Autor: Cuevas, José de las. 
 La leyenda negra andaluza. 
 Las nuevas estructuras agrarias     
 
 ABC.    01/02/1962.  Página: 27-28. Páginas: 2. Párrafos: 18. 

ABC. JUEVES 1 DE FEBRERO DE 1962. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG.27

J.A LEYENDA NEGRA ANDALUZA

LAS NUEVAS ESTRUCTURAS AGRARIAS

Hoy cerramos con este artículo la serie de seis que el ilustre escritor don José de las Cuevas nos ha

enviado sobre el agudo y trascendental problema del campo andaluz. La serie concluye, pero nuestro

colaborador continuará, a las veces, tratando del tema en estas columnas. Séanos permitido decir que a la

Redacción de ABC llegan innumerables testimonios escritos del extraordinario interés con que nuestros

lectores han seguido estos trabajos periodísticos.

Un lector que ha tenido el valor de leer los artículos anteriores me pregunta: "¿Qué conclusión definitiva

y constructiva sacaría usted del mamotreto que ha escrito sobre el campo andaluz?"

—Muy sencillo—le digo—. Que tenemos que unirnos ante los nuevos tiempos...

Me ha mirado extrañado:

—¿Entonces, usted mantiene que hay que "latifundizar" en vez de "deslatifundizar" ?

—¿Ve usted?—le contesto—. ¿Ve usted? En seguida empezamos con los empirismos. Tenemos la cabeza

llena de fórmulas estereotipadas, y queremos adaptarlas a los nuevos acontecimientos, para los que no

fueron hechas. Mentalidad anacrónica, la bautizó el conde de Montarco. Cuando oímos "estructuras

agrarias" pensamos, rápidos, en las inefables reformas agrarias con la casita y la vaquita utópicas. Cuando

hablamos de "unirnos", ya se sabe, surge, inmediata, la palabreja "latifundio"...

—Total, que usted sostiene como solución general...

—¡ Alto ahí, amigo! Hemos hablado del secano de cereal andaluz, que es el problema que parecía estar de

moda. Usted sabe que las soluciones para una determinada clase de campo no sirven para otra. No hay

campo, no hay problema del campo, como ingenuamente se cree en la ciudad; sino muchos campos,

muchos problemas del campo, cada uno en su región y en su medio. Quizá una de las grandes

equivocaciones universales de la época en que vivimos haya sido intentar fórmulas globales para el

campo. La reglamentación, verbigracia, del olivo no debiera ser igual ni siquiera para el olivo de Cádiz

que para el olivo de Jaén.

Y, sin embargo, este término "unidades grandes" yo diría que empieza a ser útil para todo campo ante la

complejidad del mundo presente, los mercados, las exportaciones. La fruta que se exporta tiene que ser

igual. El aceite debe ser refinado con las mismas décimas. La carne no llevará tocino, según una

preferencia mundial. Hasta los mismos regadíos, que nacen para la división—y yo soy el primero que

cree que los regadíos son una de las más bellas obras de la España actual—, empiezan a desembocar

lentamente en criterios de unidades más amplias, donde la dirección empresarial quede más bosquejada y

puedan cumplir las tres etapas que señaló el profesor Martín Sánchez-Juliá: ganadera, industrial y

frutícola.

Pero donde no hay dudas—creemos que lo hemos demostrado—es en los secanos de cereal. La

gigantesca financiación que requieren hoy; la productividad, cada año elevada a metas más altas; la

mecanización inaplazable, como hemos visto, exige no sólo unidades de cultivo de mayor extensión, sino,

además, y éste es el terna de nuestro último artículo, estructuras nuevas. Las estructuras viejas—escribió

Besnier—han sido rebasadas por el progreso técnico. Conformes. Pero ¿cómo serán estas estructuras

nuevas? He aquí el atormentado hueso del problema, ya que en lo de que necesitamos estructuras nuevas

parecemos andar todos de acuerdo.

Mi impresión es que la estructura ordenada para este caso debe organizarse como una empresa. Cuando la

industria ,la mecanización, el capital tuvo que transformarse en empresa. No se puede marchar en contra

de los tiempos. No se puede curar con Sem de Palta una bronconeumonía, por agradable que sea el Sem

de Palta, si en las farmacias tenemos la penicilina. El ingeniero andaluz Félix Moreno ha sostenido en una

reciente conferencia cómo la propiedad señorial, que cumplió su histórico destino, cambiaba lentamente

hacia el concepto de la propiedad empresarial; y el concepto "amo", el viejo "amo" del campo del

eneolítico, que es el campo que hemos tenido hasta hace veinte años, y que es el campo de los

minifundistas, el que tenemos todavía en muchas partes—en Andalucía menos que en ninguna parte—, en

"empresario" a la cabeza de su empresa agrícola. Ha habido otro ingeniero, el Sr. Alvargonzález, que ha

llegado a pedir hasta cursillos de perfeccionamiento para empresarios agrícolas, como ya los hubo para

empresarios industriales. (No estarían mal, si se considerase como asignatura esencial la experiencia. No

se nos yaya a ocurrir organizar en Madrid cursillos acelerados para empresarios agrícolas que luego echen

a los empresarios de verdad, por intrusismo.)

