Autor: Alcántara, Manuel. 
   Lo vivo y lo pintado     
 
 Arriba.    17/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

LO VIVO Y LO PINTADO

El Alcalde de Madrid, señor Arespacochaga. también conocido por señor «Arescepochaga», ha

tenido, al fin. una iniciativa razonable. Persuadido del aburrimiento que provoca perseguir

exclusivamente a los automovilistas, ha empezado a batirse en otro frente: el de las llamadas

pintadas», en dudoso castellano. Al fin y al cabo, los coches estropean muy poco la calzada, y

en cambio, esos editoriales, en general breves y rotundos, dejan las paredes hechas una

porquería. Para la estética de una ciudad es mucho menos peligroso Firestone que Carrillo.

Aparte de romper mucha porcelana, los revuelos políticos producen pareados detestables,

desde el punto de vista de la lírica. «Sí, sí, sí, Dolores a Madrid», «Suárez escucha: el pueblo

está en lucha». «Ni Carro, ni Carrero, ni el padre de Cantarero» y otros etcéteras que

contribuyen muy escasamente al enriquecimiento de nuestra poesía actual. Mientras hay tantos

poetas auténticos que no consiguen la publicación de sus obras, estos editan en las fachadas.

Es algo que atenta contra la cultura, y no sólo porque empuerque las ciudades, sino porque,

con tanta gratuita lectura callejera, la gente comprará menos libros. Llegará un momento en

que se vendan más «sprays» que periódicos.

Ha hecho muy bien el señor Alcalde en pedir que se introduzca- en la ley Electoral *un

compromiso para que los partidos limpien los textos que les atañen». A! fin y al cabo, el destino

de casi toda la literatura es el olvido, que sólo se aplaza en algunos casos, y no deja de ser una

idea admirable proveer a los afiliados de los infinitos partidos políticos de enérgicas escobas y

cubos de agua jabonosa. De la ideología, al detergente. Nada tendríamos que objetar si estas

inscripciones murales alcanzaran cierto nivel creativo. Desdichadamente, no es nuestro caso.

En Francia florecieron hermosos «slogans»: «Prohibido prohibir», «La imaginación al poder»,

«Seamos realistas: pidamos lo imposible» y cosas así. Aquí no producimos más que

amenazas, insultos o chorradas. Acaso sea debido a que este género literario se ha

descuidado mucho en los últimos cuarenta años y carecemos aún de tradición. Es justo

reconocerlo asi y añadir que los investigadores y eruditos sitúan sus albores en los retretes de

las tabernas. Ahí nace esta modalidad literaria, y quizá por eso no haya podido desprenderse

aún de cierto tufo delatador de sus orígenes. Lo que pudiéramos llamar el libro mural del water,

es tan antiguo como el «Libre de Apolonio». En cualquier caso, sus recomendaciones eran más

desinteresadas. Posteriormente, este movimiento literario anónimo como el «Cancionero», se

desplaza a algunos tranvías y establecimientos modestos, pero ya en forma de cartel:

«Prohibido hablar con el conductor», que es un buen lema de una buena dictadura; «Prohibido

escupir», que es una buena recomendación para cualquier sistema de gobierno, y «Prohibido

blasfemar sin causa justificada», que es una sabia admonición y, a la vez una admirable

llamada a la vez, una admirable llamada a la mesura. Ennio Flaiano cuenta en su Diario

Nocturno que le hizo literalmente feliz un letrero que vio en una discoteca madrileña: «En caso

de incendio, no alarmarse». Y Antonio Gala dice que vio un cartelito en una tintorería de la

glorieta de Bilbao que informaba: «Se limpian corbatas con líquidos extranjeros».

Lo mas curioso de esta corriente literaria es que desdeña todo lo que no sea político. ¿No se

enteran de la huelga de pescadores malagueños?, ¿no les importa que en Gráficas Ibarra

sigan trabajando sin cobrar? Hay muchas cosas que, ya puestos, tenían que escribirse por las

paredes: desde el inexplicable bache del Real Madrid hasta el menú de la cena anual de los

académicos, que demuestra que si bien no todos poseen un cerebro excepcional, todos,

absolutamente todos, son dueños de un estómago privilegiado. El caso es convertir la calle en

una hemeroteca. Y, pasado algún tiempo, borrar lo escrito, que para eso está.

Manuel ALCÁNTARA

 

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