Autor: ;Lagares, Manuel. 
 Coyuntura económica. 
 Decálogo para leer y analizar los programas económicos electorales     
 
 El País.    11/02/1979.  Página: 45. Páginas: 1. Párrafos: 22. 

EL PAÍS, domingo 11 de febrero de 1979

ECONOMÍA

COYUNTURA ECONOMICA

Decálogo para leer y analizar los programas económicos electorales

Después de plantear la valoración que los electores, hacen sobre los problemas más apremiantes y de

constatar que las respuestas a los: mismos por. parte de los diferentes partidos son muy similares, los

autores de este artículo proporcionan un ´decálogo para, analizar los programas económicos electorales.

La guía permite puntuar las promesas electorales y establecer clasificación desde distintos puntos

despartida ideológicos. Escriben los miembros del Equipo de Coyuntura Económica, Enrique Fuentes,

Manuel Lagares y Victorio Valle -catedrático— y el economista y estadístico Julio Alcaide.

España ha vivido, desde el final del régimen anterior, un ciclo político peculiar que ha interferido la mar-

cha del proceso económico y condicionado la evolución de la economía. Ese ciclo político peculiar no ha

tenido los cuatro años característicos del ciclo político de las democracias occidentales, sino un plazo

mucho menor. El tiempo económico ha estado interferido, desde finales de 1975 hasta llegar a los

acuerdos de la Moncloa, por decisiones políticas trascendentales que condicionaban plenamente las

elecciones de los intérpretes de la vida económica del país cada seis meses. Sólo a partir de octubre: del

77, el pacto de los partidos políticos concedió a la economía el plazo excepcional de poco más de un año.

Esa corta disponibilidad de tiempo económico, sin decisivas interferencias políticas, tiene, según indican

los tratadistas del ciclo político, consecuencias importantes. Cuando el calendario necesario para resolver

los problemas de la economía no encaja con los plazos que le concede la política las decisiones

fundamentales para corregir los problemas de fondo, con más densidad temporal, no se adoptarán. Para

complicar las cosas, la salida de la crisis económica pasa en España —como en otros países— por el

planteamiento y solución de problemas estructurales que reclaman un programa y un tiempo muy superior

del que hasta ahora se ha dispuesto. Quizá sea esta la razón que -entre otras— haya aconsejado la

celebración de elecciones —vistas las posiciones previas de los partidos políticos— para contar con un

tiempo económico suficiente en el que sin interferencias de fechas políticas semestrales, como en el

pasado, pueda abordarse la solución de los auténticos problemas económicos españoles.

De ésta decisión de convocatoria de elecciones arranca la competencia de programas políticos que hoy

vivimos. ¿Cuáles son en esta competencia electoral la función de valoración de los electores y la función

política, esto es, los programas o respuestas que los partidos nos ofrecen a los ciudadanos?

La función de valoración de los electores se obtiene con claridad, pues sus respuestas se polarizan en

torno a tres problemas fundamentales: el paro, la inflación y la debilidad de las inversiones. Como

prueban las cifras del cuadro 1 (para el conjunto de los consumidores españoles), el paro aparece

destacado en primer lugar, seguido a bastante distancia del problema de los precios y a mucho más

considerable trecho por el que suscitan la delincuencia y la inseguridad ciudadana. Esa prioridad del paro

lo es para todas las clases sociales, con independencia de su nivel de renta, si bien debe afirmarse que los

hogares de más baja renta, los jóvenes y los asalariados, sienten con más intensidad sus consecuencias y

destacan más dramáticamente su importancia.

El segundo problema lo constituye la inflación, problema que tiene la misma característica de generalidad

para todas las clases sociales, si bien aquí los tres núcleos que más profundamente sienten el crecimiento

de los precios son un tanto diferente, ya que es la población. jubilada, la de más edad y las amas de casa

quienes manifiestan; más intensamente subversión al crecimiento de los precios y desean más

fervientemente la prioridad de la lucha antiinflacionista. En definitiva, la población trabajadora joven

polarizaría sus preocupaciones hacia el paro; la población trabajadora madura, sus preocupaciones hacia

la inflación. La suma de ambas prácticamente agrupa todo el electorado. De ahí la clara prioridad de estos

dos objetivos sobre todos los demás y la valoración preferente que los ciudadanos realizarán de los

programas en función de su capacidad para enfrentarse con estos dos grandes males de las sociedades

industriales que son el paro y la inflación.

