Autor: Hitos Amaro, Rafael. 
   Los intelectuales, los políticos y el Ejército/1     
 
 El País.    05/10/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

TRIBUNA LIBRE

Los intelectuales, los políticos y el Ejército / 1

RAFAEL HITOS AMARO

El autor de este artículo se pregunta en el mismo sobre las razones que puedan justificar el enfrentamiento

histórico entre determinados grupos de intelectuales y el estamento militar. Del análisis de algunos textos

de prestigiosos escritores españoles, el autor de este artículo, infiere que, efectivamente, determinados

sectores de intelectuales han identificado de una forma mecánica, lo militar con aquello que se opone al

progreso.

Se tiene por intelectual a quien utiliza la mente como medio fundamental de actividad en contraposición

con los que usan del esfuerzo físico u operan mentalmente de, manera mecánica, o escasamente

discursiva. En criterio de J. L-. L. Aranguren, el intelectual es ei inductor del futuro anticipándose a la

acción del político, marcando las líneas maestras del plan que debe seguirse. El líder, atento ´a estas

señales o marcas, debe conducir al pueblo, a la masa, por el sendero intuido por el intelectual´? Hasta

aquí, sucintamente expuesto, el pensamiento de L. Aranguren. De tan amplio sector humano escogemos

un grupo limitado aunque activo que propende a manifestarse críticamente ante la sociedad, alcanzando

influencia sobre la opinión pública, y dentro de él, a los que se mantienen de alguna manera reticentes con

el estamento militar, especialmente sensibilizados por su idiosincrasia. Esto no fue siempre así. En la

antigüedad se consideraban de consuno las armas y las letras que se complementaban y asistían, y se han

venido asistiendo en muchos aspectos. En el terreno técnico e industrial, ingenio y guerra son el motor del

progresó, y en un sentido más amplio, ingenio, guerra y literatura son la base cultural de los pueblos. En

la mitología y las grandes obras literarias, Comenzando por la Biblia, son constantes las citas bélicas; la

literatura clásica de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, se alimenta de la épica; Shakespeare y

Schillér no se conciben sin ella. ¿Y qué sería de Don Quijote despojado del espíritu militar y de

aventura?. Algo de especial trascendencia ha tenido que suceder para que con tanta frecuencia y en todas

latitudes se hayan enfrentado dialécticamente determinados grupos intelectuales con el estamento militar

rompiendo la tradición. Para traer al caso algún ejemplo, recordemos nuestros característicos —de tan

característicos irrepetibles— Baroja y Unamuno, que, desde campos y puntos de vista bien distintos,

coincidieron en su acerba crítica al Ejército. Les sacaba de quicio la ciega e irreflexiva disciplina

castrense. Baroja consideraba que el código o texto que rige la vida militar genera un sentimiento de

superioridad de los militares sobre los civiles o paisanos. Para el rector de Salamanca, los males

atribuibles al Ejército cabían en un amplísimo cajón de sastre, como resumen y acopio de la estrechez

mental y la irreflexión bajo la genérica denominación de militarismo, opuesto al progreso y la cultura. Y

eso que, paradójico y contradictorio una vez más, Una-muño admitió en cierta ocasión que "la guerra ha

sido siempre un factor de progreso". En Baroja, dado su peculiar carácter, predominó el sarcasmo y el

menosprecio hacia la institución militar.

Las cualidades del Ejército

Es evidente que no todos los llamados intelectuales comparten tales prejuicios. Entre los numerosos

testimonios que podemos citar, los de Gracián, Cajal, Laín... y, resumiéndolos, nuestro pensador por

excelencia, Ortega, que, con su natural perspicacia, advirtió las calidades que distinguen a un ejército bien

constituido, insistiendo, paralelamente a Cunnin-gham, y refiriéndose ambos a las Legiones Romanas,

que los ejércitos garantizan la paz. Y respecto al código castrense, tan excesivo o mortificante para alguno

de nuestros pensadores, advierte Ortega que: "...Raza que no se sienta a sí misma deshonrada por la

incompetencia y desmoralización de su organismo guerrero es que se halla profundamente enferma e

incapaz de agarrarse al planeta". De lo que se infiere que el sentimiento antimilitarista es excepción en

nuestros intelectuales. Y no sólo eso, sino que los que lo fueron, en su mayoría, no lo son uni-

versalmente, sino en aspectos concretos, creyendo erróneamente que los oficiales eran adversos al

progreso, aun admitiendo que hay algunos distintos o atípleos con los que podían entenderse. Oficiales

cultos, universitarios y académicos que han tomado por un anticipo de los que, según ellos, debieran

componer el Ejército bien constituido que reconocía Ortega. Para otros intelectuales, los ejércitos son los

responsables de las guerras: "Hay guerras porque existen ejércitos", simplifican, y si bien es este un sector

aún más minoritario, alientan —inducen, diríamos según L. Aranguren— a ciertos grupos a adoptar una

actitud antimilitar y, como consecuencia, antisocial, hurtando su concurso a la indispensable colaboración

para la defensa de la comunidad, y aunque a veces manifiesten su pacifismo nada pacíficamente.

