Autor: Contreras, Lorenzo. 
 Elecciones generales. 
 Guerra, entre Mambru y la docencia     
 
 ABC.    04/06/1986.  Página: 26. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

ELECCIONES GENERALES

MIÉRCOLES 4-6-86

Cuaderno de notas

GUERRA, ENTRE MAMBRU Y LA DOCENCIA

Fue una maravilla. Alfonso Guerra pasó por el ambiente del Club Siglo XXI, cena multitudinaria

incluida, y dio la sensación de un moderado que sólo ocasionalmente y por excepción se demanda. Al

final, la actriz María Martor, haciendo uso de los mejores recursos irónicos, le confesó su admiración,

casi su idolatría por su linura, por su ingenio, por su: templanza. Y Guerra, bien porque no se percatase de

la intención de la actriz, bien porque se creyese en posesión de todas las virtudes enumeradas, se limitó a

responderle: «Soy un sentimental. El último romántico. Pero no puedo consolar sus tristezas.» Él

coloquio-cena fue importante por sus exclusiones. Nadie preguntó por el sistema de cirugía empleado

para realizar la reconversión industrial a costa de grandes masas de obreros. Nadie se acordó de las

infidelidades electorales o del trato dispensado a los funcionarios. Nadie hizo la menor referencia a la

desastrosa reprivatización de Rumasa. No hubo alusiones a la falta de democracia interna del PSOE

contra lo expresamente establecido en el artículo sexto de la Constitución. Ni siquiera se te preguntó a

Guerra por la utilización de la grosería como arma electoral. Nada de nada. Escoltado por los suyos tomó

el vicepresidente, al final, el rumbo hacia la puerta del Eurobuilding como uno de esos boxeadores que

acaba de noquear a un adversario con gloria y sin problemas. Todos creíamos que la gran vocación de

Guerra, la vocación frustrada, era la de director teatral. Pero ahora ha descubierto otra: la de profesor

universitario irrealizado. Suponemos que no sería su preferencia la de catedrático de Filología porque en

determinado momento dijo que su único verdadero capital es «el crédito que la gente tenga de mí». Si

hubiese dicho «el crédito que la gente me otorgue»... Pero no, dijo lo que dijo. Eso, aliado con repetidas

alusiones a sus «posicionamientos», queriendo indicar posturas o actitudes, completó los destellos y

fulgores de su oratoria. Vimos a un Guerra didáctico que, aprovechando una pegunta-cauce de Emilio

Romero, se lanzó tórrente abajo por los despeñaderos de la historia socialista hasta acabar diciendo algo

muy claro y que agradará, por las narices, a la izquierda del partido: así como la socialdemocracia

alemana tuvo su Sad-Godesberg, el PSOE (o su actual dirección) se reserva el derecho a revisar conceptos

ideológicos´ sin inquisición. Es decir, sin Congresos ni nada parecido. Lo dicho. Un Guerra moderado,

revisionista de todo lo que razonablemente debe revisarse y que nos recomienda a todos los curiosos la

lectura del «Libro de Já-vea», que debe ser un tostón mayúsculo elaborado en las aulas de una teledirigida

universidad veraniega del PSOE. La cena carecía de complicaciones. Incluso cuando salió a relucir el

tema del referéndum, una de las mayores vergüenzas de los actuales dirigentes del partido, manifestó que

habían edificado con el ejemplo a «nuestros aliados» porque lo ocurrido tes permite decir ahora que en el

bloque occidental se vota y en el otro no. Un prodigio de argumentación que de seguro dejará

alegremente pensativos a los hombres del Pentágono y profundamente abatidos a los del Kremlin.

La cena-eóloquio tuvo un aspecto especialmente feo. Se produjo cuando un periodista, tomando pie ;de

unas recientes consideraciones de Cuevas sobre lo útil que es en democracia la alternancia en el Poder,

permitió a Guerra extraer conclusiones disparatadas sobre determinadas voluntades involucionistas. Ellos,

que estuvieron a punto de subirse at caballo de Pavía. Todavía soltó otras lindezas el señor vicepresidente.

Como cuando sostuvo que «antes las guerras eran fronterizas, pero no transnacionales». Que se lo digan a

España cuando ocupó Ñapóles, por poner un ejemplo. Un maravilloso ejemplo de guerra fronteriza. El

señor García Iván, que estaba especialmente enfadado por los maliciosos equívocos sobre José María

Cuevas, preguntó airadamente a Guerra si estaría dispuesto a ser requerido por las más altas magistraturas

para ostentar algún día el título de duque de Guerra. El vicepresidente no se inmutó. Respondió: «Prefiero

ser Mambrú.» Ya saben, aquel que se fue a la guerra. Sólo que don Alfonso no quiso explicar la

intencionalidad de la frase.

Lorenzo CONTRERAS

 

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