Autor: Arias Navarro, Carlos. 
 Discurso del presidente del gobierno ante las cortes españolas. 
 Compromiso Arias     
 
 Informaciones.    24/06/1974.  Página: 17-18. Páginas: 2. Párrafos: 65. 

DISCURSO DEL PRESIDENTE DEL GOBIERNO ANTE LAS CORTES ESPAÑOLAS

* Que nadie se engañe: No se aflojarán las riendas de la autoridad.

* Uno mi voz para rendir homenaje a las fuerzas de orden público y de seguridad del Estado.

* Las modificaciones legales para que las asociaciones concurran a las elecciones de otoño.

* Rechazamos de plano la «ruptura democrática», que no es otra cosa que la bárbara actitud de partir de

cero.

* Las reformas constitucionales son posibles si no contradicen los Principios Fundamentales.

* Pero permitidme que ponga en cuarentena la eficacia de las actitudes reformistas.

* Continuar no es recrearse ni inmovilizarse en el pasado.

* Debemos servir la causa de hacer transitable al paso de un Régimen personal y fundacional a un

Régimen objetivado e institucional; desde el protagonismo político de Franco al protagonismo del pueblo

español.

* De aquí a un año: Libro Blanco sobre la reforma fiscal.

COMPROMISO ARIAS:

Exclusión radical del comunismo

* «No hay un solo ejemplo en el que la concurrencia comunista en el juego democrático haya sido

sincera»

* Antes de fin de año el Gobierno enviará a las Cortes un proyecto de ley sobre la materia Unidad

nacional intangible

* «Deben quedar inapelablemente proscritas las posiciones separatistas»

* «Esta actitud no comporta falta de sensibilidad hacia el tema regional»

La Monarquía de Juan Carlos

* «La institución monárquica debe quedar por encima del debate político»

Texto íntegro del discurso pronunciado por el presidente del Gobierno.

Señores procuradores:

En dolorida y e1ocuente oración fúnebre, el presidente de esta Cámara ha reflejado con absoluta fidelidad

los sentimientos de todos nosotros, expresando nuestra profunda aflicción —la honda aflicción de

España— por la desaparición de aquel hombre de paz y mediación, por Dios enriquecido con la gracia de

la concordia, que fue Fernando Herrero Tejedor. Con su definitiva ausencia se ven privadas las Cortes

Españolas de un gran parlamentario que a lo largo de tantas legislaturas dejó 1a huella de amplios

conocimientos jurídicos y clara visión política; se ve privado el Gobierno de un ministro eficacísimo que,

en el breve espacio de tres meses, se había identificado, en responsabilidad y sentido de la urgencia, con

la tarea encomendada. Y todos nosotros sentimos dolorosamente el vacío de su amistad cálida y cordial.

Con razón podríamos también increpar a la muerte preguntándole dónde está su victoria; porque si en el

plano sobrenatural nos asiste la esperanza de que la fe plenamente vivida por Fernando Herrero Tejedor le

ha hecho acreedor a la eterna bienaventuranza, en la dimensión temporal, ya nada podrá apartarnos de

su memoria, de su ejemplo y del único homenaje eficaz: proseguir en la misma línea de esfuerzo, en la

que él de forma tan destacada colaboró.

Para cubrir su baja tan acusadamente perceptible, había que encontrar un hombre en el que predominara

también el talante de integración y diálogo. Desde esa fundada presunción, el nuevo ministro José Solís

pasa a integrarse en un equipo coordinado y jerárquico con una teoría de propósitos ya elaborada, que él

servirá, con su acostumbra da eficacia y acreditada lealtad. Entre los temas varios y complejos que

reclaman su atención, destaca por su especial relevancia el del asociacionismo, que Solís sabrá, conducir

a buen puerto, pues no en vano fue uno de los más cualificados promotores desde los inicios de su

planteamiento.

Al filo de los quinientos días de mi mandato, he querido acudir ante vosotros para exponer en alta voz,

serena y reflexivamente, las preocupaciones y los problemas del apasionante momento que vivimos; para

hablaros, en definitiva, de política.

Cumplo, con ello, un imperativo indeclinable. Porque si las Cortes son el órgano superior de participación

del pueblo español en las tareas del Estado; el Gobierno, que de termina la política nacional, debe

mantener con ellas un permanente diálogo haciendo de vez en cuando un alto en el camino que sea al

propio tiempo examen y propósito, recapitulación y proyecto.

EL MÁSTIL DEL 12 DE FEBRERO EN EL TERRENO DE LA AUTORIDAD

El 12 de lebrero de 1974 tuve el honor de exponer aquí unas líneas programáticas con las que

pretendíamos significar los grandes rumbos que, en mi opinión, debían orientar el hacer de mi Gobierno.

