Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   El discurso de investidura     
 
 Ya.    01/12/1982.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

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ESPAÑÄ, YA

DIARIO BE UN ESPECTADOR

El discurso de investidura

LA pregunta más ocurrente, más popular y más razonable formulada en uno de los pasillos del Congreso

por un periodista a Felipe González, que acababa de pronunciar su discurso de investidura, fue ésta: «¿En

qué puede notarse que su discurso pertenece a un hombre de izquierdas?» Fue mi sonrisa de la tarde,

después de ver por televisión la sesión del Congreso. El propio Felipe González incluía en la última parte

de su discurso una advertencia sobre la similitud de los pronunciamientos de otros en el último medio

siglo español, con sus propios proyectos políticos. Advertía el líder socialista que «las palabras podrían

ser semejantes, pero las políticas distintas». Esto no sería serio, aunque nuestro idioma es rico en palabras

únicas para caminos diferentes.

El caso es que Felipe González ha pi anunciado un discurso que no desagradaría a ningún político no

izquierdista, y no solamente de estos últimos años, sino de muchos años anteriores. A mí me sonaba el

discurso de Felipe Gonzalez. a todo lo que se oía. y se leía, por los políticos y los periodistas cíe la década

de los 60, y era menos revolucionario de lo que se decía y se escribía por los jóvenes políticos — luego

frenados— de la década de los 40. Los socialistas no sometidos, los que estarán sin el acta de diputados, o

sin buena instalación en las áreas del partido en el poder, no saldrán cié su asombro. Yo me figuro a Pablo

Castellano, y a muchos más, mirándose sus identidades en demanda de sus ideas perdidas. El discurso de

Felipe González puede decirse que pertenece a la brillante elocuencia de un socialista de salón. Quede

constancia que esto no es ningún reproche. Comulgo, literalmente, con todas las ideas expresadas por

Felipe González desde el principio hasta el fin. No hay otro socialismo válido en este último tercio del

siglo XX que el manifestado por Felipe González. El socialismo no es de barricadas, sino de salón. Lo

que únicamente procede es que no se desoriente la militancia y los votantes. El cambio radical está

archivado. Felipe González aspira a la paz social, en la seguridad ciudadana: a la unidad nacional,

construyendo bien la diversidad autonómica; el progreso, al servicio de la justicia social; las preferentes

relaciones con los países del norte de África, con Portugal, con la Europa de Occidente, con Hispanoa-

mérica, y se pedirá hasta la devolución de Gibraltar. Esta es la literatura política de España desde hace

muchos años. Silencio sobre el mundo del Este, delante del mismísimo Duvinin que estaba en una

tribuna, y silencio sobre el tercer mundo. Cuando dijo que las empresas del sector público no iban a ser

suplantadoras de las iniciativas privadas, sino solamente su estímulo, se miraron los diputados de la

derecha Fraile y José Luis Alvarez y se echaron a reír. Esto no se atrevió a decirlo ni aquel famoso

Suanzes, fundador del INI, porque habría padecido la significación social de su proyecto. Felipe González

aspira a dejar reducida la inflación en un 12, y aumentar el PIB en un 2,5. Señaló como una grave

irresponsabilidad los aumentos del déficit público y maliciosamente las cámaras de televisión ponían en

la pantalla al ministro de Hacienda, y al vicepresidente para Asuntos Económicos, García Diez. Cuando

afirmó que una situación parlamentaria, sin una mayoría sólida de Gobierno como el actual, degeneraba

en astucia, las cámaras pusieron en la pantalla al duque de Suárez, que esta vez estaba acompañado por

Rodríguez Sahagún. La efigie de Leopoldo Calvo-Sotelo parece como si dijera «¡Las cosas que tiene uno

que oír!» Aquel presidente socialista de Gobierno parecía menos reformista que Landelino Lavilla. El

problema va a ser el de la actitud de la derecha. No me explicó por qué no aplaudieron a rabiar a Felipe

González. Lo que estaba leyendo era un programa reformista de derechas, y una costumbre parlamentaria

perniciosa es no aplaudir aquello que gusta. En el propio tema de la Alianza Atlántica las palabras no

fueron lo mismo de resueltas que en la propaganda electoral; el objetivo ahora de Felipe González es el de

tratar de descubrir nuestros intereses en todos los problemas de la política exterior, ya sean económicos o

de Defensa. Las cámaras entonces ponían en la pantalla al ministro Pérez Llorca. y éste ponía un gesto de

estupefacción cuando descubría que la única razón de la política exterior española es defender nuestros

intereses.

Pero es también cierto que el discurso de Felipe González era una especie de construcción escrita por Ju-

lián Marías, aunque al final se veía la mano melodramática de un Echegaray del partido. No era un

programa concreto y claro de Gobierno, sino una filosofía de panoramas. Había petardos escondidos,

como el de la Educación, o el de las incompatibilidades. Pero el texto estaba más próximo a un discurso

de ingreso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas, que al muestrario de decisiones de un Partido

Socialista, que cien años después se dispone a gobernar hegemónicamente a la nación. Por eso es de

agradecer la distinción honesta que ha hecho el líder socialista entre las palabras, que es una especie de

manifiesto moral, y las intenciones y las leyes próximas. Después de ese discurso la gente se va a quedar

sin saber lo que se va a hacer en el país, o en qué consiste el cambio. Así es que, o se lo pregunta la

derecha mediante la curiosidad parlamentaria establecida —y la contesta Felipe— o nos quedamos como

estábamos.

Hay también en el discurso de Felipe González, que tiene buena letra y buena música, convocatoria a

cosas que solamente son concebibles en un hombre joven e ilusionado que ha culminado brillantemente, y

legítimamente, una ambición política. Una vez que tenga alguna experiencia de poder, comenzarán sus

sufrimientos, La cara de Suárez ahora misino es el resultado. Cuando se levantaba de su asiento hacia la

tribuna, estaba pálido y ligeramente nervioso. Era natural. Es su gran ocasión histórica. La izquierda se

aparece como una brisa y no como un temporal.

Emilio ROMERO

 

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