Autor: Torres Gallego, Emilio. 
 Elecciones 1979. 
 Los republicanos y las elecciones     
 
 El País.    09/02/1979.  Página: 15. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

Elecciones 1979

TRIBUNA ELECTORAL

Los republicanos y las elecciones

EMILIO TORRES GALLEGO

Presidente de la Comisión Ejecutiva Nacional de Acción Republicana Democrática Española (ARDE)

Muchos momentos de reflexión hemos consumido los republicanos antes de decidir nuestra participación

en las próximas elecciones. No se trata solamente de la escasez de nuestros medios, de la inmensa soledad

que a nuestro lado hemos sentido, del desamparo frente a la ensordecedora propaganda de los demás. Se

trataba, y se trata, de analizar objetivamente la situación política y llegar a la conclusión de si existe en

España el mínimo admisible de democracia para que nuestra opción pueda ser presentada y defendida

ante la sociedad española con los indispensables presupuestos de libertad e igualdad frente o al lado de los

otros grupos o partidos políticos.

No era caprichosa esta reflexión. Los antecedentes justificaban toda clase de reservas. En febrero de 1977

presentábamos la documentación exigida por la legalidad entonces vigente para que el, a la sazón,

Ministerio de la Gobernación nos concediera las autorizaciones requeridas en aquel momento. Pasaron las

elecciones de junio y los republicanos seguimos viviendo en las catacumbas, quizá un poco menos

obscuros, quizá más a la superficie, quizá un poco más en la calle; pero en régimen de simple tolerancia.

Se nos privó de un derecho sin que ninguno de los llamados partidos democráticos —y que nosotros

pensábamos que lo eran por su tradición y por su historia— se sintiera conmovido. Seguramente se

pensaba que los republicanos —precisamente los republicanos de ARDE— éramos una parcela tan

pequeña dentro de la sociedad española que no merecía la pena correr el riesgo por tan insignificante

minoría.

En efecto: no teníamos detrás ni la inmediata detentación del poder ni de las esferas de la Administración

Pública, con la influencia residual que eso produce durante tanto tiempo; no teníamos detrás ninguna

Internacional amiga que ocupase puestos de privilegio en países influyentes; no teníamos detrás Ira

simpatía o el interés de ninguna gran potencia; no teníamos detrás la posibilidad de emplear el dinero del

que carecíamos y carecemos en hacer la defensa de nuestras ideas, ni tampoco el aparato burocrático

mínimo de unas cuantas secretarías, ni la posibilidad de hacernos oír o leer en los grandes medios de

difusión que nos estaban y nos siguen estando cerrados a cal y canto, todavía no sabemos bien por qué.

Solo teníamos una historia, forjada en el sacrificio, en la amargura, en el amor a España, en la honestidad

en servirla, en la inteligencia en comprenderla, en el sentimiento en defenderla en la voluntad en buscar

soluciones, las mejores posibles, a sus infinitos, seculares problemas. Sólo queríamos la libertad y solo

aspirábamos a despertar en la sociedad española el entusiasmo necesario para transformarla en una nueva

mística por la que se es capaz de vivir y se es incapaz de matar.

Una historia de libertad

Nuestro bagaje no era, ciertamente, muy comparable con lo que podía representar uña propaganda eficaz

y, como resultado inmediato, un número de escaños en el Congreso y otro en el Senado que iba a permitir

la dirección de la pequeña y gran política del país. Sin duda, no éramos compañeros útiles para nadie y a

lo mejor resultábamos molestos para muchos. Claro que se podría pensar que los grandes principios

democráticos iban a sufrir, pero no mucho, después de todo. Y en fin de cuentas, si España amaba

además, ¿no era poco oportuno hablar entonces, en vísperas de las elecciones, de un régimen

republicano?

Las elecciones de junio de 1977 se celebraron sin que a ellas pudiéramos concurrir los republicanos.