Bajo dichas líneas yacían —y las sustentaban— una filosofía política, un espíritu que —parece

innecesario advertirlo— ni pretendía ni podía ser de distinto linaje que el espíritu del régimen y de su

historia. Quería sin embargo representar un serio y honesto esfuerzo por ampliar el horizonte de

participación inserto en la letra de la Constitución, por sentar las bases —como en aquella ocasión

dijera— para transitar sin zozobra desde el consenso de adhesión que define al régimen en el tiempo de

Franco, al consenso de participación institucional en el que habrá de fundamentarse la Monarquía de

mañana.

Desde mi responsabilidad de gobernante y aunque consciente de que al optar por esta vía acrecentaba el

cuadro de dificultades que habría de superar, entendí que venía obligado, por razón de la salud nacional, a

acometer con decisión el desarrollo político. La confianza del Jefe del Estado, su permanente consejo y

providente asistencia disiparon las últimas reservas y me alentaron a progresar por aquel camino.

Si me dejase ganar por la tentación de la comodidad sin interponer el dique de la reflexión, me resultaría

fácil alejar de mi pensamiento la preocupación por el futuro, instalarme e instalar la política del Gobierno

en el ámbito estricto del presente señoreado por el magisterio, la autoridad y la seguridad del Caudillo. Mi

conciencia no me permite tal actitud. El pulso de la realidad y el deber de la previsión me dicen que

precisamente ahora debemos servir la causa de hacer transitable el paso desde un régimen personal y

fundacional a un régimen objetivado e institucional desde una legitimidad carismática a una legitimidad

racional, desde el protagonismo político de Franco al protagonismo del pueblo español vertebrado en el

entramado jurídico de nuestras instituciones y culminado por la Monarquía, tan dignamente titularizada.

Nos proponemos seguir nuestro propio camino. Como ya he reiterado en anteriores ocasiones, la bandera

del 12 de febrero sigue firmemente izada, sin que sea lícito identificarla con azarosas circunstancias

políticas del momento, lógicamente cambiantes. La bandera del 12 de febrero sigue enhiesta, y porque

queremos que continúe ondeando con vibración de convocatoria a todos los españoles, nos importa

afirmar su mástil en el terreno que obligatoriamente ha de sostenerla: el terreno de la autoridad. Porque

ésta constituye un legado que me fue confiado al iniciarse mi mandato y he de restituir íntegro a su

término, y porque nada está más necesitado de autoridad que el propósito de ensanchar los niveles de

participación y convivencia.

TORCIDAS INTERPRETACIONES

Nada hay más fácil ni peligroso que el verbalismo en la tarea de gobierno; porque a veces los hechos se

vuelven contra las palabras vacían dolas de contenido, o se encargan de ofrecer una imagen real, distinta

de la proclamada, con la consiguiente perdida de crédito. El Gobierno, por ello, al anunciar su programa,

fijándose objetivos muy concretos y obligándose incluso a cumplir algunos de ellos en plazos

determinados, se inspiraba en el firme criterio de que con escrupuloso respeto a nuestros Principios era

posible encontrar respuesta a las necesidades de nuestro tiempo. Precisamente con esa actitud de respeto

estaba dispuesto a llegar a soluciones más generosas e integradoras.

Tengo que señalar, sin jactancia, que la enunciación de aquellos propósitos suscitó un amplio eco de

expectación y —¿por qué no decirlo?— de ilusionada esperanza. Pero tengo que reconocer igualmente,

sin dramatismo pero con amargura, que surgieron algunos obstáculos muy difíciles de salvar y que, sin

duda alguna, erosionaron los resultados de una operación en extremo delicada.

Hubo sectores que interpretando equivocadamente aquellos enunciados como exponentes de una situación

de debilidad, creyeron ver muy próximo el final del Régimen. Más tarde, en los días (angustiosos para

nuestro pueblo) de la enfermedad del Jefe del Estado, felizmente superada, se figuraron llegado el

momento de crear un clima de liquidación. La subversión afiló sus armas, y al tiempo que recrudecían las

actividades del terrorismo, desde otras instancias más sutiles pero igualmente peligrosas se formularon

hábiles convocatorias falsamente democráticas, lógicamente coreadas por el arrivismo y el miedo. A los

profetas de calamidades tenemos que recordar, como ya lo hiciéramos en Barcelona, que rotundamente

nos negamos a aceptar cualquier planteamiento que desde la subversión o desde la cobardía pretenda

arrinconar nuestros Principios o hacer de ellos una reliquia olvidando que son semilla facunda en frutos

de convivencia entre los españoles. (Aplausos.)

