Autor: Carrillo Solares, Santiago. 
 Elecciones de 1979. 
 La importancia del voto comunista     
 
 El País.    08/02/1979.  Página: 13. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

EL PAIS, jueves 8 de febrero de 1979

POLÍTICA

Elecciones 1979

TRIBUNA ELECTORAL

La importancia del voto comunista

SANTIAGO CARRILLO

Secretario General del Partido Comunista

Las elecciones del 1 de marzo tendrán gran importancia para la marcha de España hacia el desarrollo y

consolidación de una democracia avanzada. Cada ciudadano de este país debe ser consciente de que su

voto va a decidir nuestro destino por cuatro años, y probablemente bastantes más. Y que debe juzgar a los

partidos más por sus hechos que por sus palabras.

El fallo principal de este período constituyente ha sido la ausencia de un Gobierno que representara a

todas o a las principales fuerzas interesadas en el cambio democrático. Un Gobierno de este tipo hubiera

poseído la autoridad moral y política para acometer más eficazmente la solución de los problemas

económicos y sociales creados por la crisis; para enfrentarse con el terrorismo y garantizar la seguridad

ciudadana, extendiendo y consolidando, a la vez, las libertades democráticas. Los inconvenientes que

hubieran podido provocar los contrastes y problemas propios a toda coalición, habrían quedado

superados, con mucho, por el mayor arraigo y confianza popular obtenido por un Gobierno así.

Si me refiero a este fallo no es para lamentarme de algo que ya no tiene remedio, sino para ver dónde está

la responsabilidad, porque el Gobierno monocolor y minoritario de la UCD no era una fatalidad inevitable

a partir del 15 de junio de 1977.

Cierto: la responsabilidad principal corresponde a UCD, a su voluntad de monopolizar él poder, y

de lograr con una política adecuada identificar el nuevo partido con los intereses de la finanza y la in-

dustria, transformándose en el representante político de esta clase. Así hemos tenido un Gobierno con

banqueros e industriales, pero sin un sólo representante de los trabajadores. La clase obrera y los tra-

bajadores han permanecido totalmente marginados del control de la transición.

Pero la responsabilidad alcanza también al PSOE, cuya fuerza parlamentaria era suficiente para lograr la

formación de otro Gobierno. Nosotros se lo propusimos a partir del día siguiente a las elecciones pasadas.

Pero el PSOE no quería tampoco un Gobierno fuerte de unidad democrática; eran los tiempos eufóricos

en que los compañeros socialistas con la divina sorpresa electoral, estaban convencidos de que la

democracia en España se hallaba plenamente consolidada y que lo que interesaba es que se desgastara

UCD para alcanzar, con un simple corrimiento de votos, el Gobierno para el PSOE.

Por eso, la táctica socialista ha sido la de arañar a UCD facilitándole, sin embargo, como ahora reconoce

Felipe González, cuantos balones de oxígeno fueran necesarios para mantener el Gobierno. El PSOE no

podía derrotar a la formación monocolor de Suárez con su oposición testimonial en las Cortes; pero podía,

máxime con nuestro apoyo, lograr un cambio ampliando su composición.

El PSOE nunca se lo propuso. Y cuando los comunistas advertíamos de los peligros reales de la

transición, de que en España la situación requería el entendimiento entre todas las fuerzas democráticas,

se burlaban de «nuestro catastrofismo». Hasta que llegó la Operación Galaxia y, viéndole las orejas al

lobo, el PSOE habló, por primera vez, de entrar en el Gobierno. Y ahora, a pesar de las incontinencias de

la precampaña electoral, ya no se oculta la perspectiva de un Gobierno posible con UCD después de las

elecciones.

Pero lo inquietante es que el PSOE se orienta hacia esa solución rompiendo sus lazos con la izquierda.

Así ha sucedido en Cataluña con la Entesa; en el resto de España, con su negativa a hacer coaliciones para

el Senado, y en los ayuntamientos rurales para las elecciones municipales. Múgica proclama que «nada

con los comunistas». Se perfila así una peligrosa tendencia socialdemócrata que comienza ya a inquietar a

las bases del PSOE y que puede favorecer al centroderecha.

No es lo mismo una política de coalición sobre bases socialdemócratas, en las que el PSOE sería un

simple auxiliar del Centro, que una política de coalicionan la que la izquierda, unida y no enfrentada,

tenga un peso específico importante.

¿Cómo asegurar esto último? ¿Cómo salvar al PSOE del hundimiento en una política socialdemócrata y

antiunitaria? No hay más que un camino: logrando que la representación comunista sea más fuerte de lo

que es, llevando más diputados y más senadores comunistas a las Cortes, votando más al PCE.

Las relaciones de unidad entre la izquierda son también relaciones de fuerza. La existencia de una im-

portante minoría parlamentaria comunista ayudaría a las corrientes unitarias y de izquierda dentro del

PSOE a no ser anegadas por la presión socialdemócrata.

Estas elecciones deberían servir para descartar un Gobierno de centro-derecha, que pondría en cuestión el

contenido democrático de la Constitución y que se asemejaría demasiado a lo que fue el régimen pasado;

deberían servir para formar un Gobierno de amplia base, progresista, que abordase con decisión los

graves problemas económicos sociales, en primer lugar, el del paro; que diera soluciones políticas y

técnicas con la iniciativa y la energía necesarias al terrorismo y a la inseguridad ciudadanas; que

garantizase, de verdad, el desarrollo y la defensa de la democracia.

En ese Gobierno, la izquierda tendría que estar presente; pero no como resultado de una ruptura en su

seno y de un desplazamiento del PSOE hacia la derecha, sino de un acuerdo y un entendimiento entre

socialistas y comunistas.

Para conseguirlo, insisto, hay que reforzar el voto comunista. No hay Otrora mino

 

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