Autor: Carro Martínez, Antonio. 
   El liderazgo Arias     
 
 ABC.    12/02/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 19. 

EL LIDERAZCO ARIAS

EL presidente del Gobierno ha pronunciado, el pasado 28 de enero en las Cortes, el discurso más

polémico de su vida. Dejando aparte las diversas interpretaciones y matices —que para todos los gustos

ha habido—, importa resaltar los aspectos positivos y creadores del mismo.

Para mi es esencial que haya prometido una reforma constitucional —que evidentemente exige un

referéndum— en la que, partiendo de lo existente, dibujó una nueva Cámara dentro de las Cortes —que

en el futuro serán bicamerales—, que se organizará sobre una base representativa territorial, que para mi y

gran parte de la doctrina no tiene otro sentido que el sufragio universal. Además, admitió la necesidad de

agrupaciones, o asociaciones, sin excluir expresamente los partidos políticos, como había sido hasta hace

poco lugar común.

Construir en política es difícil. Destruir es fácil. Creo que es un deber de todos los españoles ayudar en

esa intención constructiva abriendo paso (a través de reformas razonables) al pluralismo democrático que

legitime al Gobierno del futuro de la manera más normal y admitida de Occidente; es decir, a través del

voto y del sufragio. De esta suerte se habrá producido lo que el presidente Arias prometió: el tránsito

pacifico del poder de Franco al consenso popular.

Las elecciones apuntadas con nueva ley electoral para la primavera de 1977, constituyen la gran piedra de

toque para el futuro democrático deseado. Pero la democracia y el pluralismo político no surgen por

generación espontánea. Hay que prepararlos. Hay que crear las vías necesarias catalizando y configurando

las múltiples opiniones y tendencias de los españoles para agruparlas en unas pocas (muy pocas)

asociaciones, grupos o partidos que permitan montar un diálogo político representativo. Sin esta función

canalizadora de las asociaciones, el pluralismo político quizá acabaría en caos político.

Pues bien, estas asociaciones no suelen surgir por ley. Ningún gran grupo u organización política del

mundo ha nacido en virtud de ninguna ley: surgen porque en la Historia ha habido hombres con capacidad

y vocación para crearlas; se mantienen y permanecen porque a los fundadores les siguen hombres que

renuevan constantemente la voluntad de ser y de permanecer. En fin, son los hombres; hombres de

calidad los que crean, impulsan y dan vida al pluralismo democrático organizado.

Estos hombres son conocidos mundialmente como «líderes». Y estos hombres es usual y normal que

aparezcan legitimados por el voto de sus conciudadanos.

Desaparecido Franco se ha producido un vacío en el liderazgo de los españoles y nosotros tenemos que

llenarlo. Los españoles tenemos necesidad y aun urgencia de liderazgo.

Por supuesto que la figura de Franco es irrepetible. Es más, estamos convencidos que el liderazgo de una

sola persona para la España de hoy en día es inviable y hasta indeseable. Porque el pluralismo

democrático exige, por lo menos, dos «líderes» para que dialoguen entre sí y para que el pueblo tenga

opción. Pero no muchos más de dos, porque cuantas más cabezas se vislumbren con capacidad de

liderazgo (cuanto más distribuido se halle), menos liderazgo habrá. Y España y los españoles lo que en

verdad necesitemos, en estos momentos, es la aparición de esa persona con mimbres de «líder» que llene

en parte el vacío dejado por Franco.

Antes de internar personalizar este liderazgo es imprescindible precisar el marco deseable en que debería

producirse. Por supuesto cuantos intentos asociativos se han producido en estas últimos meses han sido

útiles catalizadores de tendencias y de personas. Pero ¿no es verdad que en el fondo de todos esos grupos

hay un común denominador que los convierte en próximos parientes? Todos ellos parten de la legitimidad

histórica. Frente a ellos están todos aquellos otros grupos que parten de la ruptura histórica. En realidad,

con todos los matices que se quiera, la verdad es que el marco de la discrepancia se halla entre los que

aceptan los hechos, la Historia y la realidad, y aquellos otros que quieren partir de 1936, como si en estos

cuarenta años no hubiera pasado nada en España.

Siendo lo anterior así, creemos precisa una puntualización: debemos olvidarnos del Rey en este punto,

porque el Rey lo es y debe serlo de todos los españoles, y para ello no puede identificarse con ningún

grupo. Es más, todo Rey constitucional es la contrafigura del «líder».

