Autor: Dader, José Luis. 
   Sondeos electorales, un lujo a su alcance     
 
 ABC.    10/06/1986.  Página: 48. Páginas: 1. Párrafos: 18. 

ABC, póg. 48

TRIBUNA ABIERTA

SONDEOS ELECTORALES, UN LUJO A SU ALCANCE

Por José Luis DADER

LEGAN las elecciones generales y sabido es que en estas épocas proli-leran como hongos tos sondeos

electorales. Sí es usted director, redactor-jefe o periodista preocupado por obtener la Información

apetecible del momento, tal vez andará buscando el instituto de sondeos adecuado, que por menos precio

le ofrezca la más creíble y, a ser posible, más espectacular encuesta. Con todo, la broma le costará varios

millones de pesetas que habrá que rentabilizar con publicidad o repartiendo costes con varios medios en

cadena.

Sin embargo, usted puede evitarse todo ese gasto sin dejar de presentar la deseada y poco menos que

imprescindible encuesta. ¿Cómo? Muy fácil: inventándosela. Todo es cuestión de imitar con arte, como

muy bien saben los falsificadores profesionales de cuadros. Con la ventaja, además, de que en esto de las

encuestas hasta las más burdas imitaciones pasarían inadvertidas ante las enormes tragaderas -o la supina

ignorancia- de quienes en teoría están en posición de evitarlo.

Siga mi consejo: diga usted que na sondeado una muestra de 1.200 personas, con un margen de error más-

menos 2,9 por 100 y una precisión de dos sigmas. Añada que su sondeo ha sido «aleatorio, polietápico,

estratificado» y que las entrevistas fueron realizadas la semana anterior. Si ya quiere nota puede agregar

que utilizó el método «random route» para la selección del hogar y el de «kish» para la selección del

entrevistado. Cuantas más palabras crípticas, más aureola de profestonalidad incuestionable estará usted

cosechando.

Luego, claro está, invéntese unas tablas de resultados siguiendo su propio instinto y encargue al

comentarista político del medio que escriba tres o cuatro folios de análisis. Ya tiene usted construida su

encuesta. Si luego resulta que los resultados finales no concuer-dan para nada con los presentados,

acháquelo a la movilidad del voto, la influencia de la campaña televisiva, la situación internacional de

última hora, o incluso el efecto «boomerang» generadp por las propias encuestas, esas discrepancias.

Usted habrá estado al mismo nivel de oferta periodística que su competencia y se habrá ahorrado una

importante suma.

Y es que en este país ni las asociaciones de los institutos de sondeos, ni las instancias jurídicas, ni tos

partidos políticos, ni tos propios periodistas vigilan por la fiabilidad técnica de los sondeos que se

publican. Todos han demostrado su recalcitrante voluntad de hacer la vista gorda, posiblemente porque la

mayoría tiene intereses creados al respecto.

Los institutos de sondeos, porque a pesar de sus pomposos comités de ética profesional, sólo sancionaron

una vez, allá por 1975, y luego han debido pensar que es mejor no indisponerse entre colegas. Las

instancias jurídicas competentes -léase la Junta Electoral Central-, porque bastantes quebraderos de

cabeza tienen con averiguar si se pegan carteles fuera de plazo o no se respeta la proporcionalidad de

espacios gratuitos en TVE, como para complicarse la yida con minuciosidades estadísticas de clara

impopularidad frente a los periodistas. Los partidos políticos, porque a ver quién denuncia por

incumplimientos legales a periódicos de campanillas si luego tienen que acudir a esos mismos periódicos

a mendigar una entrevista, filtrar una nota informativa o entregar un artículo de opinión.

Los periodistas, en fin, porque para empezar to único que suelen entender de tos sondeos es la tabla de

resultados y a duras penas llegan a aceptar que se incruste un pegote llamado ficha técnica, aunque luego

en los titulares y comentarios hagan caso omiso de las limitaciones que sobre los resultados brutos

expresa dicha ficha. Los periodistas tampoco criticarán a ios colegas de la competencia para que dentro de

unos días ellos pudieran devolver el dardo envenenado. Hoy por mí, mañana por ti. De lo contrario

arruinamos el negocio.

El pagano, como siempre, es el ciudadano de a pie. Este, destinatario último de) aíuvión de encuestas, se

limitará a indigestarse con todas ellas, llegando a la conclusión de que el españolito medio cambia de

opinión con más rapidez que de ropa una corista. O, en sentido contrario, las rechazará todas, privándose

de este modo de un instrumento de información útil -cuando el método es riguroso-, al que la vida en

democracia da derecho y que, por to mismo, las instituciones democráticas debieran preservar.

