Autor: J. I.. 
   ¿Registro sólo civil del matrimonio?     
 
 Ya.    20/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 21. 

20-XII-77

¿Registro sólo civil del matrimonio?

NO quisiéramos que el tema del matrimonio y del divorcio haga perderse,» los católicos en batallas

puramente verbales y menos enzarzarse colectivamente en guerras de antemano perdidas.

Una de las preguntas casi inevitables de un gran sector de la opinión pública será: "¿Qué van a decir

nuestros obispos?" Como si hiciera falta que los obispos hablen para repetir lo que no cambia y todos

sabemos: que el matrimonio es indisoluble. (Dejemos a juristas y canonistas hacer juegos de bolillo con

los matices y las excepciones: en el marco de la controversia política que implica para todos los españoles

una posible ley de divorcio, la formulación "el matrimonio es Indisoluble" la entienden todos.)

Si nada ha cambiado en la doctrina católica y si los obispos, sacerdotes, encíclicas y catecismos no la han

traicionado, la exigencia de que hablen "in extremis" los obispos no puede tener otro sentido que intentar

traspasarles a ellos la responsabilidad política con que tienen que pechar los católicos como ciudadanos.

Y no estará de más aludir aquí al -valor del voto que éstos dieron y de los que den en lo sucesivo; porque

si depositaron su confianza en quienes tienen una u otra opinión bien conocida sobre el matrimonio,

perdieron el derecho a exigir que cuando van a votarse las leyes sean los obispos los que salten la banca

disparando a ráfagas la opinión de la Iglesia. Hay que pedir coherencia política a los cristianos: se vota el

divorcio cuando se vota a quienes votarán el divorcio.

NO HAY MATRIMONIO CIVIL: HAY REGISTRO CIVIL DEL MATRIMONIO

AVANCEMOS ahora metódicamente en 1a aclaración de conceptos.

El matrimonio es anterior — cronológica y esencialmente—a Iglesias y Estados, aunque desde las

primeras civilizaciones se le diera un profundo sentido religioso y pronto se le dotara de algún rito.

Por razón de esa "anterioridad", Iglesia y Estado no casan ni descasan: rodean de cautelas, registran en

sus archivos y protegen el matrimonio que autorizadamente se les comunica o que se contrae en su

presencia.La Iglesia pone más de relieve el carácter sacro y de misterio del matrimonio entre cristianos y

si éstos se casan, les recuerda, como añadidura a las exigencias no siempre bien definidas de la ley

natural—la poligamia y el repudio fueron legales incluso en la ley judía—, dos exigencias evangélicas

más rigurosas: la monogamia y la indisolubilidad.

El primer momento de conflicto entre Iglesia y Estado suele formularse cuando "el Estado no reconoce

más matrimonio que el civil". , Pero el matrimonio ´"es" o "no es"; no es dos veces, una después de otra.

Por eso, rectificada la anterior frase en sus imprecisiones de fondo, habría que darte este sentido

perfectamente legítimo: "El Estado no reconoce la existencia ni protege las consecuencias civiles del

matrimonio mientras no le conste autorizadamente que éste se ha dado."

Esta constancia podría producirse o por testigos de un matrimonio de urgencia, o por certificación

consular de un matrimonio en el extranjero, o por testimonio de un ministro religioso que bendijo el rito

en una u otra fe, o por registro del funcionario estatal ante quien los novios comparecen, o por cualquier

otro medió que la ley prevea.

El "MATRIMONIO CIVIL" COMO FORMULA DE COLABORACIÓN Y COMO INTENTO

AGRESIVO

LAS cosas se erizan si el Estado, en una situación de separación o de hostilidad con la Iglesia, excluyera,

entre los modos de darse por enterado, el testimonio del ministro del culto. No se trataría tanto de la

simple exclusión de una de las fórmulas válidas de comunicación del matrimonio celebrado, como de la

buena o mala intención subyacente en ese rechazo. Ni habría tanto que litigar sobre un "derecho" del

Estado, cómo que preguntara si se estaba cometiendo una imprudencia política de primera magnitud.

Estamos hablando, naturalmente, de España, aunque cabría poner el ejemplo de un país masivamente

musulmán que se declarara oficialmente laico.