PARTICIPACIÓN DEL PUEBLO, PERO SIN RIESGOS

No han faltado tampoco quienes enturbiando la claridad de aquellos enunciados o salvando tal vez la

recta intención de los propósitos estimaron que su puesta en práctica resultaba incompatible con las

propias esencias del Régimen, que según ellos eran minadas en sus cimientos.

Para ellos repetiré lo que tuve oportunidad de afirmar en la ya recordada ocasión: que para conseguir el

gran objetivo político de asegurar la comparecencia activa del pueblo español en todos los órdenes de la

vida comunitaria no asumiremos riesgos innecesarios, pues no estamos dispuestos a renunciar ni a poner

en juego aquellos supuestos que justamente han hecho posible ese venturoso propósito de hoy.

Hubo también, y es noble reconocerlo, desfases en la gestión del programa, y algunas faltas de

sincronización; pérdidas de ritmo, en definitiva, pero nunca variación en los objetivos.

Ahora, al echar la vista atrás y contemplar la distancia recorrida, al ponderar incluso las disfunciones, los

efectos no queridos, generados por nuestra decisión, debo confesaros que me ratifico de pleno en ella. Es

inimaginable que pueda abordarse una tarea seria de evolución y modernización política y que no

pretendan hacerse oír voces desacordadas que entonan desde el canto engañoso de la sirena al trueno

apocalíptico de las catástrofes. Sepan que ni las sirenas conseguirán seducimos, ni los truenos

intimidarnos.

ASOCIACIONES: QUE DEN EL PASO ADELANTE LOS QUE DUDAN

He pasado por alto una serie de proyectos que están en el ánimo de todos. Algunos que requerían la

promulgación de normas especiales han cristalizado ya en los correspondientes textos. Otros, de

innegable trascendencia, como la reforma del Régimen Local o las incompatibilidades parlamentarias,

están pendientes de la oportuna decisión de estas Cortes.

No quiero eludir un punto especialmente polémico: el Estatuto Jurídico del Derecho de Asociación

Política, que desde el momento mismo de su nacimiento fue objeto de las más encontradas opiniones.

No podía sorprendernos la oposición frontal de quienes pretendían que, graciosamente se hubiera puesto

en sus manos el instrumento para hacer saltar los goznes del sistema.

Pero sí tengo que llamar la atención sobre aquellas otras marginaciones surgidas al aire de manifiestos

afanes de protagonismo, o insolidaridad, o bien de recelos y cautelas ante una vía que se les antojaba

estrecha e incomoda. Cuando, desde la Televisión Española, anuncié la presentación del Estatuto, indiqué

claramente que ofrecíamos un texto perfectible; que su propia andadura haría camino; que la experiencia

nos permitiría ir completándole con pasos firmes y seguros, según demandase la conveniencia nacional.

Me importa salir al paso de cuantas opiniones se han manifestado con notoria ligereza, apresurándose a

calificar de frustrada la ordenación asociativa. Persuadidos de que tal apreciación es absolutamente

errónea, estamos dispuestos a insistir con tenacidad en la vía asociativa, hasta lograr que no sólo la

norma, sino la praxis, aseguren la presencia de las asociaciones en todos los ámbitos de la concurrencia

política.

Por ello quiero alentar desde aquí a cuantos noble, limpia y desinteresadamente se han sumado a la tarea

de hacer más fácil, plural y abierta nuestra convivencia por los cauces del asociacionismo. Debo

reconocer que traigo muy especial interés en llamar, una vez más, a la reflexión a cuantos se encuentran

sumidos en vacilaciones para que den el paso adelante a que están obligados, muy singularmente los que

en momentos también difíciles rindieron estimables servicios al país. Su contribución es hoy necesaria y

exigible para configurar un futuro de convivencia pacífica y de entendimiento generoso.

GARANTÍA DE LAS ASOCIACIONES EN EL PROCESO ELECTORAL

Nos encontramos, por otra parte, ante un inminente proceso electoral. Las elecciones del próximo otoño

serán la gran ocasión para que el movimiento asociativo se vea decisivamente consolidado. Para facilitar

la comparecencia asociativa en las elecciones y adecuar, desarrollándolos, algunos preceptos del Estatuto

a determinadas exigencias del momento, os anuncio:

1.º La modificación por decreto, antes del 31 de agosto, de disposiciones con fuerza de ley, en la medida

que sea necesario, para regular la comparecencia de las asociaciones en la presentación de candidatos a

los diversos procesos electorales. Se hará uso para ello de la autorización concedida en la segunda de las

Disposiciones Finales del decreto-ley de 21 de diciembre de 1974.

2.º Antes de la indicada fecha, y también por decreto, la revisión de las condiciones que se exigen a las

asociaciones políticas para la concurrencia electoral. En este punto, espero del Consejo Nacional que

ejercite la facultad de propuesta que le confiere la Disposición Adicional segunda del Estatuto, con

tiempo suficiente para el cumplimiento de dicho compromiso.