Ratificando este cuadro la clase empresarial ha ordenado sus preocupaciones económicas (véase cuadro

2) destacando en primer lugar al paro, pero haciendo interferir entre el paro y la inflación la debilidad de

las inversiones y colocando tras de la inflación las dificultades financieras de la empresa. Esta función

valorativa de los empresarios no resulta incompatible con la de los consumidores, pues la caída de la

inversión y las tensiones financieras de las empresas no Son sino la cruz de una moneda cuya cara es el

objetivo prioritario del paro. La encuesta a os empresarios nos dice también que esa crisis de la inversión

se ha producido fundamentalmente por la incertidumbre política que rodea al futuro de la empresa libre

en el país, por la incertidumbre de la política económica y por las elevaciones en los costes del trabajo y

en los costes financieros.

La función de valoración económica del electorado de cara a las próximas elecciones es muy clara, lo

cual explica las escasas diferencias de los programas ofrecidos por las distintas funciones políticas.

Los modelos del ciclo político electoral afirman que cuando un problema económico alcanza un nivel

crítico, esto es, cuando limita las posibilidades de reelección o de acceso al poder, ese problema sube en

la agenda de los programas de los distintos partidos políticos, con independencia de las ideologías de

partido. Ese objetivo visible e importante existe esta vez y eso explica que casi todos los programas

manejen un parecido lenguaje y, sobre todo, sean casi monotemáticos, pues el paro domina la mayor parte

de su contenido y la inflación el resto.

Ante la existencia de estos distintos programas (funciones políticas) parece justificada la perplejidad de

los electores. Quizá la única contribución útil que en su favor pueda realizarse consista en ayudarles al

elegir, ofreciéndoles algunos criterios generales, con cuya ayuda juzgar por sí mismos los programas de

los diversos partidos políticos.

Un "test" para juzgar los programas electorales económicos

1. Desconfíe el elector de aquellos programas en los que exista un desequilibrio claro entre fines y

medios. Un programa económico no es fiable cuando se convierte en pura retórica o apología de finali-

dades. Lo importante no es ponderar los fines, sino indicar cómo alcanzarlos.

2. Una meta económica para ser alcanzable debe cuantificarse. Los economistas diferencian entre fines y

objetivos cuantificados. El elector debe desconfiar de aquellos programas que no cuantifiquen los fines a

cuya consecución aspiran. Combatir el paro es un propósito plausible, pero no es una tarea operativa si no

se nos indica a qué nivel queremos reducir el paro, cuántos puestos de trabajo, dónde y cómo se van a

crear y qué secuencia temporal tendrá el aumento del empleo y la reducción de la desocupación.

3. Cuando se lea un programa económico debe preguntarse inmediatamente por la compatibilidad entre

los fines propuestos. Los economistas sabemos claramente, según muestra abrumadoramente la

experiencia, que no pueden conseguirse simultáneamente todos los fines que se pregonan. Cuando un

programa afirma que va a eliminar el paro, reducir la inflación, lograr un equilibrio exterior y conseguir

una sociedad más justa sin que estas exigentes finalidades tengan que moderarse entre sí sacrificando las

ambiciones en un objetivo concreto al logro de otras finalidades, el ciudadano puede cerrar

tranquilamente el programa económico y dedicarse a otras lecturas.

4. El realismo en los objetivos constituye un test de crucial importancia para enjuiciar un programa

económico. Dos son los términos de referencia que el lector de un programa económico puede tener para

juzgar su viabilidad: a) el comportamiento histórico de su propio país, y b) lo que han hecho los demás

países en situación semejante a la española.

Dos términos de referencia importantes para los objetivos prioritarios de los programas políticos

electorales españoles, son las cifras de paro y las de la inflación. Cuando se habla de eliminar radical-

mente el paro, como lo hacen todos los programas, el lector debe recordar que nuestra tasa de paro actual

está situada en el 7 %, y que la de la mayor parte de los .países europeos supera el 5 %.

Cuando se le prometa estabilizar los precios, no puede olvidar que la tasa de inflación actual está situada

en el 16,5 %, que la tasa europea se sitúa en torno al 7 o al 8 %. Cuando se prometan tasas de desarrollo

de la producción y de la renta envidiables, el ciudadano no debe olvidar que la tasa de desarrollo

económico del pasado ejercicio se situó en España en el 3 %, que España no ha crecido después de la

crisis económica a tasas superiores a éstas, sino por él contrario, inferiores (2-2,5%), y que la mayoría de

las tasas europeas se han cifrado, para desgracia de esos países y la nuestra, en tasas de, crecimiento muy

semejantes (2-3 %).

