Ayer y hoy del bosque en nuestro país     
 
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AYER Y HOY DEL BOSQUE EN NUESTRO PAÍS

En otras monografías nos ocuparemos de la moderna obra de repoblación forestal, de sus particularidades,

de sus producciones, de la alegre y decidida vuelta del árbol a los parajes deforestados, de la

transformación qus paulatinamente va operándose en los inmensos calveros donde en siglos pretéritos

imperaba la floresta y, en fin, de las razones en que apoyamos el título de "campeonísimo" que puede

aplicarse a nuestro país en lo concerniente a la reconquista de tierras yermas, por la gran

vegetación, en las dos últimas décadas. Pero estimamos necesario presentar primeramente a la

consideración de los no enterados una síntesis histórica de la España boscosa y de la España deforestada

por la acción combinada del hombre y de los elementos naturales, a lo largo de las centurias. Esta síntesis

es a modo de homsnaje a las figuras señeras que con fortaleza de roble defendieron la existencia del árbol

como generador de riqueza, regulador del clima y elemento de belleza en el paisaje.

Es asimismo una síntesis aleccionadora para la, generación actual que ama, defiende y propaga lo forestal

como premisa básica indispensable de las actividades agrícolas y ganaderas, que pueden vivir y

desarrollarse en perfecta armonía y no en sañuda disociación, como la que ha prevalecido a lo largo del

tiempo, con lo que se fomentó sistemáticamente, y podría decirse "insensiblemente" y por vías de

furtividad, el estrago con el que se abrieron camino las empresas bélicas en particular y hasta hombres

públicos contaminados del virus de la demagogia más radical.

Serenamente, con método y erudición, persona de gran autoridad en la materia—que quiere permanecer

en el anónimo—contesta así a nuestras preguntas:

VOCACIÓN FORESTAL DE ESPAÑA

—Es cosa ya comúnmente aceptada lo qwe se considera indudable vocación y característica forestal de

España, ¿En qué hechos se basan?

—Permítame que empiece por referirme a las condiciones especiales del territorio español, condiciones

que obligan a tener cubierta de monte una gran parte de nuestro suelo y que destruyen la leyenda, tan

bella como carente de sentido, de qué España es un país privilegiado, en dones de la Naturaleza, tanto en,

lo que concierne a la fecundidad del suelo como a la benignidad del clima. Nuestro territorio es

enormemente accidentado. Las grandes altitudes de nuestros picos Mulhacén (3.481 metros) y Aneto

(3.404 metros) sólo son superadas en Europa por tos Alpes. La altitud media de España sólo es rebasada

por Suiza, y tenemos un gran número de cordilleras con relación a la superficie: seis sistemas orográficos,

y los seis de importancia, de tal modo que no queda en realidad sitio para los valles extensos, porque muy

cerca de donde termina la vertiente meridional de una montaña ha de empezar la septentrional de la

siguiente. Por esta causa, puntos que están muy próximos sobre la carta geográfica presentan enormes

diferencias de nivel, originando las laderas escarpadas y pendientes abruptas que se han calificado

siempre de enemigas del cultivo agrícola. Es notorio que cuanto más quebrado es un suelo tanto menos se

presta a la práctica de la agricultura. Y en este aspecto nuestra orografía basta por sí sola, bien estudiada,

para que lleguemos a la conclusión de que esta, tierra nuestra no es ciertamente el soñado Jardín de las

Hespérides.

—No obstante, contamos con grandes y buenas llanadas aptas para el cultivo...

—En efecto. Y esa realidad refuerza mi argumentación. Piense usted que una parte importante del

territorio, que por su orografía, podría dedicarse al cultivo agrario, no puede consagrarse a él por ser

verdaderas estepas que se extienden sobre unos 3.500.000 hectáreas, y que donde no reciban el beneficio

del riego sólo pueden prosperar los pastos o a lo sumo el "Pínus halepensis" (pino carrasco). No

olvidemos que en Europa, además de España, sólo tienen estepas Hungría y Rusia. Por consiguiente, ni

por su configuración ni por su naturaleza puede calificarse de rico a nuestro suelo. Si a esto se añade que

estamos lejos de tener ´perfectamente equilibrados en nuestra atmósfera el calor y la humedad y que

tampoco gozamos del beneficio de lluvias suaves y regulares, es evidente que los españoles no podemos

recrearnos en la obtención fácil de productos naturales. El logro de éstos requerirá, requiere, en efecto,

una gran suma de tesón y de energías. Nuestro pueblo ha sido y es agricultor, pero debe ser también el

país de los montes y de los prados para dejar de ser e1 de los eriales y los yermos...

