Autor: Dávila, Carlos. 
 Elecciones gallegas/ La coalición de Fraga puede saltar por los aires. 
 Tras los comicios, ya nada será igual     
 
 Diario 16.    26/11/1985.  Páginas: 1. Párrafos: 21. 

ELECCIONES GALLEGAS/LA COALICIÓN DE FRAGA PUEDE SALTAR POR LOS AIRES

Tras los comicios, ya nada será igual

Carlos Dávila

La primera obligación de cualquier formación política es infundir a los resultados electorales

características de victoria. Este imperativo tampoco ha fallado en Galicia; ni siquiera en el caso de Adolfo

Suárez, que ha pretendido engañarse a sí mismo con una declaración increíble: «Hemos ganado porque le

proyecto del CDS ha sido el más conocido en esta comunidad.»

La declaración es la anécdota de un derrotado, que es aplaudido pero no votado y que, además, no

encuentra candidatos políticos que puedan seguir su «tirón político, el capital que heredó de su impecable

gestión en la invención democrática de España».

Otras declaraciones no han sido menos asombrosas. Desde luego la de Guerra, destrozado por todos los

medios de información de la autonomía, que ha interpretado la voluntad del pueblo gallego como una

confirmación del bipartidismo.

La falacia no se sostiene en pie. En primer lugar, porque los reformistas de la Coalición Galega,

rompiendo las encuestas más «científicas», han confirmado no ya una esperanza, sino una expectativa de

futuro, una tendencia basada en esta constatación: el centro existe y, además, sólo desde él puede

construirse una opción alternativa al socialismo.

Sindicato de intereses

Pero en segundo lugar hay que asegurar otra consecuencia: la Coalición Popular dista mucho de ser un

conglomerado con vocación de «unipartido»; es, en realidad, un sindicato de intereses en el que los

democristianos del PDP prosiguen por ahora, en actitud cada vez más crítica, por simple conveniencia, y

los liberales de Segurado porque son un apéndice creado para «calzar» la definición «liberal-

conservadora» que se ha pretendido dar de la Coalición.

Unos y otros, democristianos y liberales sin homologar, hablan y no acaban del malestar que sienten por

la compañía de sus socios, a los que imputan un «barbarismo» político que no se desmiente por las

proclamaciones afectivas delante de Fraga; ni siquiera por eso.

La Coalición puede saltar por los aires y ello confirmará los interesados presagios de los representantes de

estos partidos minoritarios, cuyos políticos-informantes merecen ser sacados algún día en el índice

onomástico de una crónica política.

Triunfo y derrota

No hay, pues, confirmación del bipartidismo y eso es natural que preocupe a Guerra, autor de esa frase

afortunada: «Cuanto más Fraga, mejor». Tampoco, por los resultados del domingo, pueden sentirse

contentos los socialistas que ahora tendrán que urdir otras estrategias para abortar la presumible

recomposión de un centro español que les perjudica en las urnas. No es extraño que Guerra, con su

desparpajo habitual, insista en los mismos mensajes, aunque la realidad los desmienta inmediatamente

con rotundidad.

Los aliancistas fingen en estas horas un contento que, si no tuviera síntomas de ocultación interesada,

sería por lo menos preocupante, ya que revelaría una auto mentira incompatible con el análisis riguroso de

la situación.

Los aliancistas no están contentos y Barreiro, el vicepresidente de la Xunta, lo reconocía la noche

electoral cuando se lamentaba de que un «triunfo se hubiera convertido en una derrota» por una táctica

suicida consistente en fijar el nivel de lo deseable en una mayoría absoluta que, en la práctica, se ha

revelado imposible.

Fraga perjudicó a Albor

Debieran haber aprendido de lo que hizo el partido de Roca y Pujol en las autonómicas catalanas: «filtrar»

incluso datos falsos para impedir que se creara una conciencia de «mayoría apabullante». Ya vemos ahora

cuan distintos son los resultados de una y otra táctica.

Barreiro y otros consejeros de la Xunta fueron los únicos que previeron el peligro del desmesurado

optimismo. El vicepresidente apareció ante los periodistas ofreciendo —eso sí, mucho más tarde de lo que

había anunciado— previsiones «a la baja» para intentar lo ya imposible: que el auténtico resultado

modificara la impresión extendida de derrota.

En la Xunta de Fernández Albor se ha seguido la campaña «Fraga 86» con evidente descontento, porque

el avasallador e irrefrenable protagonismo de Fraga puede haber sido incluso perjudicial para la obtención

del objetivo requerido de antemano: la mayoría absoluta.

«Sin Fraga —decía un parlamentario de AP— Albor ahora no tendría que tender la mano a la Coalición

Galega: Albor hubiera ganado por aplastamiento. »

Al margen de esta aseveración, ya indemostrable, lo cierto es que Fraga perjudicó a Albor al menos en la

superficie de la campaña. ¿Cómo se explica, por ejemplo, la insistencia de Fraga en cerrar los dos mítines

conjuntos que hicieron y, además, terminar en La Coruña hablando en gallego cuando Albor —candidato

a la Xunta— lo había hecho en castellano?

La postura de Fraga sólo se explica por su intención inicial —que ahora desmentirá la dirección

aliancista— de que el logro de la mayoría absoluta se convirtiera, de hecho, en el relanzamiento definitivo

del «patrón» cara a las elecciones del 86.

A «sensu contrario» es legítimo concluir que el fracaso en la consecución del fin trazado «a priori» se ha

convertido, inevitablemente, en el aborto del «Fraga 86». De tal forma esto parece ser así que los

«movimientos» entrevistos en el seno de la Coalición previenen también el futuro descabezamiento del

líder, a quien sólo podrían salvar dos acontecimientos: la incapacidad para encontrar alternativa y el

empecinamiento de los financiadores del fraguismo, financiadores que, por otra parte y por primera vez,

también han sufragado los costos de la campaña de otros candidatos distintos a los de Coalición Popular.

Gobierno monocolor

Las incógnitas que anunciaba en la crónica del pasado domingo han tenido, pues, respuesta telegráfica:

mayoría insuficiente, bipartidismo quebrado, desmantelamiento del liderazgo de Fraga, reafirmación del

centro, ascenso de Roca y caída de Suárez.

Otra incógnita, de índole más doméstica para Galicia: la formación de Gobierno empezará a despejarse

dentro de unos días (no más allá de quince), pero cuenta cuarenta y ocho horas después de las elecciones

(es decir, muy poco tiempo) con la siguiente presunción: Albor formará gabinete monocolor en el que no

podrá prescindir ni de sus «hombres fuertes» anteriores (algunos procedentes de UCD), ni de sus

coaligados del PDP y de Segurado.

Si arrincona a los primeros, principalmente presentes en las candidaturas de Lugo y Pontevedra, la

amenaza de una Convergencia Galega propicia a entenderse con la Coalición de González Marinas puede

convertirse en una certeza.

Otra certeza es que Marinas se quedará en el Parlamento autónomo de arbitro de la situación, observando

cómo se desgastan los «populares» y, de paso, favoreciendo la opción nacional que ha resurgido con

fuerza: la alternativa reformista. La «mayoría para el progreso» es, por esto, una inteligible operación de

Laxe. Pero no pasa de ser un deseo interesado.

 

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