El realismo de los objetivos constituye el más importante de los requisitos con los que un programa

económico debe cumplir, porque el mayor de los peligros de las democracias contemporáneas se encierra

justamente en lo que se ha denominado las esperanzas excesivas del electorado, unas esperanzas ex-

cesivas en gran parte alentadas por requiebros electorales que han excitado las insatisfacciones del elec-

torado. Es un hecho —que los sociólogos reconocen hoy— que, en la mayoría de los países industriales,

extensos sectores de la población mantienen secretas expectativas de mejora y albergan sentimientos de

injusticia relativa en su posición en la escala de rentas. Los ciudadanos propenden a creer que su nivel de

vida está por bajo de lo que les corresponde y esas esperanzas defraudadas son las que alienta el mercado

político en una democracia con el riesgo grave de crear situaciones insostenibles, que, en último término,

se pagan con el desencanto de los electores y con el propio desprestigio del sistema político.

5. El grueso de un programa económico debe estar dedicado a exponer los medios para conseguir las

finalidades contenidas en el programa. La calidad del programa dependerá de cómo este programa

articule los medios necesarios para alcanzar aquellas finalidades. Esos medios deben valorarse porque

todo programa tiene un coste. Un programa económico sin estar cifrado constituye una trampa

demagógica que insulta la racionalidad del lector. Quizá halague sus ambiciones, pero difícilmente puede

conquistar su razón.

6. Defecto común de la mayoría de los programas económicos es no estimar debidamente el coste de las

actividades encomendadas al sector público. Rara vez se reconocen debidamente las restricciones pre-

supuestarias que se oponen al logro de los fines, pocas veces se contabiliza el esfuerzo fiscal que el pago

de los mayores impuestos comporta y casi nunca se valora la competencia que la emisión de deuda pú-

blica, necesaria para financiar determinadas propuestas, plantea a la inversión privada. Como el ciu-

dadano bien sabe nada en economía es gratuito. Cuando se le invita a un festín de actividades del sector

público puede estar seguro de quién es el pagano: él mismo.

7. Tampoco la política monetaria y la necesaria política de rentas salen bien libradas de los programas

electorales. La política monetaria, porque sus redactores suelen acordarse de ella para enviar un cariñoso

recuerdo a los empresarios (generalmente «pequeños y medianos» para que sean más —es decir, más-

electores1—) sobre las preocupaciones que ésta les ha causado en la financiación de sus actividades.

Frecuentemente se promete una política de créditos imposible, en la que se indica que «el coste del

crédito se reducirá suministrándolo en plazos más largos y razonables que los actuales». Esta es una

promesa demagógica más ´i si no se indica cómo ese crédito mayor puede compatibilizarse COTÍ una

política monetaria que sirva a los objetivos de la estabilidad de precios que está escrita en todos los

programas. Tampoco la política de rentas suele tener mejor fortuna. La contención responsable del coste

de trabajo constituye una necesidad prioritaria para reducir la inflación. Negar que en el crecimiento de

los costes dé trabajo se halla una de las causas fundamentales de la actual inflación es negar una

evidencia, y negando evidencias no se resuelven los problemas. El reconocimiento de ése

crecimiento de los costes de trabajo y-de otras rentas obliga a definir una política de rentas no siempre

presente en todos los programas económicos.

8. La búsqueda de «responsables» de la situación crítica con condenas genéricas y apocalípticas hacia

ellos, como solución de los problemas, constituye un buen índice para detectar un mal programa

económico. Las acusaciones genéricas a los intermediarios o .a los especuladores, defraudadores, sin

concretar los sectores en los cuales estos villanos de la trama actúan y sin proponer soluciones posibles

para los problemas que se; plantean en los lugares o sectores en que esos sujetos operan, no resuelven, por

sí mismas, ningún problema económico.

9. El ciudadano debe eliminar de su subconsciente la idea de que la crisis económica actual a la que los

programas de los partidos deben dar respuesta sea una crisis corta y pasajera. Nos hemos acostumbrado a

una economía en la que el desarrollo era intenso y continuado y los problemas que se presentaban exigían

a lo sumo pausas en el ritmo de expansión que se curaban con una corta dieta estabilizadora que no podía

ir más allá de unos meses. Con este prejuicio se han articulado no pocas falsas y fracasadas soluciones a

la crisis presente, y de este prejuicio es del que se debe huirse, si queremos tener conciencia clara de la

crisis, con que nos enfrentamos, condición primera para poder superarla.

10. El olvido de una parte de los escenarios de la crisis económica puede constituir también un defecto dé

los programas económicos. El ciudadano de nuestros días no debe Olvidar que la «crisis económica de los

setenta» es una crisis compleja que se manifiesta en cuatro escenarios distintos: en la inflación, en el

desequilibrio de la balanza de pagos, en la crisis del ahorro y de las inversiones y en el aumento del paro

y en la necesaria reestructuración de la industria. Un programa económico no debe omitir una referencia a

los problemas que se debaten en estos cuatro escenarios y las posibles soluciones.

(Cuadro)

 

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