"CINTA AZUL" UNIVERSAL EN NUEVAS REPOBLACIONES

—Deducción: tenemos que volver al reinado de los bosques en toda su plenitud...

—Es de ineludible necesidad que España llegue a tener cubierta por el bosque una gran parte de su

territorio, como en tiempos pretéritos; bosques que la ignorancia y la codicia destrozaron. Considerada

desde nuestros días, resulta admirable y hasta conmovedora la lucha que ya en el último tercio del siglo

pasado sostuvieron ingenieros insignes como don Agustín Pascual, don Lucas Olazábal y don Hilarión

Ruiz Amado, para restaurar la riqueza forestal, corregir torrentes y reducir las áreas de páramos y eriales,

obra que en estos momentos alcanza grados de plenitud al haberse sobrepasado el millón de hectáreas de

nueva repoblación, "cinta azul" universal que llenaría de orgullo, y también de sorpresa, a aquellos

esforzados precursores de hace poco más de media centuria.

LA LUCHA ENTRE LA AGRICULTURA Y EL BOSQUE

—La desatentada deforestación rio en un mal exclusivamente español, y así podemos apreciar que son

numerosos los países que estan empeñados en la, tarea de repoblar grandes superficies que fueron

abusivamente taladas "a muerte". Asi en los Estados Unidos...

—En efecto; todos los pueblos viejos, entre ellos España, y algunos pueblos jóvenes, como Norteamérica

por lo que se refiere a algunas zonas inmensas de su territorio, tienen que acusarse, en mayor o menor

grado, de haber devastado y destrozado sus montes. El proceso de primitiva gran riqueza forestal, seguida

de destrucción y de posterior resurgimiento por los medios que la técnica selvícola enseña, no es sino la

eterna historia de la civilización. En el transcurso de los siglos la agricultura —obra predilecta del

hombre, como la riqueza forestal fue un don de la Naturaleza—se ha ensanchado a costa de quitar terreno

al monte, otras actividades humanas entraron también "a saco" en los dominios del bosque. Pero mientras

esa obra destructora no pasó de la llanura, lejos de ser perjudicial resultó beneficiosa, porque los valles,

por su buen suelo, su clima benigno, el abrigo que contra los vientos les proporcionan las montañas y

también por la dificultad que presentan—dada la ausencia de pendiente—al arrastre de tiera vegetal, no se

han formado para las asperezas del toosque, sino para el arte de la agricultura. En conclusión: al

desmontar los valles, el hombre hizo una provechosa transformación de cultivo, absolutamente necesaria

para su vida. Cuando esa destrucción, esa penetración pasó de la llanura a la montaña, fue ya menos

provechosa, para con/vertirse en netamente perjudicial a medida que la invasión fue ganando en altitud y

escaló más abruptas pendientes. Las zonas alta y media dé las cordilleras, ásperas y rudas, impropias para

cultivos que la sequía agosta, el granizo destruye o las aguas arrastran, son esencialmente forestales,

patria genuina del sufrido pasto, del gallardo pino, del abeto piramidal, de la robusta haya, del cedro

secular, del roble majestuoso. Esa es la ley natural, alterada suicidamente por el hombre...

HISTORIA SUCINTA DE NUESTROS BOSQUES

—Aunque conocidas, entendemos que no estaría de más recordar las principales particularidades

históricas de los montes españoles...

