Autor: Guzmán, Eduardo de. 
   La abstención electoral, factor decisivo     
 
 Diario 16.    05/01/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

La abstención electoral, factor decisivo

Eduardo de Guzmán

La gran sorpresa de las elecciones legislativas de 1977 —que, incomprensiblemente, pocos parecieron

advertir y menos aún se cuidaron de subrayar— consiste en comprobar que, pese a los cuarenta y un años

transcurridos desde los anteriores comicios democráticos, la tendencia general del electorado español

continúa prácticamente inalterable. En una y otra época existe, en efecto, cierto equilibrio entre los votos

de izquierdas y derechas con ligera vantaja de los primeros, escasez de las fuerzas interpuestas entre

ambos bloques y poco o nula representación parlamentaria de los grupos extremistas de ambos signos.

Aunque a lo largo de ocho largos lustros mueren algunos partidos y cambian de nombre agrupaciones o

asociaciones electorales, resulta fácil e incluso obligada la identificación -tanto por su significación como

por el número de diputados— de la UCD con la CEDA, de Alianza Popular con la antigua TYRE, del

PSOE no sólo con el socialismo histórico, sino con la socialdemocracia de los desaparecidos partidos

republicanos, y del PC consigo mismo, tan beneficiado un día por el Frente Popular como cuarenta y un

año después por el extraño sistema electoral que don Adolfo Suárez se saca de la manga. Igualmente es

forzosa la homologación de Fuerza Nueva y sus aliados del Bloque del 18 de Julio con Falange Española

de las JONS que, pese a presentar sus candidaturas en numerosas provincias, ni en 1936 ni en 1977

consigue un solo escaño en el Congreso.

Son tan semejantes las fuerzas •en pugna y los resultados que arrojan las urnas antes y después de nuestra

guerra civil que constituye un argumento positivo más para considerar -locura imperdonable la contienda

fratricida y sacrificio inútil el de tantos millares y millares de españoles muertos en el curso de los

hostilidades y en el doloroso discurrir de la interminable posguerra. ¿Puede nadie, en efecto, considerar

compensación suficiente de la matanza bélica y de las hambres y la tiranía de la dictadura que le sigue el

fabuloso enriquecimiento de unos millares de indeseables y la satisfacción personal del sadismo pato-

lógico y el afán inmoderado de mando y dominio de unas partidas de arribistas sin escrúpulos? La

contestación ha de ser forzosamente negativa y bastaría por sí sola para que quienes desencadenaron la

lucha armada hubieran muerto víctimas de los remordimientos de su propia conciencia, en el caso

improbable de que la tuviesen.

Las lecciones del pasado

Pero, dado que los resultados de 1977 demuestran que las tendencias generales del electorado español no

han experimentado variaciones fundamentales en los últimos cincuenta años, conviene tener muy en

cuenta las lecciones del pasado mediato e inmediato para deducir lo que pueda suceder en los venideros

comicios de marzo y abril. La primera conclusión que salta a la vista es que la abstención y su cuantía

será fatalmente factor decisivo en la contienda. Un 4 ó 5 por 100 de ciudadanos que concurran a las urnas

o dejen de hacerlo, significará que legalmente debe gobernar la UCD durante los cuatro próximos años o

lo haga en su lugar el PSOE. En censo de veintiséis millones de votantes, un 6 por 100 representa el

millón y medio de sufragios necesarios para inclinar la balanza en uno u otro sentido. (Un descenso del 3

por 100 en la abstención basta para convertir la derrota izquierdista de 1933 en el triunfo del Frente

Popular en 1936).

En ninguna de las elecciones democráticas celebradas en el siglo XX en España la abstención electoral ha

bajado del 20 por 100. Lo normal es que oscile, tanto en Monarquía como en República, en torno al 30.

La mayoría de esa abstención es de claro matiz izquierdista, como lo demuestra fuera de toda posible

duda el hecho de que las derechas triunfan cuando aumenta y fracasan cuando disminuye. En el referén-

dum del 6 de diciembre pasado la abstención creció considerablemente hasta sobrepasar el 32,6 por 100.

¿Qué pasará el I de marzo y el 3 de abril del año en curso? Aunque es lógico y natural que tanto en las

elecciones generales como en las municipales la votación sea más nutrida que en referéndum, ¿lo será en

la cuantía necesaria para impedir el triunfo del centro-derecha?

PSOE y PCE

Caben muchas dudas y no porque el electorado haya girado hacia la derecha, sino precisamente porque lo

han hecho los dos partidos políticos más fuertes de la izquierda. En efecto, si el PSOE renuncia al

marxismo para acentuar su significación socialdemó-crata, el PC rechaza el leninismo y la dictadura del

proletariado para retroceder a postulados aún más conservadores que los de la II Internacional, tan

denostada por ellos. ¿Qué mueve e impulsa a los dirigentes de ambos partidos? Una interpretación, a mi

parecer errónea, de los resultados del 15 de junio de 1977. Como el deseo fundamental del pueblo español

tras una larga dictadura era enterrar cuanto antes los restos del franquismo, los votantes izquierdistas se

volcaron en apoyo de socialistas y comunistas, temerosos de que sus sufragios resultaran inútiles de

hacerlo en favor de los gru-púsculoos extremistas, fuesen comunistas o no. La escasa votación alcanzada

por estos partidos convenció a muchos de que la extrema izquierda carecía de sufragios y que para

conseguir una mayoría parlamentaria era preciso buscarles en dirección opuesta, ganándolos los

socialistas a costa de los liberales y los comunistas a expensas de los socialistas. Y es muy probable que

unos y otros acentúen esta tendencia en la selección de sus candidatos.

¿Cuáles pueden ser los resultados? Las perpectivas tienen poco de halagüeñas cuando a la profunda

división entre !a base fundamentalmente proletaria de los partidos que todavía siguen denominándose

obreros, y sus dirigentes, se suma el profundo desencato de las masas trabajadoras por la labor realizada

por sus representantes parlamentarios en los últimos dieciocho meses. Socialistas y comunistas deben

meditar muy seriamente el tono de su propaganda si pretenden impedir que un aumento de la abstención

determine la victoria de sus tradicionales adversarios políticos.

 

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