Autor: Aradillas, Antonio. 
 Manuel de la Cámara, vocal de la Comisión de Codificación y miembro de la Academia de Jurisprudencia y Legislación. 
 El divorcio no debe ser banderín de enganche (para cosechar los votos de los partidos)  :   
 Soy el primero en proclamar que el matrimonio y la familia deben ser instituciones estatales. 
 Pueblo.    14/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

Manuel de la Cámara, vocal dé la Comisión de Codificación y miembro de la Academia de Jurisprudencia

y legislación

EL DIVORCIO NO DEBE SER BANDERÍN DE ENGANCHE

(para cosechar los votos de los partidos)

«Soy el primero en proclamar que el matrimonio y la familia deben ser instituciones estatales»

El tema del divorcio está en la calle y, teniendo en cuenta intervenciones recientes, tan sonadas y

extemporáneas como la de don Gregorio López Bravo, ex ministro («Estabilidad social y divorcio», A B

C, 16 enero 1977), sé hace lamentablemente presumible que el tema se rios politice en España, con tan

graves e inútiles riesgos como esto comporta, convencidos nosotros serena y sensatamente dé qué el

divorcio no es de izquierdas ni de derechas, ni del centro, o mejor, que el divorcio es dé derechas, como

también lo es de izquierdas y lo es del centro.

"De esta manera, el problema se abordaría en España superficial y demagógicamente"

Para centrar e) problema en sus justas dimensiones técnicas hablamos hoy con el notario de Madrid, don

Manuel de la Cámara Álvarez, de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, vocal de la

Comisión de Codificación y, en su ufe, autor cualificado y primer firmante de un escrito dirigido al

Ministerio de Justicia, en el qué se solicitaba que se estudie la posibilidad de sancionar y reglamentar el

divorcio en nuestro ordenamiento jurídico.

CONOCIMIENTOS SERIOS

—Al ver cómo el tema se descentra y desenfoca de está manera ante la opinión pública, me creo

moralmente obligado a defender los puntos de vista que he , sostenido, donde creí, qué debía de hacerlo,

aunque no sea mas que para responder al honor que me hicieron quienes firmaron conmigo y también en

base a los conocimientos serios, profundos y semioficiales que tengo acerca del tema y de su actual

planteamiento en nuestro país. , Ante todo, bueno es recordar que hay muchas personas (más de las que

algunos podrían imaginar) a quienes la vigencia del «statu quo» actual, o su sustitución por otro que

acepte el divorcio, le atañe de modo directo y personal Si el lema «divorcio, sí» o «divorcio, no» se utiliza

por los partidos políticos como «banderín de enganche» para cosechar votos, es absolutamente seguro que

el problema será abordado superficialmente o. lo que es lo mismo, demagógicamente. Sin duda alguna, la

conveniencia o inconveniencia de admitir el divorcio depende, en buena medida, de cómo se articule o

regule la institución. No es lo mismo el divorcio fundado en el mutuo consentí miento, que el que sólo

puede decretarse cuando uno de los esposos falte gravemente a sus obligaciones o, por último, el que se

apoye en el reconocimiento de una situación fáctica previa. La generalización es, por consiguiente,

peligrosa, y quienes recurren a ella inducen a confusión. Y no digamos nada cuando sé mete en una

especie de cajón de sastre .divorcio,1´ eutanasia, aborto y hasta la legalización de las relaciones entre

homosexuales.

GRAN EQUIVOCO

—¿Divorcio, matrimonio y familia?

—E1 gran equívoco descansa en la afirmación de que permitir el divorcio significa atentar contra el

matrimonio y contra la familia que sobre él se asienta. Se la condena a muerte, nada menos, en las

palabras del señor López Bravo. Si esto fuera cierto, la familia ya no existiría prácticamente, salvo en

contadísimos países, que todavía mantienen intangible el principio de indisolubilidad del matrimonio.

Sin embargo, es un hecho cierto que la vida del .norteamericano m 6:d i o (para referirme a un país

claramente divorcista gira en torno a su hogar familiar; Quien piense que en los Estados Unidos o en

Francia no hay familia, es porque sólo conoce de estos países las crónicas escandalosas de Hollywood o

de Las Vegas o la pornografía de la Place Pigalle.

Soy el primero en proclamar que el matrimonio y la familia deben ser instituciones estables, que el

vínculo conyugal está llamado a ser permanente y que el ideal consiste en que los esposos permanezcan

unidos «hasta que la muerte los separe».

Pero este bello ideal —que ha de formularse como aspiración y no como imposición— no está al alcance

del Derecho. La ley no puede conseguir, aunque se lo proponga, que marido; y mujer vivan juntos si éstos

no quieren o si la convivencia entre ellos se- ha deteriorado de tal forma que la vida en común ha

terminado´ por ser imposible.

Por esto, y a pesar de que el divorcio no se admita, hay que aceptar, como mal menor, la separación.

Ahora bien, un matrimonio separado es algo más (y también algo peor) que un matrimonio disuelto.

Mantener en tales casos la vigencia de un vínculo jurídico equivale a consagrar una ficción.

Ser divorcista no consiste en ser partidario de que la gente se divorcie, sino simplemente se pretende que

el Derecho a c é p te (humildemente)´ que no puede hacer milagros y que es peor y, sobre todo, inútil,

empeñarse en mantener vivo lo que está muerto. Y conste que no me refiero al amor, sino a la vida

conyugal, perfectamente posible si lo sustituye la mutua estimación o, al menos; el respeto reciproco,

pero impracticable si la una o el otro también faltan.

Aunque el divorcio no vaya ´a ser panacea universal para ¡a grave crisis que padece-en la actualidad el

matrimonio en. nuestro país, no pocos de sus problemas puede llegar & resolverlos una ley civilizada,

siempre y cuando ni se nos politice el tema manipulado por unos o por otros, y siempre cuando no nos

frivolicen con apreciaciones tan ligeras como las contenidas antológicamente en el reciente articulo de

don Gregorio López Bravo.

El hecho de hacer del divorcio un «banderín de enganche» para posibles miembros dé un determinado

partido constituye un gravísimo riesgo para el propio partido y una monumental ligereza.

Antonio ARADILLAS

PUEBLO 14 de febrero de 1977

 

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