Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El voto del miedo     
 
 ABC.    07/10/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Escenas políticas

El voto del miedo

En los carteles han puesto un nombre, y ole. Bueno, han puesto varios nombres, y ole. En la noche del

chupinazo electoral, hubo un revuelo de carteles, de líderes y de militantes entusiastas. Todos a pegar

carteles. Hasta el mismísimo señor presidente del Gobierno en precario pegaba carteles y ha sido perpe-

tuado así en la fotografía de los periódicos. Por cierto, que don Leopoldo no se da mucho garbo en eso de

agarrar la brocha. Se ve que no es lo suyo. Agarra la brocha como quien agarra una mosca por el rabo. A

don Juan Rosón nos lo enseñó la televisión, también pegando un cartel. Y don Santiago Carrillo se fue

para lo mismo al pozo del Tío Raimundo. Por lo general, los líderes prefieren pegar los primeros carteles

en el sitio donde están los convencidos. Son como esos curas que les echan la bronca por no ir a misa a

los que están oyendo la misa.

Cuando ios carteles ponen el nombre del líder socialista, aparece una fotografía de don Felipe González,

con mirada dulce y casi tierna, un poco lejana y soñadora y nada desafiante. Una fotografía de soñador,

casi ecologista, casi poeta lírico y casi galán de una película de Franz Capra. Don Santiago Carrillo pone

en los carteles una fotografía sonriente, casi más riente que sonriente, que le quita de encima años,

preocupaciones y malos augurios. No parece, sino que don Santiago se dispusiera a reír el último, o es

que se ríe como la hiena, que no se sabe de qué se ríe, o que se ríe desde su impenitente espíritu burlón.

Don Landelino Lavilla sí se ha retratado en postura de reto, de tranquilo desafío; de frente, como quien

sabe que tiene que dar la cara; puesto y derecho, tal para decir, «aquí estoy yo, y yo respondo». Don

Adolfo Suárez nos ofrece el perfil, el perfil más favorecido. Un poco hacia adelante, como para

anunciarse en una historia de amor. Insinuante, confidencial y discretamente donjuanesco, seguro de su

«sex-ap-peal» político, como si fuera a cantar una romanza antes de llevarnos al huerto. Todavía no he

visto ningún cartel de don Manuel Fraga. En los anuncios de los periódicos se ha reducido casi a

miniatura, como huyendo del culto a la personalidad, serio, un punto menos que cejijunto, y cómo quien

pretende perder en estas cosas el tiempo imprescindible. Parece que estuviese diciendo: «Más soluciones

y menos retratos.»

O sea, la fiesta de los carteles, la fiesta de los partidos. El «happenning» electoral. La apoteosis de las

opciones. El mercado de los mensajes. En una palabra, todo eso con lo que quiere acabar don Blas Pinar.

El señor Pinar va a dejar a todos los partidos fuera de la ley. Si gana las elecciones, claro, cosa que no

aparece, esa es la verdad, demasiado probable. Va a dejar fuera de la ley, incluso a su propio partido, que

digo yo será por miedo a que se escinda también, y tengamos otra vez las mismas. Me parece que fue el

conde de Mayalde quien dijo hacia los últimos años del viejo régimen aquello de que «nos hemos tomado

tan en serio lo de prohibir los partidos políticos, que hemos terminado por prohibir también el nuestro».

No me negarán ustedes que tenemos para todos los gustos y donde elegir. Hay quien quiere acabar con

todos los partidos. Hay partidos que quieren terminar solamente con los otros partidos. Hay quien quiere

recomponer su particular partido. Hay quien quiere partir aún más los otros partidos. Y hay quien se parte

de un partido para encontrarse en otro. Y todos empiezan ahora a disputarse desde los carteles el voto de

los que aún no saben qué partido tomar.

Nuestro voto, y es natural, se lo disputan las ideologías, y dentro de las ideologías, los programas, y

dentro o por encima de los programas, las personas y los fulanismos. Así que estamos solicitados por

emblemas, saludos, lemas, síntesis y fotografías. Pero es que además del voto dijéramos normal, están las

razones del voto útil y del voto del miedo. Por eso, el asunto se complica más. Lo del voto socialista está

claro. Quien sea socialista, o crea ser socialista, o piense que el socialismo es la mejor solución, votará

socialista. Lo del voto comunista también, aunque haya ahí una zona electoral sin fronteras determinadas,

y en la que los de acá están más allá que los de allá, y viceversa. Es decir, un lío. Y está lo del voto útil,

cuya naturaleza consiste en que lo que es bueno para uno es que tenga más votos el vecino de al lado.

Lo del centro y la derecha es más complicado todavía. Porque don Adolfo Suárez estima que el centro

consiste en irse a la izquierda, pero no como don Paco Fernández Órdoñez, que para flotar se ha

sumergido bajo don Felipe. Don Adolfo se va con don Felipe sin dejar de estar con don Adolfo. Como

debe ser. Otros han creído que el centro está en lo que el propio centro llamó derecha, para echarla del

poder del centro, y que en definitiva se define por una posición liberal-conservadora. Y los terceros

opinan que el centro sólo está en el centro, siempre que en el centro estén ellos. Y aquí también entra la

teoría del voto útil, porque mientras se discute si es más centrista don Adolfo, que fundó el centro y se va

a la izquierda; o si es más derechista don Landelino, que por quedarse en e) centro se va a quedar en el

número de escaños que tenía la derecha; o si es más centrista don Manuel, que se inventó el centro, pero

que apareció en la derecha porque el centro dijo que estaba a su izquierda; mientras se discute todo esto,

digo, ganan las elecciones los socialistas, que no son ni de centro-izquierda, ni de centro-centro ni de

centro-derecha.

Y además, el voto del miedo. Lo del voto del miedo lo entiendo menos. Miedo ¿a quién, o a qué? Porque

aquí cada uno tiene miedo a que gane el otro, que es un miedo normal en unas elecciones. Y todos tienen

miedo a eso que puede acabar con el invento: el terrorismo y el golpismo. Lo que sucede es que, desde el

comienzo de esta democracia, la derecha se presenta como más enérgica frente al terror, y la izquierda

como más temerosa ante el golpe. No sé si es así, pero lo parece. Si el terror crece, el voto del miedo

puede irse a unos, y si et golpe amaga, puede irse a otros. También hay quien piensa que sucedería al

revés: que la izquierda terminaría antes con el terror, y que la derecha tranquilizaría a los del golpe.

Y cuando estamos en esas, sucede, en término de un día, lo de los etarras sin capucha y lo de la

Operación Cervantes» con su trama civil de encapuchados. Y lo malo es que de todo esto nos enteramos a

medías palabras, y no sabe uno si es que, de verdad, los etarras se están viniendo de Francia con las

manos en alto, o si los militares iban a tomar Madrid y a dejarnos sin elecciones, sin democracia y sin

corona. Que a tos etarras los metan en la cárcel y a los golpistas en un castillo, y que se los den al juez. Y

nosotros, a votar, sin pedirles consejo ni a los unos ni a los otros. Y sin otro miedo que el miedo que nos

demos nosotros mismos.—Jaime CAMPMANY.

 

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