Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El debate     
 
 ABC.    07/06/1986.  Página: 21. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

ABC/21

Escenas políticas

EL DEBATE

AQUI, lo importante sería que los políticos entraran en debate. Pero no en la lucha o en Ja contienda

personal a que nos tienen acostumbrados, con descalificaciones mutuas, con navajazos y con improperios,

o sea, con eso que Bor-ges llama «digresión», a falta del argumento, sino en un debate sobre los asuntos

que importan a los españoles: la manera de salir del túnel económico, la creación de riqueza y de puestos

de trabajo, la seguridad en las grandes ciudades y la disminución de la delincuencia, el tratamiento eficaz

del cáncer del terrorismo, la independencia del Poder Judicial, el mejoramiento de la enseñanza, la

mesura en el impuesto, la atención a la salud y la buena organización de la medicina social, la verdadera

igualdad ante la Ley, la moderación en el gasto público, la eliminación de la corrupción organizada o

desatada, la vigilancia sobre el consumo de la droga, fuente de degeneración física y moral y estímulo a la

delincuencia, el respeto sincero a las libertades, el final del monopolio televisivo, la democratización de la

sociedad empezando por la de los partidos políticos, la aceptación de las reglas del juego democrático, la

claridad de nuestra política exterior, la inteligente administración de nuestra incorporación económica a

Europa, eí tratamiento apolítico de la cultura, el desarrollo agrícola e industrial...

De nada de todo esto se habla en las presentes elecciones. Los magos de la imagen y los componedores de

virgos políticos, los Celestinos de las componendas electorales, nos sirven —en vez de ese debate- la

estampa de don Felipe González jugando al fútbolín con Juanito Precipicio, con Roberto Dorado y con

ese chico, Varelita, que quiere regresarnos a la censura de Prensa. A mí no me parece mal que el señor

presidente del Gobierno juegue al futbolín. Estoy seguro de que no juega mejor que yo, y de que le

ganaría por goleada. Pero en plena campaña electoral, un presidente del Gobierno puede retratarse

jugando al futbolín después de haber propiciado que los españoles puedan jugar, como él, como una

inocente expansión después del trabajo de cada día. Ya es más discutible que la imagen que se transmita

al pueblo, en vísperas de elecciones, cuando el persona! está abrumado por aquella multiplicidad de

graves problemas, sea la de que las cosas van tan bien que el presidente se entretiene jugando al futbolín.

La campaña electoral de estas urnas del 86 se está convirtiendo en un trámite aburrido y tedioso. De

cuando en cuando, para animarlo, hay un político socialista que suelta una pata de banco o sale por los

cerros de Ubeda. Parece que la preocupación más importante que agobia al señor Calviño es la de no irse

de Prado del Rey hasta que sea nombrado su sucesor. ¡Menos mal! Al menos, los batuecos tenemos la

garantía de que el señor Calviño dejará el puesto cuando se designe a quien le deba suceder. O sea, que

Calviño no seguirá en el sillón aunque nombren otro director general. ¡Qué ejemplar acatamiento de

juego democrático!

Don Alfonso Guerra dice que se deja la política. No habla de la manera de enderezar ese entuerto del

millón más de parados que abruma a nuestra sociedad, sino que está pensando en retirarse de la política

antes de cumplir la edad en que murió Pietro Nenni, o un poco antes, antes de ponerse la boina del viejo

líder socialista italiano o de recibir, como regalo, el reloj de bolsillo del Santo Padre.

A don Felipe González no le quitan el sueño los graves problemas que afligen al país que gobierna -o

mejor diría, al país en el que manda-. Lo que le entretiene sus ocios es el juego del futbolín y el anuncio

de un desastre de la oposición después de las elecciones. Don Felipe González organiza catástrofes,

empezando por la catástrofe del paro, y las que no organiza, las anuncia. Pero, eso sí, sin tomar en sus

manos el rayo de Júpiter, sino mientras juega, sonriente, al futbolín. ¿Y el debate? ¡Oh, el debate! Eso se

queda para los pueblos que tienen algo que debatir. O sea, de «debater», como diría el señor ministro de

Educación. Jaime CAMPMANY

 

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