Autor: Hitos Amaro, Rafael. 
   Los Intelectuales, los Políticos y el Ejércitos     
 
 El País.    13/10/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

TRIBUNA LIBRE

Los intelectuales, los políticos y el Ejército

RAFAEL HITOS AMARO

Este texto completa el artículo escrito por el autor, general del Ejército, en torno a las razones por las que

ha podido hablarse de enfrentamiento histórico entre grupos de intelectuales y el

estamento militar.

Establecido que la sociedad humana es una organización polisistémi-ca en la que intervienen fuerzas

políticas de diverso signo, progresistas y conservadoras, mediante sus acciones y reacciones podemos

definir la organización por "la disposición de relaciones entre los componentes de una unidad compleja

para unirlos, solidarizarlos, y solidificar la organización". De acuerdo con este sencillo planteamiento, los

distintos componentes de la unidad compleja que es un Estado y desde sus respectivas posiciones

deberían colaborar en lo fundamental y ceñir sus diferencias a lo .accesorio. Ahora bien, mientras el acto

de gobierno es comúnmente comprensivo (de integrar o incluir), el acto político es expansivo o diluyente,

y como al propio tiempo los actos de gobierno son actos políticos, la colaboración encuentra graves

dificultades y no se propicia por los gobernantes p no se corresponde a sus esfuerzos por los opositores,

cerrándose ambas tendencias en sus respectivos ámbitos partidistas y distanciándose, sin producirse con

la necesaria empatia para la colaboración, lo que equivale a negar o resistirse a la evidencia del carácter

polisistémicp de la organización política. En consecuencia, la responsabilidad de los actos recae

aparentemente en exclusiva sobre la minoría o minorías que están al frente del poder y la oposición se

ocupa preferentemente en urgir la transformación, del sistema que rige a la organización. La génesis de la

tendencia conservadora procede de haber ocupado tradicionalmente el poder; como todo cambio

representa un riesgo, se considera que no debe realizarse la transformación del sistema hasta tener

asegurado el éxito conservando los recursos vigentes hasta su agotamiento; por el contrario, la tendencia

progresista se ha formado en la oposición, e influida por la crítica intelectual urge cambios y reformas

que pueden afectar a la propia esencia del sistema. Aunque una vez en el poder se truequen los papeles,

pues del, mismo modo que por haber ocupado el poder tradicional mente se originó la tendencia

conservadora, cuando se establecen los progresistas, intentan conservarse, si bien sin dar tanta

importancia a los riesgos del cambio. Los elementos más radicales de la oposición, que salvo casos

extremos no llegaron al poder, dada su inclinación natural hacia la utopía, concluirán, con inobjetable

lógica, que si los males de la organización provienen del sistema, con la desaparición de éste y la

implantación de una organización asistemática (anarquía) concurrirán espontáneamente bienes, bondades

y provechos para la sociedad.

Todo Estado necesita de un Ejército

Todo sistema o proyecto de sistema, todo Estado o proyecto de Estado necesitan de defensa, de un

Ejército capaz y disciplinado para oponerse a un enemigo exterior o a la coacción intimidativa de un

potencial adversario. .La idea de la defensa nacional es profundamente democrática, pero requiere

inexcusablemente de la observancia disciplinada de-unas normas, o reglas universales, del código p texto

que rige la profesión militar y que tanto mortificaba a Baroja por considerarlo generador de un inexistente

sentimiento de superioridad de los militares respecto a los civiles o paisanos y que se ha ido afirmando en

la mente del oficial mediante tres procesos coincidentes:

a) Por vocación.

b) Por reflexión.

c) Por vivencia.

Al propio tiempo, el oficial se ha ido compenetrando con la idiosincrasia o carácter nacional, con todas

sus variantes, por el contacto con la juventud que cada año debe instruir; ha estudiado la historia,

fundamentalmente la de los hechos, asumiendo éxitos y fracasos, y comparte la inquietud general ante los

problemas-vigentes. No podría ser de otro modo: solamente un Ejército que tiene idea de lo que es la

nación puede servir a la nación. Mientras el equilibrio sociopotítico se mantiene sin graves contingencias,

la misión del oficial queda favorecida sin importarle se discuta sobre cuestiones que no afecten a lo

esencial, que no es otra cosa para el militar que el bien público en todas sus manifestaciones, sin ser

opuestos a que se imponga una mayor dinámica en la vida política o se cercenen ciertos privilegios. No

hay causa para que gente de suyo sobria y sacrificada lo vea con desagrado, y mucho menos que trate de

oponerse a un proyecto innovador que haga más eficaz u honesta a la Administración o más justa la

distribución de la riqueza, que hará más solidarios a los ciudadanos.