Claro que la generosidad de la democracia recién instaurada fue tan incalculable que en agosto de aquel

mismo año ARDE podía tener un local, una ejecutiva nacional, celebrar un congreso, asomarse a la luz

pública de vez en cuando —en pequeñas dosis, eso sí— e importunar con su machacona insistencia con

ideas tan periclitadas como las autonomías regionales, la separación de la Iglesia y el Estado, la defensa

de los derechos del hombre, la libertad política y sindical, etcétera. ¡Había tantos voluntarios para llevar

todo ello a buen puerto! Ya no se necesitaba más que un genial invento. Se le llamó consenso. Y se hizo

una Constitución y en pleno delirio democrático se aprobaba por ambas Cámaras y se sometía a re-

feréndum. Y luego vino ya el súmum de la felicidad: el presidente del Gobierno convocaba unas

elecciones generales.

Todo esto nos hizo reflexionar. Seguíamos, por supuesto, sin medios económicos.

Y seguíamos también.por supuesto, con los medios de comunicación cerrados. (Hago excepción de EL

PAÍS, que ha tenido la gentileza, el talante democrático y el espíritu de equidad suficiente para pedirnos

este artículo.) Pero dignamente no podíamos quedar en el ostracismo voluntario aunque aquello

representara arrastrar todos los peligros, incluso el de quedar aislados en medio de una sociedad cada día

más inerme ante el constante bombardeo a que se ve sometida.

Decidimos, pues, comparecer ante el electorado. Y decidimos no prometer nada. ¡Nos sería tan fácil hacer

demagogia gratuita ofreciendo futuros paraísos! Pero hay algo que se llama honestidad política que nos

obliga a reconocer lo limitado de nuestros recursos y lo presumiblemente escaso de nuestros resultados.

Sin embargo, tenemos un patrimonio que defender. Y por eso comparecemos ante la opinión. A pesar de

la edad de muchos de los nuestros, no tenemos prisa. Para nosotros, el tiempo tiene distinto valor que para

los demás. Nuestras ideas no son viejas ni nuevas, son ideas. No son coyunturas u oportunidades. Son las

que han movido eternamente al hombre desde sus primeros vacilantes pasos sobre la tierra. Son las ideas

de libertad, de igualdad, y de fraternidad entre todos los hombres.

Contra la conformidad ambiente

Nuestras ideas se oponen hoy a la conformidad ambiente y tienen formulaciones bien concretas. Sabemos

que la Constitución del consenso será la Constitución de un solo partido: del que, ganando las elecciones,

dicte las senta leyes complementarias y las quince orgánicas que necesita para ser operativa. Sabemos que

en España hubo una guerra civil que duró 33 meses, seguida de una dictadura que duró 34 años. Todo

esto costó medio millón de muertos y exiliados y mucho más de espíritus traumatizados para una libre

convivencia. Y, al final, ¿para qué? Para que resulte que el mejor sistema era la democracia, los partidos,

la libertad, etcétera. Si reflexionamos creemos que podemos preguntar lícitamente. ¿Y todo esto no lo

propugnábamos nosotros, los republicanos?

Comparecemos para proclamar nuestra esperanza, para afirmar nuestros deseos de paz y libertad, para

decir el al pueblo español que no es cierto que el fin de la crisis económica esté próximo. Que se necesita

el esfuerzo ímprobo, el sacrificio duro, el trabajo constante, la solidaridad de todos, y que no hay fórmulas

mágicas, y que el que propaga otros medios para obtener el bienestar mínimo deseable o es un iluso o es

un mentiroso. Los dos son muy peligrosos en cualquier sociedad. Queremos inaugurar unas nuevas modas

en la política española; decir la verdad y terminar con la demagogia de todas clases. Queremos recordar

estas palabras de uno de nuestros mejores —Azaña—: «El español está acostumbrado a que le gobiernen

con la dádiva o con el palo; nosotros venimos a gobernar con las manos llenas de buenas razones.» Claro

que hoy ya sabemos que ni siquiera esto lo podemos decir. El decreto sobre uso de los medios públicos de

comunicación que olvida las normas constitucionales nos priva de la posibilidad de comparecer en

televisión. Sin duda no somos dignos de tomar parte en el show político que se prepara. Y en atención a

los sufridos telespectadores quieren alejar de la pantalla de Televisión el peligro de que incurriéramos,

como dijera un inefable monarca, «en la funesta manía de pensar». Será trágico para los ciudadanos que

tal acontecimiento pudiera suceder en la llamada pequeña pantalla, tan alejada, ella, de estas cosas de las

ideas.

 

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