Autor: Teba, Juan. 
 Campaña electoral ; D-16/Sigma 2 Sondeo ; Los dos grandes protagonistas de la contienda : Los candidatos. 
 José Miguel Salinas, el espada de la guarda     
 
 Diario 16.    04/06/1987.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

José Miguel Salinas, el espada de la guarda

Juan Teba

EL estilo de Herminio Trigo en nada se asemeja al toreo renacentista de su gran maestro, Julio Anguita ni

en las siluetas, ni los perfiles. Herminio es una dehesa en un mediodía de agosto, y Julio, el espíritu

partisano obligado a aceptar una legitimidad que le resulta extraña. O sea, que nada tienen que ver

maestro y alumno aventajado, como suele ocurrir, aunque se complementan. La altivez de Anguita se

concentra en su barbilla, y el aire conciliador de Trigo es una corriente por todo su cuerpo. Y existiendo

tantas diferencias, el alumno recibió el encargo de defender y mantener la herencia del maestro. Una

herencia envenenada porque la pretende el armamentismo electoral de los socialistas, que es una

maquinaria de guerra impresionante que roza la categoría de invencible. Porque de todas las batallas, de

todos los mano a mano que se celebran en la Andalucía del 10 de junio, ninguna tan apasionante y

absoluta como la de Córdoba. Dios tendrá que ser misericordioso con el perdedor. Incluso el ganador es

más que probable que pase por el quirófano de la negociación poselectoral. De momento, se ha agotado el

papel mientras Trigo no encuentra descanso entrenando en el campo y Salinas perfila los últimos toques

de su estrategia, repasando los manuales de los gladiadores romanos. De los dos protagonistas del mano a

mano histórico, Trigo es el más enigmático. Su aspecto es excesivamente conciliador para no guardar un

resorte envenenado en la recámara o una rabia incontenible detrás de la serenidad de su rostro de profesor

de EGB, porque Salinas es más «yupy» a pesar de su cara de niño sin problemas de patrimonio, se ve

venir, digamos, y le gusta el riesgo, balancearse era el trapecio e incluso a veces imitar a Jos viejos

maestros del toreo haciendo el «teléfono» en la testuz del animal. Y hay que insistir. Trigo no puede ser

ese funcionario de la época de Larra que pretende aparentar su aspecto. En ese supuesto él dios Anguita

nunca le hubiese cedido el sillón principal de Córdoba. Algún veneno tendrá su estoque, mucha sabiduría

sus ojos cuando se enfrasca en el diálogo con el enemigo con el sol arriba y la arena bajo los pies. Que

Trigo luche contra Salinas para ver quién inscribe su nombre en el arco de la puerta noble de la plaza de

Córdoba es como si Juan Belmonte se hubiese enfrentado una sola vez como José Gómez «Gallito».

A fin de cuentas, las batallas memorables son las irrepetibles, como el mejor beso es el primero de cada

aventura. A Trigo le vigilan ojos negros de campesinas que se perfuman con la brisa mientras rezan por él

santitas resignadas de la hoz y el martilo, sus camaradas ilustres le apoyan desde la retaguardia con los

misiles de la dialéctica, el gran descubrimiento del marxismo científico, pero en estos tiempos la

dialéctica es un arma que ha perdido mucho valor operativo. En definitiva, Trigo está solo ante el peligro,

como los toreros cabales, solo con sus miedos y los fantasmas de su responsabilidad, y si vence, el triunfo

será divisible y rodos querrán tener su porción de tarta, pero si se estrella, toda la oscuridad será para él y

a sotivocce los camaradas susurrarán el nombre de Anguila, de Malmónides y el Espíritu Santo, lo

mirarán con falsa ternura y los abrazos de ánimo tendrán esa pegajosidad de la humedad veraniega.

Querer mandar en la fiesta política es como tener hipotecadas todas las arterias del cuerpo. Y, además, sin

iguala médica, Y otra observación obvia: No hay espectáculo sin morbo.

 

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