Oficiales conservadores

En consecuencia, no existen razones para considerar a los miembros del cuerpo de oficiales inclinados

hacia tendencias conservadoras o progresistas. En todo caso puede que algunos de sus miembros

estuvieran motivados por la denuncia conservadora de que el orden social está a punto de quebrarse y el

Estado se halla en riesgo de desintegración, o la progresista, de que ante la paralización y atonía del

sistema político conservador vigente, o la palpable injusticia social, se requiere una sustancial y profunda

reforma. No será fácil, sin embargo, salvo excepciones muy señaladas, que los oficiales, sea cual sea su

formación cultural, fieles a la llamada vocacional y preparados para cumplir una específica e importante

misión, sean capaces de adaptar su mente protocolizada con criterios de integración organizada a las

extrañas y cambiantes fórmulas de desintegración dispersiva de uso común en determinados sectores

intelectuales críticos, que van rectificándose a través del tiempo; pero este posible antagonismo no tiene

que reproducirse necesariamente con los políticos-gobernantes, salvo que, mimetizados éstos con extrañas

teorías por influencia de ciertas élites intelectuales, o cediendo ante la demagogia, no acierten a distinguir

entre lo que puede ser una honesta posición crítica y la ineludible toma de conciencia de la

responsabilidad que les incumbe para desarrollar un programa político viable y eficaz. Todo lo contrario.

El militar es de suyo disciplinado ante lo instituido, inclinado por naturaleza al acatamiento de la ley,

respetuoso con .quien ocupa el poder dentro del orden establecido, sin prejuicios, salvo en el fundado

caso de los que se manifiestan adversos al estamento o mantie´nen un inexplicable antimilitarismo, y muy

bien dotado para la colaboración. Las relaciones entre la sociedad y el Ejército se ´asemejan a la

comparación entre el organismo o agente y el mecanismo o artefacto. El organismo, compuesto por

materia viva metabolizable y capaz de reproducirse, dotado de voluntad independiente, diseña sus propios

objetivos, que suelen ser de gran amplitud y ambigüedad, alcanzando hasta la facultad de au-todestruirse.

Por el contrario, el mecanismo, integrado por piezas fijas que no regeneran al deteriorarse por el uso, está

sometido a la voluntad del agente, que, sin embargo, no puede utilizarlo para fines distintos de los del

programa para que fue creado o excedan a su capacidad. El riesgo, la trampa, consiste en ofrecer, ante los

atónitos espectadores, la parodia dé que el artefacto se subjetividad adquiere voluntad propia distinta y

hasta contrapuesta a la del agente, y .parece perseguir fines sedicentes respecto a los del programa de su

creación, como en las absurdas historias de la ciencia — ficción, en las qué los robos, y tomando

imprevistamente autonomía, imponen su voluntad a los hombres que los crearon, o los destruyen. En todo

caso, lo que sucede es que los ejércitos bien constituidos son una cosa demasiado hecha y consistente,

mudos pero-incómodos testigos, que con su sola presencia dificultan y resisten al ejercicio de extrañas

piruetas, dejando girones de su eficacia cuando se emplean indebidamente o se manipulan por manos

inexpertas. "Jamás permitiremos que el fusil mande al partido", anunció Mao bizarramente ante sus

seguidores en 1938, tratando.de darles la seguridad de que habían creado un poderoso e inamovible

mecanismo capaz por sí solo de garantizar su revolución para siempre, imponiéndose a la voluntad de los

que quisieron removerla en el futuro. En 1932, el Ejército chino está siendo renovado a toda prisa porque

ha quedado obsoleto ante sus posibles contendientes, consumiéndose en el inútil empeño de mantener la

voluntad política de Mao.

El ejemplo de Israel

Cuando un pueblo está dirigido por manos competentes y prudentes y sus dirigentes tienen una clara idea

de lo que les conviene, todos los ciudadanos, y naturalmente los militares, los asisten, y el artefacto o

mecanismo bélico será una pieza más que funcione con eficacia llegado el caso, activado en su momento

y bien dirigido por el experto político dentro del estricto ámbito de su función. Véase el testimonio de

Israel. Mas, para que no pueda aducirse que esta cita recuerda al mismo tiempo hasta qué punto de

violencia pueden llegar unos políticos ambiciosos y belicistas cuando utilizan un mecanismo militar muy

perfeccionado, fijémonos en otros: Suiza o Suecia, por ejemplo, en las que dentro de la mayor pulcritud

democrática y escasísima belicosidad de sus respectivas sociedades, los oficiales no andan preocupados

más que por los asuntos de la defensa, y en un momento dado sus cuadros de instrucción constituyen la

base de la movilización general y se convierten en eficacísimos ejércitos capaces de disuadir o hacer

frente a potenciales y poderosos" enemigos, tomando la mayor dimensión de pueblo en armas.

Rafael Hitos Amaro es general interventor de la IV Región Militar, La primera parte de este articulo se

publicó en EL PAÍS del pasado 5 de octubre.

 

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