Autor: FILOXENO. 
   Señores socialistas     
 
 El Alcázar.    01/12/1982.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 19. 

Opinión

SEÑORES SOCIALISTAS

No sé si se ha dado del todo cuenta el PSOE de la responsabilidad que ha contraído. Supongo que sí, pero

bueno será reiterárselo.

Ha recibido el PSOE un pueblo cansado y dispuesto a cualquier aventura mínimamente razonable. Sin

excesivas aristas en conjunto. Al menos, sin excesivas aristas en términos de aceptabilidad por activa o

por pasiva, aunque bastantes datos objetivos —economía, proceso autonómico canceroso y otras cuantas

cosas— sigan sin suavizar, ni mucho menos, sus espinas. Quizá me equivoque, pero me parece que los

españoles en general contemplan el nuevo rumbo con una casi benevolente curiosidad. ¿Con esperanza?

Por qué no. Incluso los españoles, entre los que formo, más o menos radicalmente opuestos a los plantea-

mientos socialistas. Sencillamente porque —repito— estamos fatigados y predispuestos a cualquier nueva

palabra de vida eterna. Se dijo en tiempos que España había cansado a la Historia. Cierto. Ahora es la

Historia la que tiene radicalmente cansinos a los españoles. Cansinos y anhelantes de cualquier solución

sugestiva. Esa es su tarea, señores del PSOE. Una tarea auténticamente nacional, por primera vez en su

biografía como partido.

No sé si se me va a acusar, tras lo anterior, de apresurado turiferario del poder de turno. No haría, al fin y

al cabo, más que seguir la nutrida y envilecedora estela de tantos neosocialistas como se alumbran hoy

cada día. Pero no es eso. Quítenselo de la cabeza los que así puedan pensar. Hablo, con el más absoluto

impudor, desde una ideología nuclearmente joseantoniana. Una ideología difícil de llevar, desde luego,

por incómoda, que no he podido quitarme de encima, sino todo lo contrario, desde que la pura emoción de

los años duros se transformó en mí en teorema, no sólo válido sino necesario. Una ideología, por último,

notablemente coincidente con la del PSOE en bastantes aspectos finalistas.

Lo siento, pero no he sido capaz de cambiar. Por mucho que me haya empeñado no he encontrado

razones exhibibles para ello. Las cosas, pues, claras.

Tan claras como para afirmar sin ambages que en negar esa dosis de coincidencia, en rechazar a priori

todo componente razonable en el socialismo, en la desviación casi brutal de lo que nació con vocación de

síntesis ha estado el fracaso

— llamemos a las cosas por su nombre— de la aventura apenas esbozada de las camisas azules. Así les

ha ido, y así les va a algunos de sus presuntos continuadores de plantilla, empeñados en´arrumbar la

categoría y ejercer sólo, con pretensiones de permanencia, unas formas históricamente anecdóticas. Dicho

queda.

No seguiré por ahí, sin embargo. No seguiré vertiendo en el comentario mi dosis personal de reproches,

casi de ácidos jugos gástricos. Vayamos a lo que importa. Vayamos al ahora. Es decir, al futuro.

Decía que algunos o bastantes —no lo sé— españoles no socialistas contemplan el porvenir inmediato

con una benevolente expectativa que quizá pudiera calificarse, incluso, de cautelosa esperanza. Ni les

conviene defraudarles, señores del PSOE, ni les conviene tampoco creer demasiado en el carisma

electoral. Suelen ser pasajeros los tales carismas, cuando sus beneficiarios no conectan de verdad con la

entraña de su pueblo. Tengan en cuenta que lo único que realmente se ha dado es el «no es esto», es decir,

un gigantesco voto de castigo al «esto» que hay, pero nada más. Y que es preciso, por tanto, edificar el

«esto sí es» compartido. Ahí está, señores, la peliaguda cuestión que se les ha venido a las manos.

Ya sé, ya sé que se me va a acusar, por lo que viene ahora, de arriesgado intérprete de mi pueblo, pero me

atrevo a ello. Si me equivoco, no tienen por qué preocuparse, señores socialistas. Si no es así, más les

valdría hacerlo. Ustedes verán.

Son pocas, muy pocas, las cosas que desean mayoritariamente —pienso— los españoles, aunque en ese

mayoritariamente quepan desde luego variaciones en cada uno de los puntos que siguen. Veamos, los

españoles —supongo que incluida buena parte de los votantes del PSOE— quieren:

— una España unida y sin fisuras;

— la ausencia de toda componente internacionalista condicionante;

— el mantenimiento activo de unos valores sustantivos: familia, dignidad, verdad;

—la recuperación de una moral social y personal hoy desmanteladas;

—el respeto, por lo menos, a la filiación divina del hombre. Quizá no se sepa bien dónde está Dios, pero

sí, y muy bien, dónde no puede estar en modo alguno. No se equivoquen en este aspecto.

— una justicia social, por supuesto, capaz de sustentar la auténtica libertad del hombre. De ahí, de su

ausencia, se ha derivado sobre todo —piénsenlo— el «no es esto» que acaba de aflorar arrollador. No de

otras cosas.

Y por último, pero no le echen en saco roto,

—el respeto también a la Historia como fue o, por lo menos, el silencio, y nunca la alegre y

desvergonzada remodelación a la inversa, capaz de abrir llagas. Ha bría, supongo, bastantes dispuestos a

guardársela en su pura intimidad. No les busquen las cosquillas, por favor. Se equivocarían.

Pero este ciudadano —pensarán los señores socialistas— lo que n os propone es su esquema, no el

nuestro. Así es, pero ténganlo en cuenta y no se confundan. Tengan en cuenta que muchos arriaríamos

bastantes cosas si ustedes consiguen todo eso. Sin pedir, desde luego, derechos de autor. Y aunque ello

comportara graves desgarraduras íntimas. Si ustedes nos lo dan, se lo aseguro, seremos perfectamente

capaces de colgar de la escarpia de lo entrañable incluso nuestras propias biografías, aunque

dolorosamente, eso sí.

Temo mucho, sin embargo, que no sea ese et caso. Estoy seguro, desde luego, de que posiblemente no

venga la ruptura de la cautelosa esperanza de los aspectos puramente socio-económicos a que acabo de

referirme. Ahí van a cumplir, probablemente, si se atreven, aunque tampoco estoy del todo cierto, sin que

mi duda contenga la menor incitación radi-calista facilona. Ustedes van a fallar en principio —Dios

quiera que no— en casi todo lo demás. En todas esas llamadas superestructuras que quizá sigan

empeñados en devaluar. Harán mal, de verdad, harán mal. Volveríamos a empezar, se lo aseguro. Y no

debiera tratarse de eso.

Ese es, señores socialistas, su problema. Y ahí puede estar, señores socialistas, su gloria.

FILOXENO

 

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