Autor: Urbano, Pilar. 
 Elecciones 82. 
 En avioneta, con Fraga     
 
 ABC.    13/10/1982.  Página: 25. Páginas: 1. Párrafos: 27. 

En avioneta, con Fraga

SAN SEBASTIAN. «Kilo Papa», es una pequeña avioneta Cessna de alquiler con la que

«Panzer Fraga» (no le disgusta que le llame así, incluso le divierte) devorará sesenta y tantos

mil kilómetros de campaña, sin darse mucha cuenta. Vamos a San Sebastián. El sombrero

tirolés, el abrigo Loden verde y un «nece-saire» negro del que tan pronto saca un rotulador y

empieza a tomar notas rápidas o un montón de revistas que destroza, arrancando las páginas

donde le nombran, como extrae un corta uñas y se esmera minuciosamente en cortar un

deshilacliado de su corbata. Le miro de reojo. Creo que ha hecho una pitia... «¡soy un adán en

esto de la ropa!» Cuando estamos en las nubes le gasto una broma: «Por aquí no ha hecho

usted ningún parador de turismo, ¿verdad?» «¡¿Cómo que no?!... ahí bueno un poco más

adelante le señalaré el de Fuenterrabía y, más allá, el de Elorrio... por aquellas montañas nació

mi pobre madre, vasco-francesa ella...»

Me dice que los problemas de seguridad personal no le importan ni le inhiben a la hora de visi-

tar en campaña una iocalidad. «Pero es lo cierto que el problema existe y que yo debo dar un

mitin en un hotel para ochocientas personas..., que se juegan el tipo por venir y. usted lo verá,

dos tercios son mujeres. Los hombres por más amenazados no se atreven...» Si los veré.

Gritarán «Fraga. Fraga, presidente, presidente...» Agitarán pequeñas pándenlas españolas,

ovacionarán al líder, pero dentro, en el «hall» del hotel, y cuando un fotógrafo oriente hacia

ellas o ellos su cámara, volverán el rostro, darán la espalda. Tienen miedo.

¿A qué viene Fraga a San Sebastián? Desde luego no a campear sobre terreno ganado, por

aquí el número uno es del PNV y el dos está en disputa entre PSOE y Herri Batasuna. Viene a

pasear sus siglas y las de ese penacho de adhesiones que son UCD, PDP y PDL, trabados los

cuatro en un difícil pacto

¿A qué viene Fraga a Guipúzcoa? Creo, sinceramente, que a dar la cara. A pisar España. A

hacer patria y a decir descarnadamente en rueda de Prensa que «yo, Manuel Fraga Iribarne,

nunca negociaré ni drogaré con ETA, que es un grupo de viles asesinos. Repito, de viles asesi-

nos... Con ETA sólo puedo dialogar con la Ley de por medio».

Le damos la noticia recién llegada a ios teletipos, de que Felipe González acepta el debate con

Calvo-Sotelo, Lavilla y Fraga. «¡Ya era hora que k> dijera! Empezaba a pensar que tenía

miedo. Es una buena noticia... yo ahora espero que eilos fijen las condiciones. Por mi parte,

acepto sin poner ninguna.» Esto de los retos de debate a las puertas del año 2000 es casi

como un desafío a florete o como un torneo de caballeros a la antigua usanza... ¡Pan y ´rco!

para animar una feria electoral seca de estímulos, cariacontecida por el fantasma del golpe y

vacua de esperanzas. A bordo de la «Kilo Papa» le comenté: «Gane quien gane, el que vaya a

la Moncloa no tendrá delante un jardín de rosas...» «¡Eso es lo hermoso y lo apasionante del

político, del gobernante: tenerlo difícil y saber poner en orden las cosas, con autoridad.»

Los periodistas están ya en la ancha y larga mesa con sus cuartillas delante. Es la rueda de

Prensa. Uno le muestra un periódico con un gran titular.

—¿Ha leído usted?: «ETA vota a Tejero»?

—Yo no digo que el terrorismo sea una razón para justificar el golpismo; pero sí, para enten-

derlo. Cualquiera suscribiría hoy ese titular...

Las preguntas son candentes y mordientes.

—¿Qué opina de Herri Batasuna?

—Los fiscales tienen que ver y muy seriamente si procede la ile-* galización de un partido, o de

una coalición, que no ha querido usar su mandato popular representativo, cuando lo ha tenido,

en las instituciones nacionales. O que se ha dedicado descaradamente a hacer apología de

terrorismo. No tentó más que decir.

