Autor: Rodrigañez Sánchez Guerra, Tirso. 
   El campo, expectante     
 
 ABC.    13/03/1964.  Páginas: 2. Párrafos: 18. 

EL CAMPO, EXPECTANTE

Por TIRSO RODRIGAÑEZ SÁNCHEZ GUERRA

A casi todo el mundo le gusta el campo en un soleado día de primavera, o en el cristalino otoño, cuando el

rojo mate de la "parra virgen" y la "cornicabra" contrasta con el oro viejo de los álamos y demás parientes

próximos, y el verde brillante del suelo, canvertido en tapiz por las lluvias tempranas con que la

Providencia nos regala, a veces, en este caprichoso clima que nos cobija.

El otoño, que, además, nos invita a la serenidad y a la nostalgia, encierra en sí recuerdo y esperanza, que

tanto se diferencia de la tristeza. A mí el campo me atrae, tal vez por vocación, en todas las estaciones del

año. Pero no voy a referirme a esta modalidad que pudiéramos llamar "turística" del campo, sino a la otra,

la del hielo y el sol de justicia, el polvo y el barro; a la que ha de vivir el campesino (desde el bracero al

gran empresario) a fin de arrancar a la tierra el tesoro de su capacidad productora, a través de tantos

desvelos e incertidumbres.

La Agricultura, en su doble personalidad ganadera y labradora, no es una profesión cuyo ejercicio exija

del empresario, grande o pequeño, conocimientos orientados solamente a la consecución de un fin

crematístico. La producción bajo su control, por su naturaleza biológica, es materia vira, que nace, se

desarrolla y adquiere madurez de recolección mediante su directa y constante influencia, y, por

consiguiente, se disfruta, o se sufre al contemplar la transformación constante que experimenta su ciclo

vital; el agricultor, aun sin darse cuenta, pone alma en la empresa; de ahí el afecto casi paternal que

proyecta sobre la tierra objeto de su trabajo.

La Agricultura en si no es una ciencia pura, sino más bien una simbiosis de ciencia y arte. El hombre de

campo es casi un personaje del Romanticismo, y en el desarrollo de su trabajo a la intemperie, en clima

tan adverso como el nuestro, la Naturaleza forja en él, como a golpes de cincel, un paciente estoicismo.

Acepta los reveses de origen natural, que tanta incertidumbre imponen a los resultados de su trabajo, pero

se rebela contra los antinaturales.

La esperanza de un posible beneficio, aun con todos los riesgos que ha de correr, estimula su vocación, y

se comprende su desaliento cuando, una vez alcanzada tan difícil meta, comprueba que su trabajo ha sido

estéril y que la cosecha ha dé ser malbaratada, obligándote a empeñarse para comenzar de nuevo, sin ho-

rizonte firme, la siguiente campaña.

Pues bien, el campo español ha negado ya a tal situación que no sabemos dónde podrá parar si no se

atajan rápida y eficazmente las causas de su justo desasosiego.

Al empresario agrícola español, fuere cual fuere la cuantía de su negocio, se le han planteado en poco más

de un año las siguientes circunstancias, causa de su inquietante coyuntura económica:

l. Aumento del coste de la mano de obra a casi más del doble, lo cual seria, Justo, razonable y

económicamente posible si esa mano de obra rindiera con eficacia análoga a la que desarrolla cuando

trabaja en el extranjero.

No es fácil, hoy por hoy, dada la deficiente educación recibida y la idiosincrasia española, encontrar

personal que se preste a sobrepasar la ley del mínimo esfuerzo. (Afirmo esto con conocimiento de causa y

añado, a fin de evitar torcidas Interpretaciones, que una de mis explotaciones fue declarada hace dos años,

y no precisamente a instancia mía, Empresa Modelo en Previsión Social.)

Estimo que esta cuestión, tan primordial para la eficaz concurrencia a mercados extranjeros, donde la

competencia emplea métodos opuestos, es soslayada en todas las disposiciones legales referentes al tema.

2.° Incremento ostensible en los precios de las adquisiciones ajenas al campo (abonos, maquinaria, etc.).

3. Derrumbamiento de los precios en productos tan básicos como la remolacha, la patata, el algodón, el

aceite, la carne y los huevos, debido en gran parte a Importaciones poco meditadas y anárquicas de todos

conocidas.

La agricultura no debe ser utilizada como laboratorio de experiencias por economistas teorizantes y

asincrónicos entre sí; son demasiado importantes los intereses en juego.

Y para colofón, la borrasca en cierne de esa farragosa y casuística ley de reforma tributaria, que amenaza

con agravar el panorama de la clase campesina, a fuerza de presiones fiscalizadoras y fiscales.

Oreo que unas disposiciones legales, sencillas en sus principios y elásticas en su aplicación, podrían

movilizar esa inmensa capacidad de creación que todavía existe en el empresario patrio.

Seguramente, la fabulosa epopeya de los conquistadores españoles en América fue fomentada por los

estímulos que recibieron aquellas Titanes, ya fueran de orden místico, de poder o de fortuna, y aunque en

la actualidad sea cuestión "tabú" reconocer mérito alguno a las maltratadas compañías algodoneras, lo

cierto es que éstas consiguieron elevar la producción nacional a 500.000 balas anuales, cifra que

demuestra bien a las claras la eficacia de la iniciativa privada.

He asistido estos días a la Asamblea de Agricultores y Ganaderos, que, convocada por la Hermandad

Nacional, se ha celebrado con extraordinaria concurrencia en esta capital, y he recogido una impresión

esperanzadora.

Allí estaban representadas, por empresarios y obreros, las distintas reglones del suelo patrio, y en

verdadera hermandad y con claridad meridiana plantearon sus problemas, sin que se produjera esa

polémica habitual entre posiciones encastilladas en egoísmos de vía estrecha, cuya superación es meta tan

difícil como deseable.

Se ha dialogado en lenguaje convergente hacia los vitales intereses comunes, y ha intervenido en el

diálogo, con verdadera comprensión e interés, la mesa presidencial, asistida con alentadora asiduidad por

una alta jerarquía gubernamental.

Creo yo, o quiero creer, que en aquella ocasión era tan trascendente el peso de la razón del campo,

expresada respetuosa pero apasionadamente, que ha de llegar a quien proceda, y espero que la protección

a la agricultura, tan reiteradamente manifestada a través de los tiempos, pase, tan rápidamente como el

caso requiere, de la teoría a la práctica; lo contrario sería decepcionante.

T. R. S. G.

 

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