Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Mentira     
 
 ABC.    09/06/1986.  Página: 17. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

ABC/ 17

Escenas políticas

MENTIRA

LO que ha dicho don Alfonso Guerra de don Adolfo Suárez, el Duque, como ahora le llama Felipe

González, ni siquiera es una procacidad política, ni una muestra de ingenio, ni una caricatura ni una burla

regocijante. Es, sencillamente, una mentira. No un error, sino una mentira, porque no existe el menor in-

dicio para justificar una suposición así.

Ha dicho don Alfonso Guerra que Suárez estuvo a punto de desmontar la democracia en 1981 como antes

había desmontado el Movimiento. Como la frase no encierra ninguna gracia, ni es una exageración

chusca, habrá que tomarla como una acusación en serio. Y una acusación no leve, sino grave, mucho más

si se tiene en cuenta que la lanza un vicepresidente del Gobierno a un ex presidente del Gobierno, cuyo

final de mandato coincidió con un intento de golpe de Estado.

La gobernación de don Adolfo Suárez durante la democracia podrá merecer muchas y tal vez graves

críticas. Yo he escrito muchas de ellas, y en clave de humor es posible que haya exagerado algunos tonos

y haya desmesurado algunas censuras. Pero lo que no se puede decir de don Adolfo Suárez es que haya

intentado desmontar la democracia. Eso es falso. Al menos, una acusación de ese tamaño no se puede

lanzar sin más ni más, sin aportar pruebas o sin dar cuenta de los indicios en que se fundamenta.

En don Adolfo Suárez coinciden dos circunstancias especiales: ser el primer presidente de Gobierno

designado por el Rey y ser el primer presidente elegido por el pueblo en votación universal, igual y

directa, o sea, en puridad democrática. Don Alfonso Guerra ha expelido, en esa frase, un insulto político

múltiple, y ni siquiera es posible encontrar una circunstancia atenuante para convertir la acusación de una

brometa de mal gusto.

Al Duque (e tocó, en la historia de nuestra transición política, devolver al pueblo español las libertades

civiles y protagonizar et retorno a la democracia. Gracias a él, el Partido Socialista saltó de una discreta

oposición clandestina, no demasiado arriesgada, y de una situación de espera paciente a que cayeran

mejor las pesas políticas. Gracias a la prudencia y sinceridad de aquellas medidas políticas que tomó don

Adolfo Suárez, el señor Guerra puede hoy decir lo que dice y vivir en la Moncloa, y estar en el Gobierno

de oyente y de maldiciente.

Una vez dijo don Alfonso Guerra que don Adolfo Suárez, si entrara en el Congreso de los Diputados el

caballo de Pavía, se subiría a su grupa. Ahí empezó la historia de esta descalificación de ahora. Poco

tiempo después de pronunciar esa frase el señor Guerra, el caballo de Pavía entró, en efecto, en el

Congreso de los Diputados, y don Adolfo no sólo no se subió a su grupa, sino que intentó detenerlo por

las riendas. Mientras eso sucedía, el audaz demócrata don Alfonso Guerra desaparecía bajo el escaño,

como si se hubiese metido en el cajón del pupitre o deslizado bajo la moqueta. Si por don Alfonso Guerra

hubiese sido, el caballo de Pavía estaría relinchando y dando corvetas y balotadas entre nosotros, en vez

de permanecer, contemplando con envidia, cómo nuestros socialistas nos cercenan, un poco más cada día,

las libertades.

Hombre, los que sufren más tentaciones, y a veces caen en ellas, de desmontar la democracia son

precisamente los socialistas, y muy en especial don Alfonso Guerra, que mató por segunda vez, cuando

entre nosotros gozaba de buena salud, al señor barón de Montesquieu y a su clásica división de poderes;

que quiso huir al Este cuando visitaba España el presidente de la nación más libre y democrática del

mundo, y que si busca a alguien para darle lecciones de democracia tendría que encontrarlo en su propio

partido y cerca de su despacho. Y además, en aquella historia del caballo de Pavía, quienes estuvieron

más cerca de subirse a la grupa fueron, precisamente, los socialistas. Cuando don Alfonso habla de

desmontar la democracia está mentando la soga en casa del ahorcado.

Jaime CAMPMANY

 

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