Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El libro de citas     
 
 ABC.    08/10/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Escenas políticas

El libro de citas

Hablaba don Adolfo Suárez (o, como alguna vez me gusta llamarle, don Felipe Adolfo Suárez Márquez)

con un periodista y opinaba, con un repunte de desprecio, acerca de ese político que llena sus

intervenciones de citas eruditas y de anécdotas. Venía a decir don Adolfo que todas esas cosas se hallan

recogidas en un libro de frases editado en los Estados Unidos. El periodista no revelaba el nombre del

político a! que don Adolfo intentaba zaherir o mortificar afirmando que su erudición, su instrucción y sus

conocimientos son solamente una sabiduría de repertorio de citas. Pero resulta una adivinanza fácil.

Cualquiera que haya leído la frase puede encontrar la solución del jeroglífico: Fraga. No puede ser otro.

E! comentario de don Adolfo me ha recordado una vieja anécdota de mis años de estudiante. Cuando

acudí a cumplir mis deberes militares en la milicia universitaria, me recibió un sargento que debía efe

tener de! estudio y de ía formación académica una idea aproximada a la que tienen algunos políticos.

—Y usted, ¿qué estudia? —me preguntó e! sargento. —Yo estudio Derecho —le contesté.

—Ah, sí. Es un libro muy bonito. Lo tengo yo en mi casa.

Ese hábito áspero y burdo de despreciar cuanto se ignora es una vieja epidemia en Celtiberia. Para

empequeñecer el mérito del estudioso, el amor a la sabiduría y la dedicación intelectual, lo, mejor es decir

que todo eso que alguien sabe lo ha encontrado en un libro, en un solo libro, porque un libro se lo lee

cualquiera en un rato perdido, en vez de reconocer que ese alguien se ha dejado las pestañas en el

aprendizaje. Nuestros malos estudiantes dan frecuentemente la misma excusa para disculparse de

cualquier ignorancia: «Eso no viene en mi libro». Y no parece sino que para ejercer cualquier profesión

intelectual lo único que hace falta es disponer y tener a mano «el libro»: el recetario, ef. breviario, el

vademécum, el código o la tabla de logaritmos.

Como el trabajo de alejar de nosotros la ignorancia es un trabajo que dura toda la vida, y ni asi se logra

del todo el propósito, el español que se cansa pronto o que renuncia de antemano a ese esfuerzo, termina

por irritarse cuando ve que un extraño ser de su misma especie y de su propio país se dispone a realizarlo.

Por estos páramos abunda todavía (aunque quiera Dios que sea una especie a extinguir) el sujeto que,

antes de decidirse a usar de la cabeza, prefiere confiar en la ciencia infusa, o confiar en la improvisación,

o, en el mejor de los casos, encomendarse a la luz del Espíritu Santo. Aquí se desprecia al sabio, y lo que

es peor, a quien tiene deseos de saber, y echa su tiempo a un largo y trabajoso aprendizaje. De tales suje-

tos habla bastante don Francisco de Quevedo, y si ahora no copio algo de lo que él dice es porque no lo he

encontrado en el libro de frases ese que se ha editado en Estados Unidos. En estos páramos al sabio se te

suele reducir y apartar. Basta con decirle que está chalado y majareta y en último término que «usted

sabrá mucho, pero yo le voy a partir la boca».

En nuestra vida política de todos los tiempos ha prosperado mucho esa especie, y quizá por eso andan

siempre tan distanciados y tan a !a greña los políticos y los intelectuales. Aquí para meterse en el fárrago

de la política ha servido casi siempre más la picaresca que la instrucción. De muchos de nuestros políticos

se podría decir aquello que decían algunos de don Eduardo Aunós, autor de varios libros de oscura

paternidad, tal vez preparados y escritos por eso que en e! argot de tos barrios castizos de la república de

las letras se llama «negros». «Sí don Eduardo hubiese leído todos los libros que ha escrito, sería un

sabio.» Pues, eso. Si nuestros políticos se hubiesen leído todos los discursos que han pronunciado, a lo

mejor las cosas iban algo menos mal de lo que nos han ¡do.

A veces hay que pensar que algunos políticos de este país no aspiran al Poder para aplicar a la vida sus

ideas y realizar sus programas, sino para pronunciar, desde el sillón o la poltrona, los discursos que otros

escriben, ensayar las recetas que otros les soplan, y, sobre todo, para poder decirles a los objetores que

cierren la boca. Todo esto viene de lejos, pero todavía quedan flecos en 1982. Aún no hemos podido ir a

las urnas en lo que llevamos de esta democracia después de haber visto a los dos candidatos más cualifi-

cados a la Presidencia de! Gobierno debatir, cara al público, sus respectivos programas, sus respectivas

ideas, si es que ías tienen, y defender ante los administrados el método que van a aplicar a la

administración del bten común. Nuestros políticos prefieren enviarle al otro reventadores. Más o menos,

lo que hacían nuestros dramaturgos: se preparaban la claque para ellos mismos y a los otros les mandaban

los reventadores.

Es muy posible que uno de los factores que más haya influido en los catastróficos desenlaces en que han

acabado experiencias democráticas sea esa costumbre de muchos políticos de decirles a los ciudadanos

sólo aquelio que los ciudadanos más simples y abundantes quieren oír, en vez de ofrecer repertorios y

programas de obras y trabajos, deberes y esfuerzos. De aquí que las historias de nuestras elecciones estén

llenas da promesas vacias, gratuitas, sin cimientos. Nuestra política está llena, aun ahora, de estrategas de

café y de aspirantes al mando que «esto lo arreglan ellos en veinticuatro horas». ¿Cómo? Ah, entonces

entra en juego la claque y aplaude. Y si otro va a explicar cómo, entran en liza los reventadores.

Sólo en un país tan singular puede alcanzar algún crédito entre el electorado el político que promete

enderezar la economía sin haber pasado los ojos por un libro de economía; que quiere organizar el Estado

sin saber jota de Derecho Político; que quiere trasplantar programas suecos sin pensar que el experimento

puede fracasar por falta de suecos; que quiere organizar un Estado federal sin haber leído palabra de Pi y

Margall, sin conocer papa de la historia de Suiza, y encima sin recordar siquiera la Geografía dei

Bachillerato.

Si alguien se acerca a la política con un equipaje respetable de conocimientos, basta con decir

despectivamente: «Anda, eso es que lo ha mirado en un libro.» Bueno, pues si es tan fácil, a ello. Si para

ser culto en sólo un día basta con aprender alguna jerigonza, al menos que se aprendan la jerigonza. Y

don Adolfo Suárez que le regale el libro ese editado en Estados Unidos a don Felipe González. O sea, a

don Felipe Adolfo Suárez González Márquez. A don Manuel Fraga, no. No es necesario se lo maride. Ya

se le sabe.—Jaime CAMPMANY.

 

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