3.º La adopción, en igual plazo, de las disposiciones que permitan la presencia de las asociaciones en los

medios oficiales de comunicación social.

4.º El desarrollo reglamentario en lo que sea preciso, fraccionada o unitariamente, de los preceptos del

Estatuto antes del 31 de diciembre del presente año.

LAS EMPRESAS REFORMISTAS, HOY POR HOY, EN CUARENTENA

Rechazamos de plano lo que con eufemismo se llama "ruptura democrática" y que no es otra cosa que la

bárbara actitud de partir de cero. Sin embargo, hemos de detenernos unos momentos en un tema

planteado con distintas intenciones y con evidente insistencia: el de la reforma constitucional.

Hay que hablar un lenguaje claro, sin miedo a las palabras, precisando su alcance para no perdemos, una

vez más, en un juego dialéctico y estéril. Nuestra Constitución no es un todo cerrado; ni siquiera ha sido

promulgada en un solo momento. Casi desde las horas primeras de nuestra guerra —y con tanta más

fuerza cuanto más larga y costosa era la conflagración— se hacía patente el deseo de evitar que el tributo

de tanta sangre joven, vertida con alegre generosidad, se perdiera por nuevos enfrentamientos en 1a

existencia colectiva, por ello, cuando todavía los frentes de batalla ofrecían un panorama incierto, se

promulgó el Fuero del Trabajo, testimonio del ambicioso aliento constituyente del Régimen. Una tras otra

se sucedieron las Leyes Fundamentales, ampliamente distanciadas en el tiempo, porque era preferible

someter con realismo nuestro orden político a la prueba de su experiencia que fiar la configuración de

nuestro futuro político al mas o menos feliz arbitrio de los constitucionalistas. Las leyes son para los

pueblos y no a la inversa. El carácter abierto de nuestro edificio constitucional no impide hacerlo más

completo; admite previsoramente la posibilidad de su reforma, señalando los procedimientos.

Ciertamente, las reformas son posibles, siempre que estén inspiradas —o no los contradigan, al menos en

nuestros Principios Fundamentales, que por su propia naturaleza son permanentes e inalterables. Pero es

la prudencia política la que ha de marcar las pautas, señalar las cadencias y elegir el momento en que

aquéllas sean aconsejables. Las primeras piedras son fáciles de poner; tienen tales acontecimientos un aire

de fiesta y solemnidad, al que hay que saber sustraerse, pues lo difícil es terminar el edificio y llenar de

vida la frialdad de sus muros.

Con el respeto que merece cualquier opinión guiada por el deseo de hacer cada día una Patria mejor y más

grata, donde se sientan cobijados todos los españoles, permitidme que, hoy por hoy, ponga en cuarentena

la eficacia de las empresas reformistas; admitid también mis dudas de que, quienes con evidente buena fe,

las preconizan, ¿pero podrán fijar límites y contar con las suficientes garantías de que no serán rebasados,

derivando hacia una aventura demasiado peligrosa?

NUESTRO FUTURO NO ES POLÉMICO

Creo firmemente que la gran tarea de esta hora es la de dar cima a nuestro edificio constitucional,

extrayendo todas las virtualidades que encierra, flexibilizando las rigideces que el tiempo ha hecho sentir

y dando el aliento preciso a cuantas estructuras e instituciones lo requieran. Yo sé que esta labor es más

ingrata y menos lucida, pero creo igualmente que es el momento de la colaboración, de la solidaridad y

del esfuerzo en común.

Nuestro futuro, el futuro político español no es, como algunos quieren presentarlo, una tierra de

promisión sujeta a condición suspensiva. Tampoco es una interrogante amenazadora planeando sobre

nuestras cabezas. Y mucho menos es un concepto susceptible de confrontación polémica con el presente,

desde la presunción de suponerlos antagónicos. Estoy seguro de que acreditará su filiación legitima

respecto al presente y al pasado del que deriva. En otras palabras, cuantos acomodan su conducta política

a la espera de encontrar fracturas o discontinuidades; cuantos rechazan la legitimidad de nuestro orden

político y postulan supuestas ocasiones constituyentes; cuantos pretenden replantear los fundamentos de

nuestro vivir colectivo están incurriendo, aun para sus propias aspiraciones, en el más evidente de los

errores.

