La escalada contra Arias     
 
 ABC.    16/08/1976.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 16. 

SÁBADO. 16 DE AGOSTO DE 1975. PAG. 3.

LA ESCALADA CONTRA ARIAS

No hay que ser muy perspicaz para adivinar en ciertos comentarios periodísticos y en ciertos rumores

lanzados como serpientes de verano una ofensiva en toda regla contra el presidente del Gobierno.

Para muchos quizá estos ataques supongan una novedad. Para otros, entre los que modestamente me

cuento, no. Se vienen produciendo machacona e insistentemente desde que Carlos Arias anunció al país

su programa de Gobierno, comúnmente conocido como el «espíritu del 12 de febrero».

Lejos han quedado ya las alabanzas y los elogios que el inmovilismo hispánico dedicó al señor Arias

cuando subió al estrado de Castellana, 3, para dirigir 1a orquesta gubernamental tras el asesinato del

almirante Carrero.

La reacción de ese sector ante el nombramiento no pudo ser entonces más entusiasta. Considerando al

presidente del Gobierno como un jefe de filas y no como patrimonio de toda la nación, se le calificó

inmediatamente como «uno de los nuestros». Se puso de relieve su «energía» al frente de la Dirección

General de Seguridad, de la Alcaldía de Madrid y del Ministerio de la Gobernación en un intento de

presentarlo como «hombre duro» y se pasó casi por alto su formación jurídica, su espíritu recto y nada

partidista, dentro dé las lealtades fundamentales, así como su nada despreciable formación humanística.

Pero el presidente del Gobierno, a las pocas semanas, y en su primera comparecencia ante el país, anunció

un programa que, de ser llevado a la práctica en su totalidad, podría conducir a una indiscutible

democratización de la vida política española, y el sector al que me refiero comenzó a fruncir el ceño y a

no gustarle aquello.

Poco importaba que a la mayoría del país el discurso del señor Arias 1e hubiera caído bien porque

adivinaba que con ese programa se le ofrecía la posibilidad de una participación real en las decisiones

públicas. Apañados estaríamos los alcaldes si tuviésemos que contar con el pueblo, dijo en desafortunada

frase una ex alcaldesa. Apañados estaríamos los políticos, pensaron ciertos dogmáticos del sistema, si

tuviésemos que complacer a la mayoría.

Para hacer las cosas más difíciles al Gobierno, el programa arrancó con buen pie. La opinión pública

española, escéptica en un principio, pareció interesarse al ver que las promesas iban convirtiéndose en

realidades. La Europa democrática, dubitativa en un principio, empezó a, creer en las intenciones

aperturistas del Gobierno español cuando comprobó que la Prensa hablaba, la televisión informaba, los

libros se autorizaban, las obras prohibidas se representaban y los proyectos de ley aperturistas, incluido el

Estatuto de Asociaciones, se comenzaban a discutir.

Para los autotitulados defensores del dogma aquello no se podía tolerar. Se prepararon «dossiers», se

impartieron consignas y se llegó a prevenir al presidente del Gobierno del terrible cerco demoliberal que

le rodeaba. Incluso se acusó de favorecer actitudes separatistas a un ministro que se atrevió a tremolar la

españolísima y catalanisima barretina, que es como tachar al duque de Edimburgo de antibritánico por

aparecer en las recepciones de gala con el típico «kilt» o falda escocesa.

El clímax de la campaña se produjo con el cese de Pío Cabanillas y la dimisión de Antonio Barrera, «dos

de mis más valiosos colaboradores», en palabras del propio presidente del Gobierno.

Durante unas semanas pareció como si «el espíritu del 12 de febrero» hubiese naufragado. Pero la política

es dinámica y en Presidencia no se descansaba. El «do ut des» es un viejo aforismo político y poco

después el jefe del Gobierno se apuntaba una importante baza al situar a un hombre ponderado y de recia

formación jurídica, Fernando Herrero Tejedor, al frente de los destinos de la Secretaría General del

Movimiento. La misión que se le encomendó fue la de hacer más transitable lo que la inmensa mayoría

del país consideró como estrecho cauce asociativo. La armonización de objetivos entre la Presidencia del

Gobierno y la Secretaría General del Movimiento parecía haberse conseguido.

El lamentable accidente que costó la vida a Fernando Herrero puso otra vez en acción la máquina. Su

sustitución fue difícil y complicada, dada la importancia política de la cartera a cubrir. El nombre de don

José Solís, a pesar de su tajante abierto y de su probado espíritu dialogante, parece haber tranquilizado a

muchos sectores inmovilistas. Está todavía por ver, y el otoño nos dará la respuesta, si Castellana. 3, y

Alcalá, 44, siguen transmitiendo en la misma longitud de onda.

Pero mientras llega el otoño es evidente que la ofensiva ceñirá el presidente Arias y su más directo

colaborador, el ministro Antonio Carro, parece haber entrado en un «molto vivace». Los comentarios que

leo en ciertos periódicos y los rumores que oigo en ciertos círculos así lo indican.

Ya no se trata de defender a Arias del cerco demoliberal que le asedia, como antaño. El objetivo parece

ser ahora la propia cabeza del Gobierno.

¿Qué intenciones abrigan los que califican de monótona e insulsa una magistral intervención de Carro en

las Cortes en defensa de una ley de amplio talante aperturista, recortada en los mismos sectores a los que

me vengo refiriendo? ¿Qué pretenden y contra quién apuntan los que lanzan la especie de que se prepara

una gran operación política de altura e, incluso, dan nombres como posibles sustitutos del presidente

Arias? ¿Por qué por parte de algunos se pretende minimizar la importancia del viaje de Carlos Arias a

Helsinki, olvidando que, por primera vez desde 1939, un jefe de Gobierno español ha sido tratado de

igual a igual por los más importantes estadistas del mundo?

¿Para qué seguir? Los ejemplos están escritos y a la vista. Sólo cabe esperar que estos cantos de sirena

lanzados contra Carlos Arias sólo merezcan una son risa por parte de quien desempeña por derecho

propio la primera Magistratura del país. Y que Arias, por su parte, pise de una vez el acelerador para

llevar a cabo sin pausa ese programa de democratización real de la vida política española prometido hace

más de año y medio y que le ha sido pedido reiteradamente en sus entrevistas privadas de Helsinki.

A muchos españoles les encantaría que nuestro país dejase de ser alguna vez la reserva espiritual de

Europa para integrarse en su reserva material con esos desamparados franceses, alemanes, belgas,

holandeses y escandinavos.

Carlos MENDO.

 

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