Por supuesto, tenemos que centrarnos en esas dos grandes corrientes que están aflorando a la superficie

política española. Los que siguen la vía de la ruptura histórica creo que son, afortunadamente, minoría, y

ellos resolverán su tema como crean mas conveniente, aunque es fácil adivinar que están viviendo

intensamente el defecto de la ausencia de un liderazgo único.

Los que siguen la vía de la legitimidad histórica creo que son mayoría, porque la gran masa de pueblo

está detrás precisamente de aquellas actitudes que nos conduzcan, con paz y orden, hacia la reconversión

democrática. Pues bien, entre éstos también hay muchísimas individualidades de calidad, pero falta la

gran cabeza, el «líder» que personifique el vértice del grupo. Sin duda que la legitimidad futura de este

gran «líder» saldrá de las elecciones, pero conviene no olvidar que el liderazgo no es un fenómeno

exclusivo de la sociología electoral. Entre tanto: mientras se producen las elecciones, es preciso preparar

las figuras y los candidatos.

En el momento histórico que vivimos, el liderazgo de la legitimidad histórica y de la legalidad es

verdaderamente clave. Es el cabo que va a permitir desenredar la madeja que, en otro caso, se nos

presenta como nudo gordiano. Y este «líder», el hombre clave de la transición, no tiene para mí otro

nombre que el de Carlos Arias.

Pienso que Arias ha dado pruebas de su extraordinaria calidad como hombre de Estado, llene una

personalidad que irradia confianza y seguridad. Posee imagen pública. Tiene convicción en la exposición

y su presencia en los medios de comunicación social atrae la máxima audiencia. Centro en su persona

cierto halo de éxito. En fin, Carlos Arias reúne aquellos requisitos personales e históricos que le

configuran virtual y potencialmente como un líder nacional.

Pero además, estimo que Arias no puede limitarse a ser «líder» nacional. Puede ser una gran tentación

para él centrarse en el papel de fautor de la transición. Pero Arias no debe agotarse con esta etapa. Sus

servicios a España serán tanto mayores cuanto más proyecte su acción hacia el futuro, y, para ello, ha de

comprometerse en la lucha política que se avecina. Va a ser una lucha que se dilucidará en las urnas. Si

llegado este momento electoral clave, Arias no se ha manifestado como cabeza de un grupo político,

resultarán otros los hombres y otros nombres los vencedores, y para ser consecuente con el juego

democrático Arias tendría que ceder el Poder al nuevo ungido por las urnas. Es decir, si a corto plazo

Arias no adopta el papel de «líder» actuante en la aventura electoral, tendría que dar paso a nuevas

situaciones que puede que carecieran de las condiciones que emanan de su personalidad. Y España no

puede permitirse el lujo de quemar hombres tan cualificados, máxime cuando Arias tiene un lugarteniente

político de tan extraordinaria calidad como Manuel Fraga y con una separación de edad tan óptima.

Por último, a Arias le compete configurar y potenciar esa nueva figura política de nuestra constitución

que es la de presidente del Gobierno. Cierto que la Ley regulaba la figura presidencial, pero era una teoría

pura e inacabada debido a la extraordinaria personalidad expansiva de Franco. Al faltar Franco, el

liderazgo del Ejecutivo tiene que ser atraído por el presidente del Gobierno, que, de esta forma, aparece

con matices nuevos y reales, no prevista definitoriamente con anterioridad. Y la mejor palanca

robustecedora de la futura autoridad presidencial es el triunfo electoral. Mañana, el presidente y sus

ministros no tienen otra alternativa que jugar a las elecciones, a diferencia de lo que era norma durante el

mandato de Franco.

En resumen, a España le hace falta un liderazgo. Carlos Arias tiene imagen y calidad de «líder». Arias ha

de prestar un nuevo y gran servicio a España. Me refiero a que Arias tiene que levantar la bandera de

enganche de la gran organización de la paz y de la democracia.

Si lo hace y lo consigue, Arias se habrá anotado el tanto histórico de haber pilotado a España y a los

españoles en una ejemplar transición desde la legitimidad carismática de Franco hasta la legitimidad

democrática de los votos y de las urnas.

Si Arias acepta este protagonismo histórico, España y los españoles se lo agradecerán, y seremos muchos

los hombres y las mujeres de este país que le seguiremos como «líder» con ilusión y confianza.

Antonio CARRO

 

< Volver