A la nueva sociedad española corresponde la más ardua de las tareas. Aquella quizá para la que los

españoles nos hemos sentido históricamente menos vocados: la tarea de continuar, pero con la misma

firmeza, con la misma convicción que he sostenido las afirmaciones anteriores, debo decir ahora que

continuar no es recrearse ni inmovilizarse en el pasado. La tarea de continuar puede consistir en innovar,

perfeccionar y engrandecer. He querido, señores procuradores, tomar esta Cámara en su significación

representativa, porque quiero que sea también testigo de la proclamación que el pasado día 20 hice ante el

Consejo Nacional del Movimiento: España y el Régimen no están en almoneda. (Aplausos.) El Régimen

tiene vocación y capacidad de permanencia, pero a nosotros toca acreditar1ar actuando eficazmente esta

voluntad de futuro mediante un haz de razonables medidas de modernización.

FALSA E INADMISIBLE IMAGEN DE LA ESPAÑA REAL

Como moneda de fácil circulación en el lenguaje político se admite hoy la distinción entre lo que se

denomina la España oficial y la España real. Se pretende establecer un antagonismo entre una y otra, una

oposición de intereses y hasta un desprecio mutuo, que los adelantados de la nueva era ofrecen superar,

derribando nuestro edificio constitucional para edificar sobre su solar el ágora de unas supuestas

libertades democráticas.

Se explotan las deficiencias, se magnifican los errores, se alienta el descontento y se cargan en el «debe»

del sistema no sólo los propios fallos, sino todas las insuficiencias anejas a cualquier forma de

organización de la convivencia ciudadana. De una etapa signada por el triunfalismo, precisamente cuando

el país daba los primeros pasos para sacudirse la miseria y el subdesarrollo, se ha pasado a otra de feroz

crítica ribeteada por la negrura del pesimismo. Al amargo sabor que dejan las acciones terroristas se

suma, con habilidad, la inquietud por el tránsito a la instauración de la Corona y finalmente en los

distintos estamentos de la vida nacional aparecen los pescadores de aguas turbias, en compañía de los

resentidos, los oportunistas y los ingenuos. (Aplausos.)

No podemos admitir, sin afrenta para nuestro pueblo y sin dar muestras de miopía o de falta de

sensibilidad inadmisible incluso en cualquier persona mediana mente informada, que sea esta la imagen

de una España real. No; no es esta su imagen, sino la artificialmente creada por sus adversarios que no

han perdonado nunca su orden, su paz, su trabajo y su firme propósito de alcanzar, palmo a palmo

(porque nada se nos ha regalado) las más ambiciosas metas de convivencia pacifica en la libertad y en el

desarrollo.

Esa es España, la única España. La que, bajo el mando de Franco, ha pagado un precio muy alto por

zafarse primero de la esclavitud y desembarazarse después del aislamiento y de la pobreza; la que, al

tiempo que redama una mayor autenticidad en las estructuras y una participación activa en todos los

niveles de la vida comunitaria, rechaza de plano las insinuaciones y las promesas de los falsos apóstoles

de la libertad; la que quiere incorporarse plenamente a las corrientes del mundo occidental, adaptándose a

las circunstancias del momento sin desnaturalizarse ni dejar en el camino girones de su propio ser. Esta

España, la de la moderación, el trabajo y la esperanza, es la que está contemplando atónita un cliché que

no le corresponde; es la que reclama medidas que garanticen sin sobresaltos, dentro de nuestro amplio

marco constitucional, la paz de que disfruta y que reflejen igualmente las venturosas transformaciones

que viene registrando nuestra realidad social.

NO AL COMUNISMO NI AL SEPARATISMO

En el entramado de nuestro ser hay rasgos que definen la propia identidad y que, como suscritos por la

inmensa mayoría del pueblo español, requieren una afirmación expresa y un compromiso formalmente

aceptado de mantenerlos, por encima o al margen de las legitimas opciones y de las plurales

interpretaciones que son inherentes a la diversidad de planteamientos que admite la configuración de la

vida pública.

Esos rasgos se expresan en la siguiente trinidad:

1.° En el carácter incuestionable de la legitimidad de origen de nuestro Régimen. El aliento espiritual que

le fue isfundido desde sus momentos augúrales nos obliga a trazar una frontera que excluya radicalmente

al comunismo en sus distintas tendencias, grupos o manifestaciones. Lo repudiamos sin reservas por su

inspiración marxista, opuesta diametralmente a las convicciones de nuestro pueblo; por la lealtad que

debemos a la sangre derramada y porque la experiencia no es capaz de ofrecernos un solo ejemplo es el

que la concurrencia comunista en el juego democrático haya sido sincera; por el contrario, ha sido una

palanca táctica para, alcanzado el poder por uno u otro expediente, sumir a los pueblos que lo padecen en

la más oscura tiranía. (Aplausos.)

Ante el reto que ha lanzado a nuestro país el comunismo, solo o aliado con otros elementos disolventes,

no regatearemos ningún esfuerzo. Y os anuncio que, además de emplear a fondo todos los resortes con

que cuenta el Poder, el Gobierno enviará a las Cortes, antes de fin de año, un proyecto de ley especial

sobre la materia. (Aplausos.)

