Autor: AGRESTE. 
   La batalla anual de los corderos y la danza de sus precios     
 
 ABC.    20/04/1962.  Página: 43, 45. Páginas: 2. Párrafos: 11. 

LA BATALLA ANUAL DE LOS CORDEROS Y LA DANZA

DE SUS PRECIOS

DESDE el punto de vista de los criadores de ganado lanar, la campaña de corderos viene desarrollándose

con muy fructuosa normalidad desde sus comienzos. La otoñada fue buena en todos los aspectos:

ambiente climatológico, disponibilidades de pastos y proliferación o paridera. El período comercial de la

cría se abrió con un índice de cotizaciones superior al del año anterior. El invierno ha sido de los que

pueden ser catalogados como normales, apenas sin más contratiempos que los productdos por los

temporales, intensos pero discontinuos, sin heladas persistentes y de escasas nevadas, nieve que, por lo

general, duró poco, debido al predominio de los vientos templados y las lluvias. La proliferación lanar

llegó, a su cénit asimismo en condiciones de tiempo adecuado para la buena crianza de los recentales, que

han encontrado en todo momento hierba tierna y suficiente, por lo menos en las regiones más cálidas, que

son las que cuentan con mayor censo de aquélla especie. Al comenzar la primavera se manifestó un

peligro para la vegetación herbácea, peligro que se desvaneció con el retorno de las borrascas y la

suavización de la temperatura, y hoy el panorama abierto ante nuestra cabana resulta, en extremo,

confortador. No es aventurado suponer que en estas condiciones de clima y de pastos, la, campaña de los

corderos llegará a su final sin novedades dignas de mención.

Todas estas consideraciones nos satisfacen porgue en ese capitulo de las explotaciones lanares los

ganaderos encuentran, sin duda, una justa compensación a otros aspectos, nada satisfactorios, de las

mismas: por ejemplo, el que se refiere a la comercialización de la lana.

Debe contarse, por tanto, con que la gran proliferación ovina de 1961-62, representada por una masa de

crías quizá muy próxima a seis millones de unidades, será despachada mercantilmente sin apuros, a

menos que se origine una fuerte crisis en la producción herbácea y obligue a la posesión a ofrecer

masivamente su mercancía. En previsión de que pudiera presentarse tan indeseable contingencia, hemos

sugerido varias veces, desde que se abrió la campaña en curso, la preparación de medidas ordenadoras—

no intervencionistas—de parecidas o análogas características a las que con tanto acierto y satisfacción de

ganaderos, industriales y consumidores rigieron en la anterior, tomando como patrón la de 1959-60,

también sugeridas por nosotros en el deseo de armonizar los intereses de los tres sectores, muy poco

armonizados a la sazón con particular detrimento para la producción y el consumo, e incluso para el

comercio, porque la excesiva diferencia que existía entre los precios de origen y los de tablajería se

quedaban en las encrucijadas del camino. A evitar ésto se dirigieron los esfuerzos de organismos oficiales

y representativos de aquellas tres colectividades: y lo evitaron. No es el momento de hacer aquí mención

puntualizada de los testimonios de adhesión, de aprobación y de aliento que merecieron nuestros trabajos

inspirados en el bien común.

Conviene insistir en que la presente campaña no suscita ningún temor en los medios ganaderos. Las

cotizaciones, en las zonas de crianza son relativamente firmes desde el principio, y ahora mismo

podríamos señalar, como precio medio, el de 23 pesetas kilo en vivo. Tan favorable parce la situación,

que la tendencia Imperante es de retención de animales para qué éstos puedan alcanzar el peso máximo.

Todo marcha como sobre ruedas, hasta el (punto de que hemos leído en un autorizado órgano de opinión

muy vinculado a los intereses ganaderos, que "no son de temer atascos capaces de concluir en crisis",

pero que—viene a decir—"se adoptarán las medidas que sean precisas, en el momento oportuno, si las

circunstancias lo hacen necesario". Comparte nuestra opinión de que la "cosecha" de corderos es

abundante, y "aunque a estas alturas se han vendido bastantes, son muchos los que quedan por vender, y

más todavía los que no fueron sacrificados"—indudablemente se alude a ios contratos para entrega de los

animales en abril y mayo—-. Incluso se indica que entre esas hipotéticas medidas ordenadoras está

prevista la referente a exportar ganado, en cuyo sentido—afirma— se han iniciado ya negociaciones.

