la oligarquía nacida a sa sombra. Quien

no se adaptaba a ese proceso, no tenía más solucio1 nes que la resignación ante la margiriación sine die o

la adscripción a tendencias o grupos que iban desde la preparación en la clandestinidad hasta, la rebeldía

declarada. Cuando, de pronto, la presión del sistema autoritario desapareció para dar paso a la

preparación, más o menos sinceramente pretendida, de un sistema democrático, las tendencias contenidas

saltaron como movidas por un resorte; y como lógica reacción, los beneficiarios de las cómodas sinecuras

del pasado se aprestaron a ocupar todas las posibles posiciones defensivas. Unos y otros, con el desorden

que es propio de la improvisación, se acogieron a la fórmula de los partidos políticos, que antaño figura-

ban en el inventario de las cosas citando y hogaño constituyen la fórmula que, en su rica variedad, debe

albergar a todos los españoles, Pero el partido político no se improvisa. Por lo mismo que su mayor

justificación está en ser el elemento ordenador de. las variadas opiniones de la masa, su formación, su

ideario y, sobre todo, su disciplina son el fruto de una lenta elaboración,´ de un uso progresivo y prudente,

de una racional adaptación a las circunstancias variables de cada momento histórico. En el orden político,

al igual que en todas las manifestaciones de ía vida, pasar sin transición de un extremo a otro acarrea

siempre trastornos y contratiempos.

No ha habido tiempo de depurar las ideologías, ha faltado oportunidad de perfilar los programas, no se ha

dado ocasión a que se manifiesten las condiciones de mando de los jefes, no se ha-pasado por los avatares

que .ponen a prueba la disciplina. Ir en esas condiciones a la celebración de unas elecciones para unas

Cortes que deben ser constituyentes, es una aventura peligrosísima. No se ha dado tiempo a levantar

construcciones medianamente sólidas, y la opinión se encamina a las urnas electorales sin haber podido

contrastar las ideologías, comprobar la disciplina de los grupos y medir la capacidad de los qué se han

erigido en directores. ¿Cabe extrañarse, en estas condiciones, que se haya producido una proliferación

morbosa de partidos, de mayor o menor autenticidad, y que se hayan multiplicado las candidaturas en

términos tales que están poniendo a la nonnata democracia española al borde del desprestigio?

Al enjuiciar problemas de este ge-aero no me gusta acudir al cómodo y muchas veces injusto recurso de

cargar todas tas culpas sobre los que gobiernan. Sin embargo, en este caso no puedo disimular las

responsabilidades en que han incurrido.

Ante todo,. lamento la precipitación con que se han convocado las elecciones, sin dar tiempo a que

empiece a serenarse el oleaje de las ambiciones y el hervor de las impaciencias. Es cierto que España

.necesita un orden constitucional que hoy no tiene. Pero, ¿no nos encontraremos ante la sorpresa de que

unos simples retoques a lo existente o un texto híbrido nacido de concepciones contradictorias —que es lo

más que pueden dar de sí las Cortes— resulte un remedio peor que la enfermedad? En segundo lugar, hay

que reconocer que el desdichado sistema electoral elegido aboga por la dispersión, en lugar de favorecer

la estructuración de grandes formaciones ciudadanas. El mal se ha mostrado en ese amplio sector social

del centro con una gravedad muchísimo mayor que en los otros núcleos que lo enmarcan, y «n los cuales

el ideal defensivo de la derecha y el afán de ruptura en la izquierda generan más firmes cohesiones.

Ante el caos que el centro ofrecía hace escasos días, el Gobierno ha resuelto amalgamar las minúsculas

entidades que lo integraban en un partido del presidente, a base de candidaturas entremezcladas con

personalidades de la confianza del señor Suárez, presiones gubernamentales y preparación dé una victoria

electoral a base de la utilización de los resortes caciquiles que aún subsisten de un partido único que ha

agarrotado la vida política de la nación durante casi medio siglo. No quiero encontrar a esta decisión

explicaciones molestas para e! señor Suárez. ¿Ha querido poner algo de orden en la anarquía partidista?

¿Se preocupa por llevar a las futuras Cortes un núcleo medianamente coherente que permita gobernar?

Estoy dispuesto a admitir la rectitud del propósito; pero lo que no puedo aceptar es el acierto de la

solución. El partido del presidente no sobrevivirá como unidad al día siguiente al de las elecciones. Y

unas Cortes designadas bajo la presión gubernamental, como en los viejos tiempos del famoso Romero

Robledo, artífice incomparable de mayorías artificíales, nacerán desacreditadas. Mejor dicho, lo están ya

antes de nacer. En el mejor de los casos, no cerrarán fecundamente un periodo constituyente, sino que lo

prolongarán en condiciones aún más difíciles y, lo q«ie es peor, en plena y no resuelta crisis económica.

¿Vale la pena el esfuerzo para obtener tan lamentable resultado?

 

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