Algún inocente lector llegado aquí podría, en su ingenuidad, creer haber hallado la solución: que se haga

una ley para controlar las supuestas piraterías y distinguir así las encuestas científicas de sus

falsificaciones. Del mismo modo que hay una legislación para controlar los gastos electorales, la pureza

del proceso de elecciones, etcétera.

Pero ¡oh, tierna criatura! La ley ya está hecha. En concreto varios artículos de la recién estrenada ley

Electoral se ocupan del caso. Es más, desde 1980 había existido en España una ley específica sobre

encuestas electorales que, con muy ligeros retoques, ha sido refundida e integrada en la ley orgánica Elec-

toral de 1985. Y, sin embargo, ni ia vieja ni la nueva ley fueron cumplidas jamás en la totalidad de sus

puntos ni -lo que es mucho más grave- las instancias jurídicas competentes realizaron una sola sanción

por ello.

Tras varios años de seguimiento del tema sé lo que me digo. Pero la prueba más rotunda de to que afirmo

pude obtenerla con ocasión del proceso electoral autonómico de Galicia del pasado otoño.

Entonces, tras reunir todas las encuestas publicadas con motivo de esos comicios, comparadas con tos

requisitos de publicación fijados por la ley y adjuntar un análisis crítico de cada incumplimiento, remití

toda esa información a la Junta Electoral Central, organismo encargado por la ley también de este asunto.

La JEC empezó por aparcar el tema para después de las elecciones, to que contradice ya el espíritu de

rectificaciones de urgencia que la propia ley Electoral demuestra al respecto. Dijo luego rueda de Prensa, |

boca de su presider que había decidido : licitarme más inferir ción sobre el asunl cosa que nunca llegó

hacerse; y una semai después, se supone que tras arduo exarru de esa información adicional nunca

solicitad comunicó también de forma pública que r había encontrado ninguna materia de infra ción y

archivaba el caso.

Frente a esta decisión sólo puedo suger a quien quiera verlo con sus propios ojos, comparación del

artículo 69 de la ley Elect ral con cualquiera de las encuestas denunci das. Podrá comprobarse así que tos

requ tos de tos que hablo no son cuestiones interpretación subjetivable o polemizablí Consisten, al

contrario, en requisitos fórmale de mención de datos (como número de pe sonas que no han contestado a

cada pregui ta, etcétera), que sólo pueden estar o no e tar reflejados en (a publicación de \í encuestas. Y

no eran ni uno ni dos los dat> que en bastantes casos quedaban olvidad> en aquellas publicaciones.

De ahí mi perplejidad de que nada menos que un presidente de Sala del Tribunal S premo, a la sazón

presidente de la JEC, p diera en este Estado de Derecho (todo o mayúsculas para no confundirlo con este

e tacto del derecho) compatibilizar tantas or siones con la certificación del cumplimier legal. Técnica

jurídica que, por to visto, se seguido empleando con ocasión de las ( cuestas sobre el referéndum de la

OTAN que ya empieza a ratificarse con los primei sondeos relativos a las generales de junto. Patalear y

denunciar estas cosas en e)" bunal de papel de la opinión pública se su| ne que es el último consuelo que

queda a espíritus cabezones.

Y como yo soy uno, creí que nada m> que el diario mesocrático de más amplia culactón para exponer

estos hechos. Sin t bargo, tras remitirle dos artículos al respeí con diferentes enfoques del asunto, re>

meses más tarde la devolución de mis or nales y unas líneas de disculpa de su jefe colaboraciones,

solicitándome que «se hí cargo de las enormes dificultades que te mos para publicar textos como los suy

dado el volumen de trabajos que recibimo las urgencias diarias que ocupan nuest páginas».

Las urgencias diarias de aquellos d —frente a la Inminencia de las elecciones llegas- fueron

colaboraciones sobre la fensa del castellano, el problema de la i dernidad y varios similares. De manera >

he procurado atenerme literalmente a la mera parte de la disculpa y he comprenc que el >• diario

independiente de la mañai tiene enormes dificultades para publicar 1 tos como los míos.

Volviendo al comienzo de este artículo c que puede entenderse por qué aconsejo ventarse directamente

los resultados de sondeos. Si nadie en este país va a rep> en la diferencia y menos velar por la trans renda

de este instrumento de informador electorado, por qué andar perdiendo el tf> po y el dinero. Bricoíéese

usted su propia cuesta.

 

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