Los arrepentidos     
 
 El Alcázar.    14/06/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

EL ALCÁZAR

LOS ARREPENTIDOS

EL pueblo español asiste absorto al carnaval ideológico desencadenado en los últímos tiempos, en e1 que

máscaras liberales o marxistas cubren antiguos rostros de los escalofones del Movimiento. El

decepcionado pueblo español no sabe si son las mascaras de hoy las que cubren los rostros de ayer, o si

son las máscaras de ayer las que han caído, mostrando los verdaderos rostros de quienes, en general, no

son liberales ni marxistas, sino, simplemente, oportunistas o, dicho de otra forma más gráfica,

«pancistas», que es como desde principios del siglo pasado se calificaba a los que no tenían otros ideales

que los de llenar la panza. Frente al barullo de este carnaval, que amenaza ser trágico se ha alzado en

Santander la voz de José Antonio Girón, para denunciar que hoy se mira al pasado sin más objeto que

ejercer una critica que apenas reza la superficie dé «un Régimen clausurado en plenitud de vida». Añadió:

«Hoy todos quieren renunciar al pasado, quieren borrar las huellas que dejaron al caminar por la vida

politica, quieren borrar de su contorno biográfico las fidelidades traicionadas y tos juramentos

incumplidos. Por eso vierten sobre el pasado odio e insidia».

Girón dividió a la turba de enemigos del mejor Régimen que ha tenido España en dos grupos: Los que en

vez de ayudar a construir una nación más próspera se esforzaron en impedirlo, ayudados por sus amos

extranjeros y se desquitan ahora injuriando lo que ellos no fueron capaces de hacer. Y los que colaboraron

con el Régimen y lo denigran por olvido o deslealtad. Frente a ambos grupos, Girón proclamó, sin

renunciar ni a un ápice de sus convicciones ideológicas ni de sus ascripciones políticas, que no pertenece

al gremio de tos arrepentidos: «No soy en verdad un arrepentido. Y me siento orgulloso de haber luchado

por España a las órdenes de Francisco Franco, la espada más limpia de Europa. Y de haber trabajado sin

descanso, en la paz, con pasión y alegría, a las órdenes del estadista más completo, sereno y equilibrado

con que cuenta, acaso, nuestra historia». A tos hombres públicos tos califican, mejor qué nada, sus

lealtades. ¿Puede un pueblo esperar afeó de quien practica la traición a impulsos de la conveniencia

personal de cada momento? Un político puede cometer aciertos y errores. Es humano. Lo que no puede

cometer son deslealtades. Eso es vi y la vileza debe ser desterrada de la función pública. La deslealtad

pocas veces se atreve a manifestarse con palabras. Pero se realiza con hechos, y se expresa, muchas veces,

con silencios. Como esos silencios del nombre de Franco por quienes, aunque solo fuera por gratitud,

debían expresar públicamente su respeto"",a la memoria de un hombre al que deben cuanto son.

 

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