2.° En la afirmación de la unidad nacional, unidad entre los hombres y las tierras de España, en frase que

ha hecho familiar el Caudillo. En política, casi todas las verdades se escriben con minúscula; pero es

necesario destacar con mayúscula el mínimo haz de aquellas verdades que dan firmeza al terreno que

pisamos y son como la columna de unanimidad sobre la que levantar la bóveda que acoja las

pluralidades. Pues bien, la unidad de la nación española es una de esas inconmovibles verdades capitales.

La nación resume la solidaridad de las generaciones que nos precedieron, de las que hoy coexisten en el

solar patrio y de las que habrán de sucedemos.

La unidad nacional es un legado sagrado, de obligada transmisión en los mismos términos de

intangibilidad con que se recibe. Por todo ello, deben quedar inapelablemente proscritas las posiciones

separatistas. (Aplausos.) Y no quiero dejar de manifestar que esta actitud no comporta falta de

sensibilidad hacia el tema regional y las aspiraciones de los pueblos de España, legítimamente orgullosos

de su propia identidad.

El Gobierno examina en estos momentos un vasto plan de actuación de desarrollo regional, atento a los

aspectos técnicos, a las desigualdades de renta, a los fenómenos migratorios y a las peculiaridades

idiomáticas y culturales. Un amplio estudio en el que participarán intensamente los elementos mas activos

y cualificados de cada una de las regiones, constituirá el mejor punto de partida para la adopción de las

medidas pertinentes.

LA INSTITUCIÓN MONÁRQUICA POR ENCIMA DEL DEBATE POLÍTICO

3.° El reconocimiento de la forma monárquica del Estado, cuya corona ceñirá, en su día, el Príncipe don

Juan Carlos de Borbón. La Monarquía, que culmina nuestro orden institucional, ha de ser expresión de la

indisolubilidad última de la nación y suprema instancia arbitral de la concurrencia política. Ratificada por

la libre voluntad del pueblo español, la institución monárquica debe quedar por encima del debate

político. La Corona no es una opción contingente, sino la síntesis de una historia y el símbolo de la

continuidad nacional, trascendida de la sucesión de las generaciones.

La propuesta de Franco, refrendada por estas Cortes que proclamaron a don Juan Carlos de Bortón

sucesor a titulo de Rey, en la Jefatura del Estado, es bastante más que una esperanzadora promesa..

Representa la segundad del mañana de nuestra Monarquía por concurrir en su persona los atributos de

patriotismo, serenidad, prudencia y fortaleza, requeridos para tan alta magistratura. Forjado en el yunque

de las virtudes castrenses y curtido en el diario contacto con los grandes problemas del país, la lealtad a su

juramento y la ejemplaridad de su conducta ennoblecen cada vez más su figura.

A la fina sensibilidad popular no han escapado su espíritu de entrega y sacrificio ni la difícil elocuencia

de alguno de sus silencios que acreditan su plena capacitación para regir, cuando sea llamado, los destinos

de la nación. (Aplausos.)

Señores procuradores: La Providencia ha regalado a España, con la persona de don Juan Carlos, juventud

y madurez, firmeza y capacidad de entendimiento, profundo sentido de las convicciones y abierto espíritu

de concordia. En vuestro nombre, en el de la nación entera, queremos que nuestra voz entre en su hogar,

en la fecha familiarmente entrañable de su onomástica, para expresarle, respetuosamente, la cordial

felicitación del pueblo español y reiterarle el homenaje de simpatía y adhesión que su presencia suscita en

cuantas ocasiones recorre nuestra geografía. (Aplausos.)

TOMA DE CONCIENCIA

El anunciado triple compromiso a nada obliga en orden a una participación activa en los distintos cuadros

de la actividad política; pero obliga a mucho en la toma de conciencia y en las actitudes ante el acontecer

continuo de la vida pública. Tan compatible es con la adscripción formal a organizaciones de fines más

concretos, como con posturas, en este sentido, inhibitorias. Yo diría que es un compromiso de honor, de

trascendencia nacional, de resonancias incalculables, que erige al pueblo español en custodio primero y

último de su propio destino.

A todos sin distinción, invito a asumirlo firme, libremente, y a expresarlo de manera sencilla, pero, al

mismo tiempo, rotunda, explícita y formal, como manifestación incontestable de nuestra fe en España y

de nuestra esperanza en el futuro

FUERZAS ARMADAS; RECONOCIMIENTO Y GRATITUD

Quisiera hacer especial mención de las fuerzas armadas y expresar, con mi agradecimiento, el de toda

España a su actitud serena, sobria y equilibrada.

