Autor: Hernández Domínguez, Abel. 
   Feliz año electoral     
 
 Informaciones.    02/01/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

FELIZ AÑO ELECTORAL

Por Abel HERNÁNDEZ

YA no vale la pena darle más vueltas. A lo hecho, pecho. ¡Feliz año electoral a todos! Hasta bien entrada

la primavera de este —esperemos— venturoso 1979 estaremos metidos en urnas. Después vendrá el

ardiente verano de las autonomías y, como cañamazo del año nuevo, los viejos problemas del terrorismo

y de la crisis económica. Este será además el año de la democratización de la vida local y el del comienzo

del desarrollo constitucional, acontecimientos que marcarán el rumbo de la sociedad española.

Pero primero son las urnas. De la etapa del consenso pasamos, a la etapa de la confrontación (esperemos

que dentro de un orden). Las Cortes que han hecho la Constitución han sido, de hecho, sólo cons-

tituyentes: han muerto con el nacimiento de la Constitución, y eso que no hubo necesidad de cesárea. Suá-

rez vio que el tinglado no resistía hasta 1981 y ha preferido, arriesgada y sagazmente, convertir las

municipales en pedrea política, y jugárselo todo en la lotería de las generales, que le son más favorables.

Todo lo contrario de lo que quería la izquierda, que, en el último momento, hizo ofertas increíbles al

presidente para que desistiera de su propósito. Pero el presidente tenía su plan decidido, según

revelaciones seguras, desde los cálidos y luminosos días del veraneo marino en Ibiza. A la derecha le ha

dejado a medias de componerse, y sin novio. Si a la U.C.D. le son propicias los idus de marzo, irá a las

municipales, un mes más tarde, con mucho mejor horizonte y con más brío.

El calendario tiene, a mi juicio, dos virtualidades inmediatas: serenar el frenesí autonómico del País

Vasco y Cataluña y apaciguar el fervor reivindicativo de los sindicatos de cara a los convenios colectivos.

De ahora en adelante las acciones sindicales están inevitablemente inmersas en la campaña electoral de

sus respectivos partidos, que deben medir bien cualquier estridencia antipopular en vísperas de las

elecciones, y la U.G.T., el sindicato socialista, debe evitar cuidadosamente cualquier destrozo de la

economía, por si el Partido Socialista, su patrón, tiene que hacerse cargo del negocio público dentro de

dos meses. Se impone, pues, una tregua social.

¿Y qué va a pasar en las elecciones? Todavía es prematuro. Puede haber sorpresas. Sin embargo, si los

sondeos previos tienen algún valor, al menos orientativo, y el sentido común sirve para algo, de las

elecciones del 1 de marzo no pueden salir más que estas tres combinaciones: un Gobierno de centro-

centro, un Gobierno dé centro-izquierda o un Gobierno de centro-derecha. En todos los casos, la salida

razonable pasa por el centro.

El presidente Suárez y su partido van decididamente por la mayoría absoluta. Cuentan para ello con un

gran capital político y poderosos apoyos interiores y exteriores. Tienen, como oferta de la campaña, el

modelo de sociedad que rige en la Europa democrática del contorno. Cuentan con el resorte y el

entramado del Poder. Juegan en su campo. Si las encuestas previas no han sido falsificadas, parten como

claros favoritos. Un Gobierno de centro-centro, con más respaldo parlamentario que en la etapa anterior,

no es inverosímil.

Cabe, sin embargo, que U.C.D. pierda posiciones y que las gane el P.S.O.E., o que pierdan escaños los

dos "grandes». Incluso que los socialistas ganen las elecciones, sin alcanzar, previsiblemente, la mayoría

absoluta. Está claro que Felipe González no puede ahora mismo gobernar solo. Sería malo para el país y

desastroso para el propio Partido Socialista. Con esta especie de empate se intentaría, como ya han anun-

ciado reiteradamente los dirigentes del P.S.O.E., un Gobierno de centro-izquierda. Incluso en el hipotético

e improbable caso de que los socialistas lograran la mayoría.

¥ queda la tercera solución: un Gobierno de centro-derecha. La Derecha Democrática (Areilza-Fraga-

Osorio) busca ansiosamente algún tipo de pacto preelectoral con U.C.D. Sospecho que este plan no va a

cuajar. A lo más que se va a llevar es a un «modus vivendi», a un acuerdo de no agresión y, quizá, a

algunos entendimientos parciales. El pacto podría ser poselectoral, si la nueva derecha civilizada

consiguiera un par de docenas de diputados poco contaminados del pasado —es decir, presentables— y

U.C.D. los necesitara para tener una mayoría parlamentaria desahogada. A mi juicio, sería un lamentable

error que U.C.D. planteara, como el 15 de junio, su campaña electoral contra la derecha en lugar de

hacerlo contra la izquierda. Al fin y al -cabo, esta derecha democrática y la U. C. D. pretenden, con leves

matices diferenciales, el mismo modelo de sociedad.

 

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