Autor: Teba, Juan. 
 Campaña electoral ; D-16/Sigma 2 Sondeo ; Los dos grandes protagonistas de la contienda : Los candidatos. 
 Herminio Trigo, sin iguala médica     
 
 Diario 16.    04/06/1987.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

Herminio Trigo, sin iguala médica

J. T.

JOSE Miguel Salinas aprendió a dar sus primeros pases con la muleta en las dehesas de la familia, pues el

diestro cordobés es rico de cuna y nunca conoció las «cornadas del hambre», aunque sí otras, cornalones

secos, más bien. Cornalones que le sirvieron para dominar el gesto y controlar las prisas, y poner cara de

jugador de póquer cuando un toro se desmadra y va a por él buscando su femoral. Debutó con caballos en

el despacho presidencial de la Diputación Provincial de Córdoba, y allí toreó con mesura y aseo, pero sin

grandes alardes, hasta que el empresario Borbolla lo llamó como espada de la guarda al palacio de

Monsalves, una vez que el mítico matador Rafael Escuredo se cortó la coleta, asfixiado por los toros

resabiados que le enviaban desde Madrid. En Sevilla fue bautizado de inmediato por los cronistas que se

alimentan de sueños, café y vasos de whisky como el Niño Salinas, lo que nunca le acabó de agradar.

En su toreo de capa no era difícil adivinar la autorrepresión estilística del diestro, pues, si bien el matador

tendía a un toreo imaginativo, audaz y lleno de adornos, su prudencia le dictaba sobriedad, consciente de

que llamar en exceso la atención, teniendo en el palco al empresario Borbolla y al gran exclusivista

Alfonso Guerra, era como tener en el bolsillo el billete de vuelta para Córdoba. Muy pronto se familiarizó

con las críticas de Prensa, las corridas benéficas y los números públicos. Como la saga de los Vázquez,

rápidamente se hizo semanasantero, feriante de abril y rociero. Se impuso no dar un pase de más, jamás

brindar al sol, no creerse protagonista de nada, escuchar y callar y no perder nunca.de vista el chiquero.

Su único percance, saldado milagrosamente con un revolcón sin importancia, fue toreando en el coso que

los sevillanos llaman Edificio Presidente. Fue un momento clave. Con la muleta perdida, el toro se le

arrancó, junto a las tablas, cuando los subalternos estaban en otros menesteres; Salinas mantuvo la calma,

buscó la mirada de Borbolla en las alturas, hizo un quiebro con la cintura y por allá que se marchó el

berrendo, dejando al maestro trompicado pero indemne. La verdad es que el astado le había avisado,

como dicen los taurinos que sucede siempre, pero Salinas desoyó los avisos, tan sumergido como estaba

en la lidia. Y como de todas las cornadas se aprende, Salinas le quitó importancia al percance, pero azuzó

la vista y agudizó los oídos. Un día, sus mentores le indicaron la conveniencia de apoderarse de la plaza

de Córdoba, feudo de los partidarios de la escuela taurina de la hoz y el martillo, y aunque no podía ser lo

mismo torear en Sevilla, muy cerca de los focos de televisión y de los grandes periódicos del sur, que

hacerlo en una plaza alejada de los centros de poder, entendió que la recomendación era un orden y de

inmediato encargó taleguillas nuevas, le bordaron nuevos capotes de paseo, reorganizó su cuadrilla y

volvió a abrir casa y cortijo en Córdoba. Dicen los especialistas que en la ciudad de los califas le aguarda

el triunfo o el retiro. Siempre estamos con los maximalismos. Este humilde cronista cree que no, que

puede no cortar orejas, pero seguir toreando, que puede que salude únicamente desde los tercios, pero

seguir saboreando el miedo del precipio de cada día. En última instancia, tampoco sería un drama

irremediable quedarse definitivamente en Córdoba a la vera de Pepa, su racial y hermosa mujer,

recordando en las tardes invernales las acechanzas vividas en la capital.

 

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