Algunas voces interesadas se han alzado últimamente con una petición de lealtad, que resulta insultante

para quienes han hecho de su vida y de su muerte un compromiso de honor con la Patria. Ni los halagos

de unos ni las insinuaciones de otros podrán apartarles de ese compromiso.

Somos conscientes de que las fuerzas armadas saben perfectamente que, entre sus altas misiones, se

encuentra la de garantizar la tutela del orden institucional, al servicio de la verdad permanente de España,

aun con el sacrificio de legítimas opciones.

Creemos también necesario dejar sentado el ineludible deber de prestar la atención y las asistencias

precisas para que los Ejércitos cuenten, en el plano personal, con la preparación y la dedicación

inherentes a sus funciones: en el material con el armamento y los medios adecuados a su potencial

operativo, y, en el orgánico y funcional, con los esquemas que exige la defensa nacional en los tiempos

actuales.

No podría terminar esta breve referencia a las fuerzas armadas sin expresar mi reconocimiento, en estos

momentos, a su prudencia y valor en el Sahara y a su plena compenetración con las misiones que España

desempeña en aquel territorio, sin ceder a la provocación o a la amenaza.

LIBRO BLANCO DE LA REFORMA FISCAL

Como hemos indicado, nuestro Régimen expresó desde sus comienzos, una clara vocación social, que se

ha ido proyectando a lo largo del tiempo en realizaciones de signo cada vez mas ambicioso.

En el área laboral y sindical la reciente regulación de derecho de huelga y de reunión apunta un camino en

el que procuraremos progresar con decisión dentro del marco unitario de ese gran instrumento para el

diálogo y la armonización de intereses que es la Organización Sindical.

Conviene no olvidar que las medidas de promoción social si no están respaldadas por un incremento

creciente de actividad económica, son simples proclamas demagógicas. El desarrollo paralelo en los

órdenes económico y social ha sido constante en las preocupaciones del Régimen, convencido de que lo

social, aun cuando incida de un modo específico en el mundo de las relaciones laborales, tiene un radio

más amplio que trasciende al plano total de la existencia. Puesto que es preciso cubrir, con recursos cada

vez más importantes, desde necesidades primarias, como las de vivienda, educación o sanidad, hasta

aquellas otras de índole más elevada, como el acceso a los bienes de la cultura y la ocupación del ocio. Al

mismo tiempo es preciso corregir un defecto al que se muestra particularmente proclive cualquier proceso

de creación de riqueza: el de los desequilibrios en su distribución y las injustificadas desigualdades de las

rentas.

El Gobierno, por conocer perfectamente la complejidad de la situación económica y el efecto

multiplicador de las medidas que se adopten en este sector, ha considerado que en el orden de prioridades

de su gestión no podía faltar el de una reforma, en profundidad, del sistema tributario, concebido como un

instrumento técnico al servicio de una política social de gran alcance.

Los estudios realizados, en fase ya muy avanzada, nos permiten anticiparos la publicación, en plazo no

superior a un año, de un Libro Blanco de la Reforma Fiscal. La amplitud del plazo y el sistema elegido

son consecuencia de la importancia que se atribuye al tema en el que han de estar implicados todos los

sectores, pues de su acierto dependerán el progreso material del país, su crecimiento armónico y su

sentido de solidaridad, cada vez más acusado, ante nuestro destino común.

LA PAZ, INCUESTIONABLE DERECHO DEL PUEBLO ESPAÑOL

Van a cumplirse treinta y nueve años de la hora fundacional del régimen. La paz es el paisaje que ha

enmarcado las biografías de la gran mayoría de nuestros compatriotas. Siempre se tiende a desconocer el

valor de aquello que nos es dado como un don gratuito: sin embargo y no sólo desde la reflexión

circunstancial de que nuestra edad nos permitiera vivir horas más trágicas de la existencia de la patria,

sino desde nuestra responsabilidad de gobernantes, tenemos el deber de afirmar que existe un patrimonio

de dolor y de sangre, de abnegaciones colectivas de trabajos solidarios— del que el pueblo español será el

más celoso custodio. Proclamamos nuestro propósito de mantener intacto ese sagrado patrimonio y lo

proclamamos no sólo para nosotros, sino ante todo el país, ante sus nuevas generaciones —que, al no

haber protagonizado el tiempo difícil, pueden propender a subestimar el orden conquistado— y ante la

opinión pública mundial que, parece contemplar el acontecer político español con una expectación que un

análisis severo de los datos en presencia no conduce a considerar justificada.

El mundo se encuentra hoy sacudido por las convulsiones de una ola de violencia. El lamentarse, en nada

nos exime de atajar los brotes aparecidos en nuestro suelo; pues el Gobierno, en atención a las

circunstancias de cada momento y a la distinta naturaleza de las situaciones, tiene que dar la respuesta

adecuada, haciendo uso de los medios ordinarios de que dispone ó recurriendo a medidas extraordinarias

cuando sea preciso.

