Autor: Izquierdo Ferigüela, Antonio. 
   España     
 
 El Alcázar.    14/06/1977.  Página: 1. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

LA lectura o escucha de los propósitos y programas que formulan los partidos que concurren a las urnas

me ha llevado a unas conclusiones peregrinas. Es falta de experiencia, claro. Como le acontece a tantos

otros millones de españoles, esa fuente de información directa en materia electoral se limitaba —y

margino adrede los pormenores de aquellas del sistema orgánico, tan en entredicho— a la lectura dé los

acontecimientos de esta índole referidos a otros pueblos. Las elecciones-USA son siempre un punto de

referencia, si se considera que de su resultado, depende en poco ó en mucho, según sé mire, el destino de

todo un Planeta. Las francesas, las inglesas, las italianas o las alemanas suelen carecer de ese interés

esencial, porque, desde el "Plan Marshall" hasta nuestros días, Europa ha ido perdiendo comba en el

juego universal de la política. Para mí ha sido una fiesta la campaña electoral. He llegado a conclusiones

verdaderamente insólitas y conmovedoras. He aquí, por ejemplo, que me he reafirmado en la conciencia

de que en España son innecesarios los partidos por una razón exclusiva: todos piensan igual y todos nos

han prometido lo mismo; de esta suerte ¿para qué acudir en disputa a las urnas si cualesquiera que fuera el

resultado el programa sería el mismo? Es, naturalmente, una reflexión menor y de escaso valor científico,

pero que me lleva, inevitablemente, a otra conclusión: si todos dicen lo que piensan no hace falta más que

un partido. Pero si todos no dicen lo que piensan es que mienten. De donde se deduce que la máxima

pureza democrática, a la Hora de exponer los propósitos quiebra aparatosamente.

Una de las personas que mayor índice de sensatez reveló en TVE fue el señor Tierno Galván. Pidió, poco

más o menos —y que me perdone el ilustre catedrático por no tener a mano los datos que obtuve en aquel

instante— que nadie engañase a nadie; que no prometiese lo que no se pudiera cumplir; que se exigiese

trabajo en firmé para salir de la crisis económica; que se protegiese a la pequeña y mediana empresa; que

se redujese el gasto público; que la carga fiscal recayese más sobre el capital que sobre el trabajo; que se

impusiese un orden social y de convivencia absoluto; qué en la Universidad se estudiase... Me apunto—

pensé—, porque era como si el profesor marxista estuviese clamando por la resurrección de Franco, lo

cual, cuando menos, es físicamente imposible. Mi entusiasmo por el señor Tierno Galván —y aludo a

propósito a una de las figuras más solventes de este entremés publicitario— se desvaneció tristemente al

recordar lo que dijo en el Colegio de Abogados, cuando puso como condición para colocar la lápida de

los abogados laboristas asesinados en la calle de Atocha, que previamente se descolgase la de los

asesinados entre 1936 y 1939. Dudé también de la firmeza de sus criterios cuando recordé aquella otra

frase en la que aseguraba que si ganaba Alianza Popular, las gentes se echarían a la calle.

Entonces me ocurrió lo que le sucede al que despierta de un vaporoso y dulce sueño: que la unidad de

criterios de los exorcistas, de una y otra orilla, se quedó convertida en la fría realidad de una espesa y

grotesca mentira. Total, que he andado estos días por las calles y en estas vísperas no pienso en las

elecciones, sino en España y me da una pena enorme que de pronto una mujer humilde, que presta sus

servicios en una cafetería, se emocione y se eche a llorar de alegría porque ve una caravana de coches con

banderas nacionales. ¿Qué sucede? La conclusión es bien clara: a los partidos, mayoritariamente

considerados, les importa en este momento sólo una cosa: el Poder. A los partidos, mayoritariamente

considerados, lo único que parece no importarles, definitivamente, es España, que es, de verdad, lo único

que debería importarnos a todos. Así que miro al expectante y ávido auditorio y comprendo aquello de

menos palabrería liberal y más respeto a la profunda dignidad del hombre.

Antonio IZQUIERDO

 

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