Todo lo anterior resulta perfecto, y lícito, en lo que se refiere a defender los intereses ganaderos, en cuya

línea nos mantenemos con absoluta consecuencia, tanto en los días advsrsos para aquéllos como en los

momentos que les resultan tranquilizadores.

Se subraya por el documentado órgano a que venimos refiriéndonos que las reformas, en el caso de que

haya que implantarlas, "habrán de producirse a instancia y colaboración de los interesadas", porque

"resulta por lo menos inadecuado, que el desarrollo de una campaña de la que depende el vivir de más de

doscientos mil productores, esté en manos de la casualidad y la temperatura". ¡Impecable conclusión!

Pero es que a nosotros nos parece que enfrente—no enfrentados—de esos 200.000 prcductores, hay

Veintinueve millones ochocientos mil consumidores a los que se encomienda la misión, que debiera

resultar deliciosa, de dar buena cuenta de los 5.500.000 ó de los 6.000.000 de corderos en que está cifrada

la proliferación de 1961-62; o lo que es lo mismo: de 55.000 a 60.000 toneladas de carne. ¿Son las

actuales circunstancias comerciales las más apropiadas para facilitar la digestibilidad de esa colosal masa

alimenticia? El indicativo de las cotizaciones que regían hace un año en Madrid, y las que prevalecen

actualmente —con la diferencia natural según clase de establecimiento y calidad de la mercancía—es de

lo más expresivo al respecto.

Entre la proliferación correspondiente a 1960-61 y la de 1961-62, no existen diferencias apreciables,

como no sea a favor de esta ultima en cuanto a número de corderos y facilidad de crianza. Pues bien: al

ser revisada, hace un año, la muy juiciosa ordenación de la campaña, los ganaderos decidieron presentar

su ganado en el matadero de Madrid al precio de 30 pesetas kilo canal, precio que era aproximadamente

igual para Barcelona, Valencia, Zaragoza, Mérida, etc, por lo cual los carniceros se coroprometieron a

vender—y cumplieron honradamente lo ofrecido—al precio que figura en la columna 1960-61 del

recuadro que encabeza este trabajo. Las cotizaciones bajaron, en comparación con las que imperaban

hasta ese momento, siete pesetas en el kilo de chuletas; cinco pesetas y cincuenta céntimos en la carne de

pierna; ocho pesetas en la de paletilla, y cuatro pesetas en la de falda y pescuezo. Se recordará que tan

interesante revisión de los precios, aprobada muy amigablemente en reunión celebrada en Madrid, se

fundó en el mayor peso adquirido por el ganado como consecuencia de la evolución normal de los

pastizales, mayor peso que compensaba con creces la baja que se implantaba con la Jubilosa aprobación

de los veintinueve millones ochocientos mil consumidores antes mencionados. Creemos que resulta lícito

que preguntemos por qué, y en función de qué, el consumidor paga 19 pesetas más por el kilo, de chuletas

que hace un año; 14 más, en, el de pierna; 12 más, en el de paletilla, y cuatro más, en el de falda y

pescuezo. ¿Qué habría ocurrido si esas diferencias se hubiesen registrado en iperjuicio de la producción?

Probablemente, y con razón, que las medidas ordenancistas o moderadoras de campañas anteriores

habrían sido restablecidas, con las modificaciones del caso, para evitar una catástrofe económica de las

explotaciones lanares.

Pero es que—y digámoslo recurriendo a una expresión popular o populachera—, también los veintinueve

millones ochocientos mil consumidores tienen padre que, ante tan inmensa prole, tiene que velar por que

su despensa pueda ser abastecida sin agobios, Y como en relación con el año pasado, el abastecerse ahora

de carne de cordero le resulta mucho más costoso, sin que se aprecien causas ineludibles que lo

justifiquen, es evidente que tenemos enquistados otra vez, entre la producción y el consumo, e incluso

también entre la industria, los elementos perturbadores que desbordan el canal comercial natural.

Veintinueve millones ochocientos mil consumidores se hallan en actitud expectante.

AGRESTE

 

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