—¿De la época de los Iberos u "hombres del río" que vieron turbada su permanencia en nuestro suelo por

los celtas u "hombres de los bosques", fundidos luego en celtíberos, e invadidos más tarde por fenicios,

cartagineses y romanos? A ese período corresponde el archiconocido relato de Estrabón, según el cual la

densidad de loa bosques españoles era tal que ´permitían a una ardilla cruzar de Norte a Sur la Península

sin poner pie en lugar que no fuese rama de árbol". Después, suevos, vándalos y alanos, visigodos, moros

y cristianos, al correr de las centurias devastaron la masa forestal, entrando en ella a tala y fuego. Don

toda evidencia la Reconquista, por su enorme duración, fue un» de las principales causas de nuestra,

decadencia forestal. Y si bien es cierto que desde muy antiguo se dictaron disposiciones para reprimir los

abusos, como la de Alfonso X. en 1256, contra los incendiarios de los montes (a los que condenaba a ser

echados al fuego); o la del título 2.º del libro 8." del Fuero Juzgo (fágale dar cien azotes e faga enmienda

de lo que quemó); o la de don Pedro I imponiendo pena de muerte a los taladores de árbol, es lo cierto que

las "talas" fueron extensas y frecuentes, por causa de guerra sobre todo. En 1198 el moro Aben Yusef, en

una sola incursión, taló las campiñas de Toledo, Madrid, Alcalá, Cuenca y Huete. Durante el sitio de

Granada fueron dedicados 30.000 taladores "a no dejar cada año una hoja verde", Felipe II, a la vez que

ordenaba cortas en los montes de Cuenca, Valsaín y Avila para obtener la madera ´requeridla, para la

gigantesca construcción de El Escorial, dirigía Una Provisión al Corregidor de la ciudad de Piasencia para

poner remedio al aniquilamiento de los bosques nacionales. Pasaron los años y fueron en aumento el afán

Inmoderado e irracional de roturaciones; los incendios producidos para aumentar los pastizales, los

privilegios de la Mesta, las talas abusivas... También Felipe IV se vio obligado a dictar unas Ordenanzas

con severos castigos para los que dañasen el arbolado.

—Y sobre tanto estrago, el caos producido por la desamortización.,.

—¿Efectivamente, Llegamos a lo que el genial polígrafo don Marcelino Menendez y Pelayo denominó

"inmenso latrocinio". Esto es, a la desamortización, cuyos efectos alcanzaron proporciones de verdadera

tragedia nacional en lo que a la riqueza forestal se refiere. En este punto podría ser testigo de excepción el

insigne ingeniero ya citado, don Agustín Pascual (quien ha dejado inequívocos testimonios de su

inquietud, de su dolor en presencia de semejante desastre) que en, unión de otros defensores del bosque

logró Impedir que se hiciese general el arrasamiento. El testifica que era todo el país quien clamaba

contra tamaño error, error que hasta tenía su base en doctrinas con tanta fuerza y estilo expuestas como

las de Jovellanos, pero al fin y al cabo teorías individualistas cuyos resultados fueron, como da jamos

expuesto, la, desolación y la ruina de las superficies forestales. Mas sólo se alzaron, potentes y claras, las

voces de la Escuela de Montes de Villaviclosa de Odón y del Cuerpo de Ingenieros de Montes—del que

era inspector general don Agustín. Pascual—, que a la sazón acababa de crearse y que se curtió

rápidamente en la lucha. Con el pretexto de enjugar una deuda que luego aumentó en lugar de disminuir,

y de ejecutar obras públicas que no llegaron a realizarse, desaparecieron cuatro millones de hectáreas de

bosque...

ABNEGADA ACTUACIÓN DE LOS INGENIEROS DE MONTES

—Es evidente que hubo excepciones e n lo que se rejiere a enajenación de montes y bosques, por lo cual

muchos de éstos fueron librados de la destructiva, acción desamortixadora. ¿Puede usted hacer

precisiones sobre el papel desempeñado por la ingeniería forestal en ese aspecto?

—"Los montes son tal vez la única propiedad que es más productiva en poder del Estado que en manos de

los particulares." Esa es la tesis sostenida, por don Agustín Pascual en una serie de trsoe arUculos

publicados «n 1852 en el periódico "La España" después de su regreso de la Escuela de Tharand, en

Sajonia, es decir, en el período en que la trayectoria desamor tiza dora recibía el definitivo impulso de los

legisladores de laa Cortes de Cádiz, que dieron base a Arguelles y Mendizábal para qu«, a partir de 1855,

la desamortización general fuese un hecho. Con ese espíritu, la Escuela de Montes de Villavíoiosa de

