Autor: Gutiérrez, José Luis. 
   El primer presidente de la democracia     
 
 Diario 16.    01/12/1982.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

GRITOS Y SUSURROS

José Luis Gutiérrez

£7 primer presidente de la democracia

LA Cámara aparecía acicalada, endomingada. Los diligentes artesanos de Peces-Barba habían

desempolvado y bruñido viejos bustos, pulimentando estucos, y las primorosas arquitecturas de palacio

habían sido fileteadas con panes de oro; lucían esplendorosos los cuarzos de las arañas, acaso resallados

con una sobredosis de kilovatios que restallaban sobre el brillo cristalino de las caobas. Una urna flamante

acogía el texto constitucional abierto por la última de sus disposiciones.

Era el marco solemne para escribir una página de oro en el diario de sesiones, para vivir una nueva jor-

nada «histórica» en este país que, en los últimos siete años, lleva ya pulverizados todos los «récords» de

producción de jornadas históricas que en el mundo han sido.

Porque, en el pódium de oradores, leía su discurso el candidato propuesto a presidente del Gobierno tras

las elecciones —históricas, como no— del 28 de octubre.

Gregorio Peces-Barba —que sigue empeñado en aportar a su solemne cargo perfiles de recepcionista de

aeropuerto, llamando ante toda España a los cabezas de los grupos parlamentarios para que se acercaran a

la Mesa, como si fuera un mostrador— abrió la sesión y dio la entrada a quien en el espíritu colectivo y

quizá subconsciente de este país se le considera como el primar presidente de la democracia.

Y en tal estimación no existen reticencias formales, legales o políticas, ante la escrupulosa esencia

democrática del empleo de sus antecesores. Simplemente, esa tenue convicción de que Felipe González es

la «diferencia» frente a sus antecesores, usuarios y receptores del bastón presidencial como un «testigo»

divino, procedente de ías décadas teocéntricas en las que el poder insoslayable, inexplicablemente,

provenía de Dios. De tales eras geológicas surgieron —según esta versión— como lentos

desprendimientos ectoplasmáticos, Adolfo Suárez, Calvo-Sotelo, la reforma, la UCD, la transición... Para

arribar al suave cataclismo de! 28 de octubre donde, teóricamente, todo deviene en brotes flamantes,

nuevos. Es el cambio.

EL largo parlamento del cambio, en cambio, hizo presumir, desde sus inicios, una cierta y deliberada

vindicación tonal de la monotonía por parte del candidato a investido. Ciertamente, Felipe González

repentiza mejor que recita, y, asimismo, no resulta fácil hacer literatura retórica, bellos y encendidos

discursos con las áridas prosas administrativas manejadas por el candidato. Sin perjuicio de posteriores y

más detenidos análisis al calor de los debates de hoy, si puede decirse que el discurso -programa del

candidato González — recientísimo corte de peto, traje gris, cruzado, con una tibia hebra carmesí

entreverada en los estambres, gesto medido, ni humilde ni arrogante, la mano izquierda, parece ya que

definitivamente fuera del bolsillo— ha sido un repaso por todas las áreas del Gobierno, sin una nota

altisonante, sin el menor ruido, con ganas de agradar. De una moderación seráfica, soslayando con la

brevedad, la abstracción o el silencio las zonas más conflictivas, con incorporaciones de palabras ajenas

que «sonaban» a mayor convencimiento en los labios socialistas de Felipe.

SI ha habido, en cambio, música nueva en sectores tradicionalmente olvidados por anteriores oradores, —

ancianos, jóvenes, minusválidos...— con el énfasis de quien todavía parece estar más cerca de las

tribulaciones de la calle que de las eternas y suntuosas moquetas de los despachos de! poder.

Acaso e! candidato hubiera debido incidir con mayor hondura en los dos o tres o cuatro grandes asuntos

que nos angustian y así se lo reprochaban los pasillos. Pero un debate de investidura no se acaba en el

discurso del pretendiente. Quizá ahora se estén repitiendo los mismos esquemas críticos que en aquella

legendaria moción de censura en la que González leyó, premioso y denso, su larguísima intervención.

Y ya, como colofón apresurado constatar la voluntad del candidato de distinguirse en su alocución

histórica por la vía del subrayado ético, el llamamiento moral, la voluntad integradora y de concordia...

Hoy oiremos la segunda parte.

 

< Volver