Autor: Bugeda Sanchiz, José. 
   Universidad democrática     
 
 Pueblo.     Páginas: 1. Párrafos: 5. 

UNIVERSIDAD DEMOCRÁTICA

YA» me ha hecho el honor de dedicar un comentario editorial a tratar de rebatir el artículo «La

dictadura de los sobresalientes», aparecido en estas páginas hace unos días. Agradezco la forma mesurada

y cortés del comentario, pero no puedo aceptar sobre todo esa afirmación, tal vez bienintencionada, de

que «en el fondo estamos de acuerdo». No, de ninguna manera podemos estar de acuerdo, porque

partimos de posiciones imposibles de armonizar: una conservadora, y otra, claramente revolucionaria.

Contentémonos con ser acordes en ]a forma de expresión, pero dejemos la cuestión de fondo sin conciliar,

porque no hay nada que hacer en ese terreno. Y como el tema pienso que está maduro en nuestros días, y

es bueno sacarlo a la luz sin ambages, permítanme los queridos colegas de «Ya» que añada algunas cosas

sobre él.

NATURALMENTE que la democratización de la Universidad no quiere decir que no hayan de ser

excluidos aquéllos que no tengan capacidad suficiente para el estudio o se nieguen a hacer el esfuerzo

correspondiente. Pero sólo se podrá excluir a esos y aún esa exclusión plantea algunos problemas. Por

ejemplo, ¿cómo hacer para que el excluido de la Universidad, porque su inteligencia no llegue al

suficiente nivel, no resulte discriminado en la sociedad y en la función social que le corresponda? Cierto

que es la sociedad y no la Universidad la que tendrá que resolver el problema democratizándose a su vez,

y que eso sólo se conseguirá cuando la sociedad admita que el puesto de trabajo del tornero mecánico está

lejos de ser «de menos categoría» que el de abogado del Estado, tesis que, reconozco, es un poco duro de

momento pedirle a «Ya» que me la admita.

PERO una vez selec cionada la gran masa de los que son capaces —y ciertamente es una

gran masa—, ya no hay selección ni discriminación posible en el seno de la Universidad. Esta tiene la

obligación de elevarlos á todos ellos a un nivel cultural, que es el que la sociedad necesita. Para ello el

profesorado tiene que hacer muy otra cosa que organizar examen tras examen, para que vayan cayendo

los que sobran. Tiene, sencillamente, que enseñar. Y me parece que ahí está el clavo central de la

cuestión. El verá cómo lleva a todos a ése buen puerto. Si realmente tiene vocación profesoral, no le

resultará demasiado difícil, pero, naturalmente, tiene que hacerlo, porque si no lo hace está sobrando en la

Universidad. Y me parece que también será bueno añadir, que eso sólo sé logra mediante el contacto

directo, humano y continuo entre profesor y alumno. ¿Que faltan profesores para la gran masa de alumnos

que legítimamente desean estudiar en la Universidad y son capaces de hacerlo? Pues busquemos más

profesores: hagámoslos o importémoslos, tanto da, que siempre será una importación más interesante que

la de jugadores de fútbol o de aceite de soja. ¿Que eso supone una inmensa inversión, de muchos miles de

millones?. Pues ahorrémoslos, de otros gastos superfluos: menos viajes de personajes por el extranjero,

menos suntuosidad en los gastos públicos, menos funcionarios interinos y contratados, menos muchas

cosas y más medios para la Universidad. Pero para la Universidad; no para crear organismos de

«coordinación de no sé qué» o para inflar la burocracia educativa. Porque si tiramos por el camino

equivocado, no hay Banco Mundial que pueda dar abasto.

LA democratización de la Universidad exige, por supuesto, la participación real en su gobierno de

profesores Y alumnos, como exige también, indudablemente, la garantía de libertad y seguridad dentro de

su recinto. Pero no olvidemos la exigencia fundamental de dar un sentido no minoritario a la enseñanza

que se imparta. Ahí está mi discrepancia fundamental e irremediable con «Ya». No. Niego absolutamente

que la Universidad tenga como misión producir minorías para que éstas rijan la sociedad. La designación

de quienes vayan a regir la sociedad se produce, o se debe producir, por mecanismos que son

extrauniversitarios. No pretendo darle a nadie lecciones de democracia, y pienso que no es necesario

explicar la cuestión. Los universitarios, si queremos ser democráticos, debemos serlo hasta las últimas

consecuencias, y no empezar pensando que el Poder y la autoridad nos corresponden de modo natural.

¿Por qué había de ser así? ¿Por qué hemos de tener más «derecho» a dirigir a los demás los doctores que

los mineros? ¿Es que siquiera puede alguien asegurar que lo haremos mejor? Me parece que los ejemplos

sobran a ía vista de las circunstancias.

LA Universidad seleccionadora y promocionadora de los brillantes está como está. Me parece que son

inútiles los remiendos sí no renovamos de raíz el sistema universitario. Una reforma de la Universidad

tiene que comenzar por una reforma de la cátedra, de su estructura y su funcionamiento. Tiene, en

definitiva, que abordar la cuestión de fondo. Si la Universidad no produce conocimiento y cultura para

todos, la cosa no tiene solución con retoques técnicos, que la mayor parte de las veces la acre realidad

hará que sean incluso imposibles de aplicar. La Universidad está al servicio de la sociedad total. Y la

sociedad no está necesitando minorías, sino elevación del nivel educativo de todo el pueblo. Pues

hagámoslo.

José BUGEDA

 

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