Son muy reveladoras, a este respecto, las conclusiones a que se ha llegado en Francia por los técnicos que

han estudiado el tema de las nuevas estructuras agrarias. ("Le Fígaro Agricole"): "El capital de

explotación es hoy ya superior al valor de la tierra." "Las estructuras inadecuadas son las que obstaculizan

la mejora de los niveles de vida en el campo." "Las sociedades agrícolas rurales son el germen de las

estructuras agrícolas del futuro."

—Bueno—nos interrumpe nuestro interlocutor—. ¿Pero qué tipo de sociedades recomendaría para el

campo?

—Cualquiera. Los franceses han llegado a confesar que "el arrendamiento es una forma útil para mejor

utilización de capitales". ¡Ahora! (Ustedes saben que en todas partes se agostaron los arrendamientos por

excesiva protección del arrendatario protegido, de la misma manera que se agotó la construcción de

viviendas por la iniciativa privada ante la excesiva protección del inquilino antiguo. Hay amores que

matan.) Los italianos vuelven sobre la "mezzadria", la aparcería. Los olivareros españoles descubrieron

las cooperativas en un momento en que la aceituna se pagaba por bajo de uno de sus subproductos. Y voy

a arriesgar aún más, en honor de este lector valiente. En un futuro no muy lejano—se trata de una

profecía—no sólo los pequeños propietarios del secano cereal, sino los medianos propietarios, los

"pseudola-tifundistas" de 250 hectáreas, tendrán que agruparse en cooperativas de cultivo para sobrevivir

al océano de los gastos.

¿Pero acaso no es ésta la verdadera reforma agraria, como indicó Arauz de Robles? Unir el binomio

"capital-explotación"—denominación de Javier M. de Bedoya—para producir más y para que, al producir

más, podamos ofrecer el nivel de vida que nos gustaría, y no podemos hoy, mantener en el campo.

Beneyto apuntaba una empresa de capital mixto de propietarios y personas ajenas a la eventualidad

agraria.

Mi impresión personal, que escribo apreciaciones puramente personales, es que la sociedad anónima tiene

seguro porvenir entre las nuevas estructuras agrarias a implantar. La idea de la sociedad anónima con la

conversión en acciones de todo su capital daría a la explotación agraria la elasticidad y, al mismo tiempo,

la consistencia que precisará para el mañana. Verbigracia: mucha más facilidad para la llegada de

capitales, ¿por qué no decir que atraería incluso capitales hoy sordos al campo?; liquidez para las

herencias o las divisiones extremadas no dañarán la unidad económica de la explotación; dirección o

gerencia única y, además, contabilidad al día, imprescindible en un negocio donde se rozan tantas veces

los umbrales de la rentabilidad; posibilidad de ampliación de capital cada vez que necesitáramos

renovación de maquinarias, cosa que, como ustedes saben, sucede cada cinco años; seguridad y

equiparación con la industria en sueldos y beneficios sociales, etc. En Norteamérica—leemos— cada vez

son más las sociedades agrícolas anónimas, y en Norteamérica no existe, que sepamos, el fantasma de los

latifundios. En Iowa tenemos, por ejemplo, sociedades anónimas hasta para la cría de cerdos.

Naturalmente, esta concepción de las sociedades anónimas agrícolas tiene sus desventajas, que todo hay

que decirlo, y no nos duelen prendas. Una de ellas, y muy gorda, el acomodar estas representaciones

abstractas a un mundo tan real y tan realista como el campo, donde _ el pan ha sido siempre el pan, y la

propiedad ha sido siempre un terrón de tierra bien concreto y fijo. Soy hombre que vivo en el campo, y

me conozco. El labrador en todo el universo mundo suele ser un hombre solitario e independiente. (Ya lo

hemos visto. Llevamos meses escribiendo de él y no ha contestado nada. ¿Qué hubiera pasado si

hubiéramos escrito la mitad sobre cualquier otra clase, sobre los serenos, simplemente?) El labrador es

así, y no son defectos intrínsecos, porque ha tenido que ser así para soportar el riesgo, la severidad, la

incomodidad del campo sin torcerle la cara. Otro defecto probable serían las termes de la empleomanía.

Un ingeniero andaluz ha dicho que el más grave problema de todas las reformas agrarias son los que

quieren vivir de la tierra sin estar en la tierra.

¿Cómo, entonces, obtener fórmulas donde puedan injertarse estas misteriosas y entrañables fuerzas del

campo, que no deben desaparecer de ninguna forma; esas fuerzas de la propiedad, del amor, de la

inquebrantable entrega a la tierra, con la helada ecuación de una sociedad anónima? ¿Cómo conseguir

sociedades anónimas sin que las pinzas de la burocracia se apoderen de ellas?

Creo que nuestro campo andaluz tiene de sobra fuerzas para crearlas si se le da un tiempo prudencial. De

todas maneras, eso es lo que debiéramos hacer entre todos: buscar estas hermosas fórmulas, hallarlas, y

saber aplicarlas, en ver de perder tiempo en la cominera tarea de investigar si Fulanito tiene veinticinco

hectáreas de más, o soñar en volver a agriculturas sobrepasadas donde se cura con Sem de Palta en vez de

curar con penicilina.—José DE LAS CUEVAS.

 

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