Cara y cruz del discurso de Arias     
 
 ABC.    25/06/1975.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

ABC, MIERCOLES 25 DE JUNIO DE 1975. PAG. 3.

CARA Y CRUZ DEL DISCURSO DE ARIAS

Se esperaba, y con notoria expectación, el discurso que, al filo de los quinientos días de su mandato, ha

pronunciado ante el Pleno de las Cortes Españolas el presidente del Gobierno. Y en los casi cincuenta y

cinco minutos que duró ha expuesto con claridad y sereno verbo, con coherencia y precisión, un resumen

balance del desarrollo de su programa, formulado ante las mismas Cortes el 12 de febrero de 1974, y las

líneas principales que se propone seguir en su acción de futuro.

Destaquemos como positiva la triple afirmación fundamental, eje de todo el discurso: Primera: El

Régimen español ostenta legitimidad de origen. Segunda: La unidad nacional, excluyente de todo intento

separatista, pero inclusora de un tratamiento político sabedor de la diversidad regional, es postulado

inconmovible. Y tercera: Importante por el especial énfasis empleado por el presidente en su formulación,

la consciente rotundidad de que el futuro patrio pasa por la Monarquía, situando a la institución por

encima de toda posible discusión o debate políticos.

Esta trinidad de asertos, según palabras de don Carlos Arias, se traduce inmediatamente en una triple

consecuencia:

Primera: España ni está ni va a estar en situación constituyente. El Régimen no se encuentra en almoneda.

Con ello se rechaza de forma tajante cualquier interpretación favorable a tendencias de ruptura

constitucional.

Segunda: La Constitución española, que no es un todo cerrado ni anclado en el pasado, puede y debe

evolucionar, pero, precisamente, en el sentido de extraer la máxima potencia de sus postulados básicos.

Tercera: Por lo mismo, el principio de autoridad y su mantenimiento son fundamento de la acción de

Gobierno.

Dentro de estas coordenadas caben y son plausibles todas las opciones. Cierto que el presidente —y con

él su equipo ministerial— no se muestra en absoluto partidario de tesis reformistas avanzadas que

incluyan la revisión actual de nuestras normas constitucionales. Pero admite la legitimidad de estas

opciones, siempre que se produzcan por los cauces legales previstos en la Ley y con el respeto debido a

los Principios Fundamentales.

Consecuencias prácticas de este planteamiento son una serie de medidas inmediatas y de proyectos

concretos a plazo fijo que, siguiendo la pauta que ya marcó el presidente Arias en su discurso del 12 de

febrero de 1974 —y que nos parece altamente elogiable—, el Gobierno va a poner en marcha:

modificación por decreto, antes del 31 de agosto, de disposiciones con fuerza de ley, en la medida que sea

necesario, para regular la comparecencia de las Asociaciones en la presentación de candidatos a los

diversos procesos electorales; revisión de las condiciones que se exigen a las Asociaciones políticas para

la concurrencia electoral; igualmente, adopción de las medidas necesarias para su presencia en los medios

de comunicación social y desarrollo del Estatuto por vía reglamentaria. Todo ello implica, por lo pronto,

que no habrá prórroga de legislatura.

Al tiempo, y antes de un año, el Gobierno se propone presentar un Libro Blanco sobre la reforma fiscal.

Y, en otro orden de cosas, remitirá a la Cámara, antes del fin de 1975, un proyecto de ley que responda al

reto comunista y subversivo.

De entre la gama de temas directamente abordados por el presidente queremos destacar el repudio total al

comunismo y a cualquiera de los movimientos subversivos y sus satélites, y la especial mención del papel

de las Fuerzas Armadas; —garantía de la tutela del orden institucional— y de Orden Público.

El mantenimiento de la paz y la obligación que todos tenemos de transmitirla a las futuras generaciones es

asimismo punto que nos parece, más que significativo, importante y hasta trascendental, y, por supuesto,

merecedor de nuestro aplauso.

Pero un discurso político, de balance de lo realizado y de programa de futuro, no sólo debe valorarse por

aquello que en él se dice, sino también por lo que se omite.

Cuanto hasta aquí llevamos dicho es de importancia, y a su logro nos sumamos. Pero al tiempo, y en el

mismo sentido, entendemos que el país tiene planteados hoy problemas que bien hubieran merecido

mención, análisis e indicación del rumbo que piensa seguir el Gobierno. Destaquemos que éste, por boca

de su presidente, no ha considerado oportuno referirse a las siguientes y arduas cuestiones: el especial

momento por el que atraviesan las relaciones del Estado con la Iglesia; la crisis de la Universidad; las

posibles salidas y las medidas conducentes para superar el momento actual de recesión económica y

progresivo desempleo; nuestras futuras relaciones con Europa y Estados Unidos y, en cierto modo, una

mayor concreción en orden a las directrices que el Gobierno entiende deben enmarcar nuestra política

africana. Puntos todos ellos que, por su interés, habían despertado expectación, no colmada por el

discurso.

Y una última consideración critica, cuya valoración es forzoso dejar al desarrollo del programa del

presidente. Es evidente que, tras las palabras de don Carlos Arias, muchos españoles se sentirán más

seguros y menos desorientados. Eso es bueno. El Gobierno ha dicho cuáles son los límites tolerables de la

acción política. Pero cabe preguntarse si, al tiempo, habrá logrado otra finalidad esencial en estos

momentos de tiempo sucesorio: ¿cuántas nuevas adhesiones, sobre todo de las promociones más jóvenes,

se habrán alcanzado?

Si la bandera del 12 de febrero sigue en pie; si estamos en trance de pasar de un Régimen fundado en una

legitimidad carismática hacia otro, heredero de aquél, de objetivación racional; si todo ello tiende a que

no queden excluidos sino los que se quieran autoexcluir, parece que es llegado el momento de adoptar

medidas concretas, positivamente integradoras de unas masas, sobre todo jóvenes, a quienes se ha

despolitizado durante años y a las que sólo una fecunda, imaginativa política de realidades y de

participación llevará hacia la solidaridad con quienes hicieron posible el desarrollo espectacular de los

últimos años. La acción diaria de nuestros gobernantes habrá de derrochar comprensión y generosidad

para que los grandes valores que todos tenemos que defender —la paz, la justicia y la libertad— se

traduzcan en pilares concretos y cauces jugosos que doten al árbol del Régimen y a la Monarquía de la

nueva savia que va a necesitar en el futuro inmediato.

 

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