Autor: López Sancho, Lorenzo (ISIDRO). 
   Propaganda electoral     
 
 ABC.    07/10/1982.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

JUEVES 7-10-82

Planetario

Propaganda electoral

Sin salir de casa, y antes de comprobar cómo la televisión nos quiere colocar la utópica idea de que al

final siempre ganan los buenos, como ocurría anoche con la reivindicación del denunciado Frank Ross,

tuve, lo mismo que millones de españoles, supongo, el placer de presenciar el arranque de la campaña

electoral. Ministros y ex ministros pegando en no sé qué paredes los primeros carteles de su partido,

antiguo o flamante, que eso, al parecer, poco importa.

Como ministros, esos pegadores de carteles fueron o son discutibles y discutidos. Como cartelistas, son

una calamidad. Deberían haber tomado lección a fin de no ponerse las manos perdidas de engrudo y hacer

la tarea con más eficacia y aseo. No contribuye a la buena imagen, la imagen de una torpeza.

Esta mañana, al despertar, me sobresaltan los primeros carteles-proclama en las páginas de ABC. Dan la

humillante impresión de que quienes los han redactado están sobrados de palabras, faltos de ideas y tan

horros de técnica publicitaria como los pegadores de carteles de técnica de la pegatina. Malo. De seguir

así, cuando todas las paredes del país estén apegotonadas de propaganda, el nivel de la empanada

nacional va a alcanzar las alturas desastrosas de las peores crecidas de este siglo. En La Coruña, hace

treinta años, en un rinconcito que hacía la Rúa Nueva, según se salía de la calle Real, había un rótulo a un

metro de altura que decía: «Prohibido hacer aquí aguas menores bajo multa de cinco pesetas». Alguien

tuvo la idea de colocar allí un quiosquito a modo de rinconera y entonces un laborioso empleado

municipal cambió de sitio el rótulo. Quedó así a dos metros y medio de altura, para orgullo acreditativo

de la potencia mingitoria de los coruñeses. Pues bien: es de temer que cuando el Ayuntamiento de Madrid

se aplique a limpiar las paredes de la bazofia electoral y el engrudo, habrá que poner: «Hasta aquí

llegaron las deyecciones electorales de 1982«.

Para empezar, la propaganda se inicia con un regateo de puestos de trabajo, verdaderos torrentes de

promesas sociales sobre el ambiguo lema de «por el cambio», ya maliciosamente apostillado de «a peor»

por los primeros «grafitti» de los adversarios, y por actitudes tan obvias de otros, que cualquiera de las

candidaturas podría hacerlas suyas sólo con cambiar la foto del líder y el logotipo del partido. ¿Quién no

va a querer «arreglar las cosas», «acabar con la inseguridad ciudadana», «poner en marcha un programa

de Gobierno firme y realista»? Un genio de la publicidad política y de la otra, de la fabricación de

imagen, tanto que, ayudado por los partidarios de Giscard, dio la victoria a Mitterrand, escribió por

entonces un libro cuyo largo título es: «No digas a mi madre que estoy en Publicidad; ella cree que estoy

de pianista en un burdel». Ni tocando la flauta en una esquina pública están, de momento, los

propagandísticos políticos de este amanecer de la propaganda callejera. ¿Es que nadie puede resumir en

muy pocas frases cortas, claras, precisas, las cinco ideas concretas y prácticas de un programa político?

La dificultad de comunicación, ya percibida en las primeras entrevistas televisadas, es consternadora. Se

ve que a tos líderes y a sus secuaces les ha cogido por sorpresa la muy largamente prevista convocatoria

del señor Calvo-Sotelo. Debe de ser eso.—Lorenzo LÓPEZ SANCHO.

 

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