Autor: Cabellos, Carmelo . 
   Elogio de la moderación     
 
 Diario 16.    01/12/1982.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

ANALISIS

Carmelo Cabellos

Elogio de la moderación

Felipe González, el candidato a presidente del Gobierno que hoy mismo quedará investido para esta alta

magistratura de la nación, expuso ayer tarde, más que su programa de gobierno lo que yo llamaría el

«elogio de la moderación». Felipe no es Mitterrand, y su programa de actuación carece totalmente de

radicalismos socialistas.

El Partido Socialista solamente ha copiado de sus hermanos franceses ese eficaz slogan electoral de «Por

el cambio», a la vez que ha aprendido de sus compañeros galos a escarmentar en cabe2a ajena,

eliminando de partida todos sus posibles errores. En ¡as palabras de Felipe González, en su largo discurso,

nada hay que pueda irritar a nadie, ni siquiera en esa leve alusión a poner término a la corrupción

administrativa.

Porque este «elogio de la moderación» impregnó completamente el programa del presidente González.

Tan es así, que el propio candidato, ya en el final de sus palabras, dejó constancia de que su parlamento

podría haber sido pronunciado en nombre de otra formación política que no fuera el Partido Socialista.

Este rasgo de sinceridad —por otro lado, evidente— quedó complementado por el aserto de que el

margen de actuación es limitado, los recursos son escasos y que la diferencia va a estar en la amplia

cancha de juego que los españoles, con su voto, han concedido a los socialistas.

Si estas mismas intenciones hubieran sido formuladas por un candidato centrista, la conclusión inherente

sería que nos encontrábamos ante un ramillete de buenas intenciones. Sin embargo, la mayoría

parlamentaria del nuevo Gobierno destruye la situación anterior de estar siempre pendiente de la cuerda

floja o de los caprichos y exigencias ajenos al propio Gabinete. Felipe González eligió, por otra parte, un

esquema de discurso que reserva las concreciones para el debate que tiene lugar hoy. En esta primera

intervención pareció querer dejar constancia de cuál va a ser su talante y de qué modo va a encarar los

graves problemas que tiene el país. En la sesión de hoy, ya en pleno debate, esperemos que concrete las

soluciones para esos problemas que sólo en contadas ocasiones quedaron ayer explicíta-das.

Ninguno de los grandes temas polémicos saltaron ayer a la palestra del hemiciclo del Congreso. Si las

áreas de problemas estaban bien elegidas, las posiciones ante esos grandes bloques temáticos quedaron

veladas por el aura de la moderación e incluso una especie de lastre de «humanismo cristiano», como si el

político sevillano hubiera querido rememorar sus comienzos políticos en las fitas de Jiménez Fernández.

Los tintes socialistas fueron más bien rosáceos al enarbolar los principios igualitarios, pero siempre

dentro de la noble pretensión de sembrar confianza e ilusión en todos los sectores sociales de este sufrido

país. Quizá, y precisamente, porque el candidato salía ya con la «partida ganada» dejó de lado las

concesiones y los recursos para atraerse los votos ajenos y prefirió dirigirse a la España que tiene que

gobernar. Hoy, con el debate, deben llegar las necesarias precisiones para concretar el alcance de su

programa de gobierno.

 

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