Autor: Garrigues, Antonio. 
   Meditación para antes de las elecciones     
 
 ABC.    14/06/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

MEDITACIÓN PARA ANTES DE LAS ELECCIONES

LO que España necesita es encontrar su identidad. Lfna identidad perdida desde que dejó de ser una gran

potencia y, sobre todo, desde que irrumpen en España los principios y los ideales de la Revolución

francesa, se rompe la unidad dinástica con el carlismo y, dentro de la Monarquía liberal, el país está

pendulando desde )a derecha a la izquierda, sin llegar a alcanzar y sin que llegue a fraguar una sociedad

convivencia!. Salvo el momento, relativamente breve y relativamente democrático, de la restauración de

la Monarquía en Alfonso XII y la Constitución canovista del 76, esa misma péndula-don decimonónica ha

llegado hasta nuestros días a través de la Dictadura de Primo de Rivera, de la República, de la guerra civil

y del régimen del general Franco. Ha habido durante ese largo período muchas ocasiones tan perdidas

como irrecuperables.

La nueva restauración de la Monarquía en la persona de Don Juan Carlos I constituye una gran ocasión

para encontrar ese centro de convivencia y cíe convergencia, sin el cual un país es un lugar geográfico

más que un lugar político.

El presidente Cárter ha dicho que no se puede combatir el fuego con fuego, que es mejor combatirlo con

agua. No se puede combatir tampoco el radicalismo con otro radicalismo, sino con el aceite de la

tolerancia y con un espíritu de diálogo y de comprensión mutua.

Es humano, muy humano, que cada partido o grupo político luche por «su» verdad, pero no como un

arma arrojadiza, no para vencer, sino para atraer y convencer. Si el Concilio en materia religiosa, mucho

más exigente que la civil, ha aceptado —sin renunciar a ¡a verdad— el principio de la libertad de

conciencia, cuanto más habrá que tener esta tolerancia en el terreno de las pugnas políticas entre las

diferentes opciones que en cada época se ofrecen a los hombres para conducir el Estado y la sociedad.

El signo de la época exige ciertamente el pluralismo contra el monolitismo, pero no como una pluralidad

infinita, sino como las dos o tres alternativas políticas reales, no personales, que en cada momento

histórico tienen derecho y fundamento para recabar la adhesión de las gentes.

Esas alternativas no pueden ser, entre sí, en forma alguna excluyentes. El Esta* do, que no es un partido,

sino una institución, tiene que ser el eje de giro alrededor del cual esas alternativas puedan girar y rotar, y

si no ocurre eso y sí una de esas alternativas se hace con el Poder de una manera exclusiva, cfes-r cubierta

o encubiertamente, el Estado se destitucionaiiza para convertirse en el instrumento de un partido político.

En este juego de ¡a política, un juego en el que el azar toma tanta parte, el Estado no solamente no puede

ser monopolizado, pero tampoco manipulado. Tiene que ser un "¡uego ¡impío, de una limpieza relativa —

la de las cosas de los hombres que no son ciertamente criaturas inmaculadas—, pero con la suficiente

claridad y honestidad que haga posible la adhesión de la gran mayoría de las gentes.

Cuando se dice, como se dice ahora, que todos o casi todos los partidos políticos en acción dicen ¡o

mismo o casi lo mismo, no se debe entender esta realidad en un sentido peyorativo, porque eso es

precisamente lo que debe ocurrir: que haya muy poca diferencia, que haya una conformidad en las cosas

fundamentales y solamente contrastes, si no banales menos todavía abismales, en las cosas secundarias.

Esto es lo que pasa en una sociedad política bien constituida como la de los Estados Unidos. Las

diferencias entre Partido Republicano y el Partido Demócrata en /os temas fundamentales de la vida

americana, nacional o internacional, son casi inexistentes, mientras que se pone el acento en la

matizacíón, en el «timing» y en el «mocfus operandi» sobre esos y los restantes problemas menores de la

vida política contemporánea.

El problema de las alternativas radicales se desconoce en Norteamérica porque se desconoce

prácticamente eí marxismo. Pero está planteado, aun con diverso signo y extremosidad, en toda Europa.

Se trata de la compatibilidad en el plano moral entre cristianismo y marxismo ideológico? y en el plano.

económico entre la economía libre y la economía planificada y estatificada.

Como problema teórico, el marxismo es una de las expresiones más ambiguas que se pueden utilizar. La

filosofía marxista es muy profunda; está entroncada con los sistemas filosóficos más abstrusos del siglo

XIX. El porcentaje de marxistas militantes que saben o que es el marxismo es increíblemente bajo. Pero

hay un marxismo moralizante de tipo fabiano e incluso de impregnación cristiana, que mueve a las gentes

como son siempre movidas cuando se les habla de una mayor justicia y de una mayor igualdad.

Por eso el antimarxismo no puede ser una bandera sin contagiarse de es a misma ambigüedad. Sol amenté

entre una derecha que sea capaz de asumir lo que en el socialismo marxiste hay de ese anhelo irreprimible

de justicia y libertad, y una izquierda socialista que haya renunciado al dogmatismo de Feuerbach y Marx,

y de Lenin y de Stalin y de Mao Tse-tung, puede establecerse un diálogo y fraguarse una convivencia

sobre una base sólida y estable.

Una derecha y una izquierda así constituidas son prácticamente las dos únicas opciones v á I i d as en la

sociedad contemporánea. Habrá además, y debe haber, grupos minoritarios que den satisfacción a la

enorme necesidad de variedad que tiene el espíritu humano. Pero esos grupos, que también son

respetables, a lo que no pueden aspirar es a convertirse en una verdadera tercera opción.

Esa derecha y esa izquierda coincidirán en la democracia, en los derechos humanos, en la libertad

religiosa, en una profunda reforma fiscal no depredatoria, en una economía sana no inflacionaria que dé al

sector privado ¡o que es suyo y al sector público lo que le pertenece, en una ecuación equilibrada entre el

poder central y los poderes regionales y locales, y sobre todo en la forma monárquica del Estado.

Discreparán sobre el modo y la manera, el acento y el momento de enfocar esos y los demás problemas

políticos; pero si no hay un,a aceptación básica de esos fundamentos primarios, la democracia estará

siempre a punto de naufragar. Además, problemas como el de la energía, el desequilibrio de las balanzas

comercial y de pagos, la inflación, etcétera, no son de partido, sino nacionales.

Un país no puede ser ni la clase obrera, cada vez menos obrera, ni la clase media, cada vez más extensa,

ni la clase alta, cada ve» menos alta, ni el Ejército, ni el clero, ni ningún grupo de presión, sino la

simbiosis efe íooo etío,

Si de las Cortes que se van a convocar tras las elecciones, y que son constituyentes y ordinarias, dualismo

que no es ninguna herejía ni política ni constitucional, sale un texto que no sea utópico como el de las

Cortes de Cádiz, ni ambiguo ni contradictorio ni sectario, ni sobre todo antinada, lá~ democracia estará

salvada. SI, por el contrario, saíe una Constitución de partido, de resentimiento y de revancha, el país

habrá entrado en una vía de involución politica.

La inmensa mayoría de los españoles quieren la Monarquía; quieren no solamente preservar el nivel de

vida alcanzado, sino incrementarlo, y quieren todas las reformas que exige la sociedad actual y que no

desemboquen en una nueva aventura. Y quieren unánimemente recobrar una personalidad internacional

que hoy está tan disminuida.

Una democracia constitucional, en torno a la Monarquía de Don Juan Carlos I, basada en la lealtad, la

justicia y el derecho, es la única esperanza.

Antonio GARRIGUES

 

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