Inicialmente, el único registro, de matrimonios en España era el libro de partidas de la parroquia. Hasta

1856 no se crea la Estadística española, ni acomete el Estado la recogida sistemática de los fenómenos

demográficos.

Aun después de la existencia del registro del Juzgado, el matrimonio con rito religioso sigue

considerándose como único válido para el juez, dada la unidad católica presumida en la nación, y a

reserva de registrar civilmente las excepciones. En realidad hay dos registros diferentes del mismo

contrato matrimonial, que no es matrimonio por la autoridad del cura ni por la del Juez, sino por voluntad

de los contrayentes y desde que ésta se manifiesta en las condiciones debidas.

Analizando los hechos a partir de 1931, tenemos, en primer lugar, la firme voluntad del Estado de no

enterarse de un matrimonio sino por la comparecencia de los novios ante el juez. La decisión fue

interpretada como un signo de hostilidad a lo religioso. En verdad lo era, y vino a encabezar la lista de

agravios a los católicos españoles que terminó en la guerra civil. Porque no debe olvidarse: los agravios

residen en la voluntad de agraviar.

El péndulo político llevó en los cuarenta años siguientes a la presencia de un delegado del juez,, ¡quién

sabe si el fotógrafo!, en la ceremonia religiosa nupcial. Desde el punto de vista legal, la cosa carecía de

importancia. Si tenía alguna, ésta procedía de la hipócrita presión social a» las familias o del ambiente

para que iniciara su vida, matrimonial con un rito religioso quienes no profesaban esa religión. Pero

échense la culpa a sí mismos y no a un Estado ni a una Iglesia que se atiene a la lógica de unas

declaraciones documentadas. Es muy fácil ser cobarde a la hora de una apostaría y valiente a la hora de

una persecución.

Había, sin embargo, en esta presencia en el templo de un delegado del juez una apariencia, nunca bastante

lamentada, de confusión entre Iglesia y Estado.

LAS FORMULAS POSIBLES EN 1977

Y llegamos a 1977. Que el Estado pueda abrir su registro de matrimonios a los contrayentes que

comparecen ante el juez, sin preguntarles cuál es su fe y si en virtud de ella están obligados a la forma

canónica, no parece discutible. La "procesión" religiosa "va por den-tro" de la conciencia de los así

casados.

Que el Juez no yaya » la iglesia ni envíe alli su delegado no parece. discutible. Más aún: puede resultar

beneficiosa la manifestación externa de que el Estado no se mezcla en cosas de la Iglesia, tiene su propio

ámbito y se entera y legisla desde él.

Pero hay millones de católicos que se saben obligados a la observancia de una forma canónica para la

validez y 1» licitud de su matrimonio; que no están y saben no estar casados sino cuando lo hayan

manifestado ante el párroco; que saben que no hay dos matrimonios, sino diferentes constancias dé un

solo matrimonio; que tienen perfecta conciencia del derecho del Estado, y del interés propio, en registrar

civilmente su enlace.

Todo ello puede realizarse mediante la comunicación, anterior o posterior, por los contrayentes o por el

párroco al juez.

He aquí el punto crítico.: sí el Estado rompe una tradición secular de fe que todavía es viva en los

creyentes—que son millones—y se niega a registrar la validez civil del matrimonio contraído ante el

sacerdote, ello puede significar dos cosas: que niega que unos ciudadanos puedan contraer su "único"

matrimonio según BU conciencia, desconociendo las exigencias de su religión (y eso es claramente

persecutorio), o que desconoce la existencia misma de "cierta religión católica", de la que el Estado no

tiene noticia y que por eso mal puede dar noticia de sus acontecimientos internos a. efectos civiles.

Esto es torpe (he ahí una de las razones por las que los obispos han pedido que la Constitución se atenga a

los hechos sociológicos), y en la medida en que es torpe es ofensivo. El Estado tiene que pensar muy bien

si la negativa a registrar el. valor civil del matrimonio contraído ante el párroco no inaugura otra lista

politicamente trágica como la de 1931.

Todo esto no tiene nada, que ver con el divorcio, al cual dedicaremos otras líneas.

J. I.

 

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