Odón y el Cuerpo de Ingenieros de Montes se aprestaron a la defensa de lo que todavía pudiera ser

defendido. Y ya en la ley de 1 de mayo de 1855, que autorizaba la redención de censos, foros y

arrendamientos antiguos, entregando a la "acción vivificadora" del intarés privado todo lo que formaba

parte de la inmensa masa de bienes pertenecientes a "manos muertas", consiguieron sugerir y elevar al

ánimo del legislador que había bienes que por su naturaleza no se prestaban a que él interés privado

asegurase su msjora y conservación. Más concretamente: que si se decretaba la venta de los montes, la

producción secular que caracteriza a la gran masa de vegetales arbóreos no tenía plenas garantías de

perpetuidad. Las tenía en manos de dueños imperecederos, como lo es el Estado, por, lo que a¡ lado de la

regla general pusieron la excepción. El artículo 2.º de la citada ley establecía que no podrían enajenarse

los montes y bosques cuya venta no creyese oportuna el Gobierno, ni tampoco los terrenos de

aprovechamiento común, a los que poco después se agregaron las dehesas boyales de los pueblos. Para

comprender la importancia de estas excepciones es preciso saber que en 1855, después de las dos

desarmonizaciones llevadas a cabo desde 1821 a 1823, y desde 1833 a 1849, en las que se vendieron

fincas por valor de 4.000 millones de reales, y entre ellas muchos arbolados, aún había en España

12.500.000 hectáreas de montes públicos. Para regular científicamente la excepción señalada, el Gobierno

oyó el dictamen de la Junta Superior Facultativa de Montes, presidida por don Agustín Pascual,

formulándose un importante documento en el que se consignaba que "la altura de las montañas es el

criterio menos falaz para señalar los límites de la acción del Gobierno en la producción forestal",

distinguiendo cuatro regiones en el territorio español: superior, alta, media e inferior, las tres primeras

claramente forestales. Pero la escasez de personal y el apremio de tiempo para conocer, tanto los montes

que debieran exceptuarse como los que podían ser vendidos para facilitar recursos al Tesoro, obligaron a

separarse del rigorismo científico y a optar por un criterio práctico: exceptuar de la venta los montes

públicos que estuvieran poblados de haya o de las especies de los géneros "Pinus" y "Quercus", Tal regla,

que no puede calificarse de absolutamente exacta, acusaba, sin embargo, un profundo conocimiento de la

geografía botánica de España, y hubiera sido perfecta si se hubiera completado exceptuando también

todos los montes que alcanzaran determinada altitud. Pero no se pudo lograr mas,

LA LEGISLACIÓN POSTERIOR HASTA LA LEY DE 1057

— Don Agustín Pascual González murió en 1884. Hasta llegar a la ley de Montes de 1957 hubo que

pasar por otros períodos legislativos, en los que la cuestión forestal fue también intensamente debatida...

—Digno de ser citado al respecto es el articulo octavo de la ley de 30 de agosto de 1896, sobre

modificación de impuestos. En él se dispuso que el Ministerio de Fomento, de acuerdo con el de

Hacienda, procediera a formar y revisar definitivamente el Catálogo de los montes que por razones de

utilidad pública debieran quedar exceptuados de la venta, prescindiendo del criterio de la especie arbórea

para fijarse exclusivamente en las condiciones de los montes. No había transcurrido todavía un mes

cuando se publicó un Real decreto—20 de septiembre—por el que se disponía que se entendieran por

montes de utilidad pública "las masas de arbolado y terrenos forestales que por sus condiciones de

situación, de suelo y de área fuese necesario mantener poblados o repoblar de vegetación arbórea forestal

para garantizar, por su influencia física en el país o en las comarcas naturales donde tuvieran su asiento, la

salubridad pública, el mejor régimen de lluvias, la seguridad de los terrenos o la fertilidad de las tierras

destinadas a la agricultura". Como se ve, la norma no se extendía aún a los montes de propiedad

particular, que fue el gran avance logrado con la ley de 24 de junio de 1908, llamada de Conservación y

Repoblación de Montes. Y ya, finalmente, en nuestros días aparees la nueva ley de Montes —8 de junio

de 1957—, en cuyo titulo primero se definen el terreno y la propiedad, forestales, el Catálogo y el

deslinde, declarando no enajenables los montes del Catálogo a no ser por ley, e inembargable la

propiedad forestal catalogada, ley que cierra, por así decirlo, un verdadero proceso institucional del

Monte en España.

 

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