—¿Se pronuncia usted, señor Fraga, en favor del estado de excepción para ef País Vasco?

—Por defender este trozo de España, o cualquier otro que estuviese en peligro de

desmembración, yo no vacilaría en utilizar todos los recursos de la Constitución. Y entre ellos

está «el estado de excepción»... Aquí, señores, están fallando práctica-, mente todas las

libertades del ciudadano. ¿No se sienten ustedes, los que viven aquí en un estado de

excepción? Ahora bien, yo propondría la adopción de esa medida excepcional a las Cortes

cuando viese que era conveniente para el País Vasco. Conste que soy entusiasta de

todo menos de los estados de excepción... Pero si, para erradicar el terrorismo, fuese

necesario... ¡no dudaría en proponerlo!

—¿Y los indultos para etarras arrepentidos?

Fraga se sujeta la cabeza con las dos manos. Se hace el silencio. Creemos que no ha oído la

pregunta o no la quiere contestar. Al cabo de unos instantes responde:

—De ese tema tengo poca información, porque no se ha dado. En principio, creo que las

personas realmente arrepentidas, que abandonen la lucha armada, que colaboren y den

información a la autoridad legítima... deben tener un trato especial. No estoy, pues, contra el

principio mismo del indulto, si sirve para llegar de una vez a la paz civil en esta querida tierra.

Nunca estaré en contra si se hace con pleno cumplimiento de lo que en la Constitución son los

poderes del Rey.

Salta de su asiento y casi arrasa y fulmina al barbado periodista que tiene a su lado, cuando le

oye decir:

—¿Se da usted cuenta, señor Fraga, de que si gana AP las elecciones, propiciaría el aumento

del terrorismo de ETA?

—¡Eso es muy grave, amigo mío! Gravísimo, lo que usted acaba de decir. ¿¡Desde cuando un

grupo de viles asesinos tiene que decidir quién nos debe go-bemar¡? ¡A mí qué me importa que

e) socialismo dialogue mejor con ellos..., yo nunca dialogaré con viles asesinos, que eso es

ETA!

—¿Y está usted de acuerdo en reinstaurar la pena de muerte?

—Soy partidario de actuar como un buen demócrata. Si las Cortes por votación de tres quintos,

lo aprobasen y el pueblo después lo refrendase, también yo estaría de acuerdo. Pero agrego

que, en estos momentos, me parece que la mayoría del pueblo español ya está planteándose

esa necesidad. Yo no vi con agrado en su día que se su:

primiese la pena de muerte cuando estaba en alza virulenta el terrorismo.

Ya está rebosante la sala donde se celebrará el mitin. Vamos a seguir. De camino le pregunto

si, desde el supuesto casi palpable de que él no va a obtener la mayoría absoluta, se plantea

como hipótesis de futuro un tope mínimo de escaños para gobernar en solitario.

—Mire, Pilar, para gobernar hay que tener la fuerza de la mitad de la Cámara. Eso es

matemática pura. Para gobernar, digo; no para hacer estas chapuzas a que nos tienen

acostumbrados... Y es lógico, pues, que no teniendo ese número de escaños, deba pensar

sensatamente en formar coaliciones. Pero coaliciones firmemente pactadas, con compromiso

estable de gobierno..., no consensos y trapícheos de ocasión.

—Felipe González me dijo el otro día que él no se coaligaría con PNV ni Convergencia i Unió,

para no soportar presiones nacionalistas sobre los intereses de Estado...

—¡Pues yo le digo a Felipe González que ni de él ni de nadie admito lecciones de patriotismo ni

del sentido del Estado...! Y yo no tendría esos escrúpulos o esos temores para llegar al

acuerdo. Insisto: mientras defendamos lo mismo, es lo fundamental.

Grita la gente de nuevo, «¡Fraga, Fraga, presidente, presidente!» Si en la sala caben

ochocientas personas, debe haber casi un millar. En Guipúzcoa, ciertamente es un éxito.

Desde aquí, de noche, por carretera, nos vamos a Logroño. Este «Panzer Fraga», peleón,

luchador, grandón y «zapatones», me ofrece la mejor y más niña de sus sonrisas: «Pilar, es su

santo..., ¡ha sido su santo!... Hágame el honor de viajar a Logroño en mi coche. Le ofrezco la

escasa celebración de un rato de conversación con tranquilidad.

Enfilamos la autopista.—Pilar URBANO.

 

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