En resumen, los intelectuales a que nos venimos refiriendo, especialmente cuando en nombre de la cultura

se invade la esfera política, consideran lo castrense atrasado, violento e inmovilista, deduciendo que los

ejércitos, al menos algún ejército, o parte de él, constituyen el último refugio del integrismo intransigente.

Su antimilitarismo, salvo casos difíciles de catalogar en que se torna visceral y patológico, se basa en la

extendida opinión de que el cuerpo de oficiales representa una remora para el avance social, alineándose

con los estratos más arcaicos de la sociedad. ¿Es esto fundamentalmente así? ¿Se trata de una apariencia?

¿Debemos negarlo terminantemente? Para intentar aproximarnos a tan compleja e inacabable polémica,

hemos de referirnos al ascendiente de que procede: la controversia entre el conservadurismo de

las clases instaladas en el poder y el criticismo progresista. Puede decirse que hasta el siglo XVIII el

neoclasicismo cultural y político que surge con inusitado empuje en el Renacimiento mantiene sus

constantes, afirmándose sin graves fisuras —las nacionalidades europeas excepto en cuestiones de

religión—. La revolución burguesa del XVIII y sus precedentes críticos se caracterizan por una

contraposición de sus propias actitudes, pues de una parte fomentan el nacionalismo, y de otra, con su

extendido criticismo, ponen en cuestión los valores clásicos en que se apoyaban los Estados, dando lugar

a un enfrentamiento político-social que hasta entonces no se había manifestado con tanta nitidez y puede

resumirse en estos principios: Principio cultoprogresista. La sociedad y el sistema que la sustenta están

prostituidos y caducos. Es necesario un cambio radical en la sociedad y en el Estado. Principio

consevador clásico. Los valores que mantienen a nuestro sistema siguen siendo válidos para cualquier

tiempo y lugar. No deben correrse riesgos inútiles que alteren la estabilidad social. Mediante la utopía y

marginando en algún caso aparentemente la cuestión del nacionalismo, que en principio no se discute,

sino afirma, la prógresía intentará constituir una sociedad nueva que daría lugar a un individuo político-

social genéticamente diferente, y las minorías más radicales se proponen la extinción de todo lo existente.

Ante estos proyectos reacciona la tendencia conservadora. El término reacción ha sido acuñado como

expresión que globaliza notables peyoraciones; pero en la física y en el cosmos, reacción es simplemente

la respuesta a la acción y, por tanto, necesaria para que subsista el sistema. La característica fundamental

de la reacción para que sea efectiva es que alcance valores similares a los de la acción, y, en

consecuencia, la reacción de la tendencia o sector conservador fue más acusada en la medida que los

reformistas se produjeron con mayor violencia. Desde el punto de vista del observador imparcial, el fin de

estos enfrentamientos podía haberse previsto: la reposición o restablecimiento del equilibrio más o menos

estable del sistema. ¡Aunque se llegase a los últimos extremos! Supongamos que la tendencia

conservadora concluye aparentemente con la tendencia progresista mediante la represión. Tarde o

temprano, la necesidad del cambio y transformación de la sociedad se manifestará con tanto mayor vigor

cuanto más lejos haya ido la represión. Por el contrario, en el supuesto que la tendencia progresista

aniquile hasta los últimos vestigios del establecimiento conservador, de tal modo que el nuevo sistema

implantado se denomine per se, progresista, se tiene comprobado que a poco resurge inevitablemente en

su seno la tendencia conservadora, con tanta mayor intensidad, igualmente, cuanto más efectivo haya sido

el aniquilamiento de los sectores de este signo. De donde se concluye que la sociedad humana, en cuanto

organización político-social, y por su propia idiosincrasia, es bisistémica o, por mejor decir, polisistémica,

manteniendo una evolución más rápida que las restantes colonias animales o especies sociales mono-

sistémicas que evolucionan fundamentalmente mediatizadas por el entorno ambiental. Para la sociedad

humana, aunque el ambiente siga siendo un factor condicionante y estimulante, son mucho más

operativas y polifacéticas las presiones minoritarias con sus diversas y encontradas tendencias. La

evolución biológica ha sido mucho más acelerada que la cósmica, y la evolución humana,

fundamentalmente cultural, es vertiginosa y está impulsada por las minorías.

Rafael Hitos Amaro es general interventor de la IV Región Militar.

 

< Volver