Lo incuestionable es el derecho de nuestro pueblo a que se mantengan intactas 1as bases de la

convivencia nacional y la absoluta necesidad por parte del poder público de proteger la paz ciudadana

contra los intentos perturbadores en forma decisiva y contundente. Una vez más lo repito: que nadie se

engañe, que nadie piense que vamos a aflojar las riendas del principio de autoridad. No habrá tregua

contra la subversión, ni vacilaremos en aplicar los remedios, todos los que sean necesarios, para

garantizar plenamente el orden que durante casi cuatro décadas viene disfrutando el pueblo español.

Midiendo esa correlación entre derecho y deber en su exacta dimensión y ante la escalada de las acciones

terroristas en las provincias de Guipúzcoa y Vizcaya, el Gobierno consideró que había llegado el

momento de declarar en ellas el estado de excepción. Aunque las actuaciones que con tal motivo se

practican estén siempre rodeadas de una elemental reserva. los hechos que todos conocéis han venido a

constituir por si solos la prueba más elocuente de la absoluta necesidad y oportunidad de tal declaración.

Uno mi voz a la vuestra, que representa a la de todos los españoles, para rendir homenaje a las fuerzas del

orden público y de seguridad del Estado, que con abnegación y hasta con la ofrenda de sus vidas, vienen

realizando una ardua y altísima misión: la de mantener ese clima de tranquilidad que es presupuesto

indispensable para el normal desenvolvimiento de la vida ciudadana. A estos hombres, celosos y

sacrificados guardianes del orden público, nuestro continuo aliento y el testimonio de gratitud de un

pueblo que trabaja y descansa en un ambiente de paz, porque sabe de su entusiasmo, de sus desvelos y de

su vigilia permanente (Aplausos).

Señores procuradores. No quisiera extenderme en consideraciones que hagan más dilatada esta

exposición. Al aproximarme al primer tercio del camino que la ley ha fijado a mi mandato, solamente he

pretendido hacer un balance de la situación precisamente ante vosotros, a quienes anuncié en febrero del

año pasado las líneas directrices de mi programa de gobierno y a quienes rendiré cuenta con la

periodicidad que las circunstancias aconsejen, de las distintas fases de su ejecución.

PROCLAMACIÓN DE ESPAÑA, FRANCO Y LA MONARQUÍA

He querido igualmente limar impaciencias, crear estímulos y encender esperanzas; no pretendo dóciles

asentimientos ni rehuyo las criticas bien fundadas. Soy consciente de que, por imperativo constitucional,

la responsabilidad de la determinación política que compete al Gobierno es indelegable, y por ello pido a

Dios que me ilumine y me dé fuerzas para acertar en este tiempo de manifiestas dificultades También le

pido que me conceda el apoyo de cuantos —por encima de discrepancias ocasionales, diferentes

entendimientos ideológicos, vivencias personales distintas— tienen necesariamente que coincidir en el

territorio común y compartido del patriotismo.

A veces me asalta la dolorosa sospecha de que, ganados por la comodidad o la moda, hemos incurrido

todos en el pudor de omitir las grandes palabras. Y, sin embargo, tenemos el deber de restituirnos la

gallardía de pronunciarlas. Tenemos el deber de decir España, y saber que al hacerlo no estamos

utilizando un expediente retórico, sino apuntando a un proyecto hospitalario con dimensiones para

albergar a treinta y cinco millones de hombres de nuestro tiempo. Tenemos el deber de decir democracia

y saber que al hacerlo, no buscamos una coartada para conseguir la complacencia exterior, sino que

expresamos una voluntad autentica de no regatear al pueblo español, en nombre de nada ni de nadie, el

protagonismo de sus destinos históricos. Tenemos el deber de decir lealtad y saber que ésta no puede ser

un refugio para la rutina, el privilegio y la repetición, sono un deber de reflexión, de ahondamiento, de

búsqueda para encontrar en el patrimonio de nuestra identidad la raíz de las soluciones para el tiempo

nuevo. Tenemos el deber de decir monarquía, sin la más leve reserva ni tentación de justificación, sino

como expresión ilusionada de nuestra clara confianza en el futuro que representa el Príncipe de España. y

tenemos el deber de decir Franco, con una inmensa gratitud aflorando a nuestros labios. (Aplausos.) En su

nombre, en el sentido profundo de nuestra historia próxima, entendida como hazaña por la conquista de la

modernidad, me permito invocar vuestra colaboración aun para aquellas tareas que pudieran resultar a

muchos sentimentalmente más ingratas. El sagrado nombre de España nos lo exige.

Muchas gracias.» (Grandes aplausos.)

24 de junio de 1975

INFORMACIONES

 

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