Autor: Aguirre Bellver, Joaquín. 
   El derecho al adulterio     
 
 Pueblo.    13/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

EL DERECHO AL ADULTERIO

La verdadera revolución, la que sí tiene atientas para destruir ei árbol desde las raíces, esa es la revolución

femenina. Todas las demás, las que nacieron en el siglo pasado y las que se han fraguado en éste, parece

claro que se han diluido o van diluirse una tras otra. La revolución contra la aristocracia desembocó en el

imperio de la burguesía; la revolución contra la burguesía ha desembocado, al Este, en la dictadura de una

nueva clase, la burocracia, y al Oeste, en una convivencia de capitalismo y socialismo que parece ser cada

vez más estable; al menos, mientras dure la prosperidad. Realmente, eran una misma revolución, la

Revolución Francesa; sólo que, mientras ta burguesía coronó reina a la libertad, el socialismo elevó

a la igualdad al trono. Dirán ustedes que queda una tercera pretendiente, la fraternidad.

PERO en ella nadie piensa, quizá porque no sabe cómo demonios va a convertir en revolucionario e1

hecho de darse manos a boca con el cristianismo, a estas alturas; Desde el año 17 para acá, sólo lia

habido revoluciones menores,´ parciales, m e r a estrategia dentro de .los grandes planteamientos

primarios. El fascismo, dictadura de la burguesía, era pura respuesta de combate a! comunismo, con sus

mismas armas dialécticas y de acción; La revolución de los estudiantes, que tuvo por profeta a Marcuse,

quedó en una recluta de descontentos juveniles que desembocaban en el marxismo, si obtenían una dosis

suficiente de indignación, y en pura entrega a la droga y. al placer, si su ánimo era pacifista. Mientras la

otra revolución, la del clero, se ha desvirtuado al .no. acertar con una concreción religiosa y derramarse en

actitudes sociales y políticas sin novedad alguna. Era de esperar que los sacerdotes rebeldes entronizasen

como reina a la fraternidad, pero no ocurrió así. La revolución de las mujeres es la gran brecha. Los

dirigentes políticos se han dado cuenta ya y cada partido toma postura ante ella, para atraérsela, para

sosegarla o para arrojársela al rostro al partido contrario. Llega con las banderas desplegadas: divorcio,

píl-d o r a, aborto, igualdad, emancipación. La pildora ha sido el desencadenante. Al dejar de ser la

maternidad una imposición del destino, aliado del hombre, y convertirse en un hecho voluntario, la mujer

se ha sentido libre desde sus entrañas. Dentro de poco no habrá un sólo rincón del planeta donde no se

negocie la legalización de las cinco banderas revolucionarias femeninas. Ya los países más avanzados

sólo ponen reparos a una, el aborto, que conlleva la negación de una vida. Pero todo eso es negociable. Lo

verdaderamente revolucionario no está ahí, porque todo eso respeta lo esencial, que es la pareja humana.

Hay una reivindicación que de verdad puede trastocar el orden desde su principio: la igualdad ante el

adulterio. Es curioso que muchos juristas y sociólogos la aceptan sin objección. Cuando la auténtica

desigualdad- convivencial de los sexos no puede llegar hasta ahí. Digan lo que digan, el adulterio de]

hombre no es lo mismo que´ el adulterio de la mujer, por una sencilla razón: el hombre no puede hacer

creer a la mujer que son de elia ios hijos que ha tenido con otra. Por eso, el adu1terio femenino rompe la

familia, desligando al hombre de su obligación de defender la prole. No estoy refiriéndome tanto a un

hecho jurídico como a un hecho social y moral. El amor de la mujer por sus hijos es directo, amor por

algo que es clara prolongación de sí misma; mientras que el amor del varón hacia los hijos pasa por el

amor y la confianza en la lealtad de la mujer. Si por una decisión política revolucionaria establecemos 1a

igualdad en algo que es tan distinto y tiene tantos matices, es muy posible que hayamos imposibilitado 1 a

unión de la pareja, que el hombre se resista al matrimonio, que no acepte la responsabilidad de la lucha

por los hijos, sin la contrapartida siquiera de la fidelidad, única garantía. Ciertamente, estaríamos ante una

auténtica liberación femenina, una liberación total. Pero acompañada de la responsabilidad no compartida

en la crianza de los hijos. Entonces sí que habríamos dado la vuelta a la tortilla, inventando el «hombre -

objeto», mero objeto sexual, liberado de su papel de padre. ¿Se hacen ustedes una idea de la entidad de

esa revolución? Lo que ocurre es que uno se queda pensando si de verdad merece la pena. A lo mejor, en

vez de emancipar a la mujer nos habríamos limitado a dejarla sola.

Joaquín AGUIRRE BELLVER

 

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