Autor: Seco Serrano, Carlos. 
   Acotaciones a una campaña electoral     
 
 ABC.     Página: 3, 5. Páginas: 2. Párrafos: 11. 

EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA, SOCIEDAD ANÓNIMA

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ACOTACIONES A UN A CAMPAÑA ELECTORAL

Por Carlos SECO SERRANO

A mi modo de ver, el resultado de las elecciones del 1 de marzo ha puesto de relieve, a n te todo y

sobre todo, un hecho que abres amplio margen al optimismo: la prudencia y la sensatez con que se

conduce, a la hora de la verdad, el ciudadano medio-, la ancha base moderada que la sociedad española

viene interponiendo —desde el referéndum de diciembre de 1976— a los dos «frentes» de la vieja

tradición maximalista, siempre abocada a confrontaciones en guerra civil.

Sí; el ciudadano medio español ha demostrado, una vez más, sagacidad y madurez —«mesura», según ©I

exacto vocablo castellano— al mantener intacto su buen criterio, pese a la ofensiva propagandística de

izquierdas y derechas, más encaminada a derrocar a! centrismo que a desplegar y defender programas

para una auténtica alternativa de Gobierno. Poco antes de iniciarse la campaña electoral, una alta

personalidad política catalana —no vinculada precisamente a UCD— me hizo, en Barcelona, cálida

alabanza de la obra realizada desde el Poder por el presidente Suárez. Y añadió: «Lo Que ha conseguido

es casi milagroso. Cuanto se viene diciendo para desacreditarle, y especialmente las gratuitas acusaciones

de ´Incumplimiento de promesas», es injustísimo.»

A propósito de ese supuesto «incumplimiento» hablaba yo no ha muchos días con un modesto vecino de

mi modesto barrio madrileño. «Mire usted —me dijo—, los españoles no somos tontos y sabemos

discernir dónde está la razón.» El 1 de marzo, «la razón» no se dejó cegar por lo que era «injustísimo».

Por mi parte no milito en el partido de Suárez; pero precisamente por eso me parece más insoslayable el

deber de poner claridad donde el confusionismo ha montado sus tópicos.

En la campaña contra UCD —que a eso ha parecido reducirse el esfuerzo ««lectoralista» de unos y de

otros (derecha e izquierda)—- se han repetido, monótonamente, dos afirmaciones mal cimentadas •y

discutibles que, por serlo, se volvieron como en trayectoria de «bumerang» contra ´los que las lanzaban.

En primer término, el famoso «incumplimiento» de programas y promesas —calificado por algunos de

«engaño» y «traición». En segundo lugar, y de forma contradictoria con lo anterior, la interpretación del

«centro» como «derecha», en su comportamiento práctico. Pues bien, en lo que toca al «engaño» o >la

«traición», lo cierto es que cualquier español bien informado tenía que preguntarse qué era lo que el

presidente Suárez no había cumplido o en qué había consistido su perfidia. Y Ja identificación de

«centro» con «derecha» responde a una simplicidad maniquea reñida con la realidad.

El presidente prometió, en fecha crítica —julio de 1976: al iniciar su primer Gobierno—, una reforma

política sincera que nos ahorrase la ruptura revolucionaria preconizada por la izquierda. «Si la sociedad

española aspira a una normalización democrática —dijo—, vamos a conseguirla. ..El Gobierno que voy a

presidir... se constituirá en gestor legítimo para establecer un juego político abierto a todos.» Y logró, con

paciencia y habilidad extraordinarias—mediante el "diálogo a rostro descubierto..., único instrumento de

convivencia—, romper él «bunker» de la «platajunta» la llamada «Coordinación Democrática»), que se

había mostrado como obstáculo insalvable para los tímidos proyectos aperturistas del Gobierno Arias-

Fraga-Areilza. Así pudo llevarse a efecto e! auténtico «cambio en la Continuidad», para el que dieron luz

verde las últimas Cortés del franquismo, y que se vio refrendado masivamente por el pueblo español en el

mes de diciembre, dejando en ridículo a los «rupturistas» empeñados en aconsejar la abstención.

Suárez prometió luego—al iniciarse su segundo Gobierno, tras las elecciones de junio de 1977— una

Constitución «para todos los españoles» y una reestructuración del Estado basada en las libertades

regionales a través de estatutos autonómicos. Buscó —en la estela de palabras pronunciadas en

primerísima hora por el Rey— un «consenso» entre ios grupos políticos del Parlamento, que los haría a

todos solidarios con la preconizada plataforma convivencial por todos y para todos construida; y así pudo

ser elaborada la Constitución de 1978. Simultáneamente, mediante la -negociación tenaz y flexible,

fue dibujándose el esquema de un nuevo Estado descentralizado, capaz de hacer realidad—en sus más

auténticos términos— Ja «devolución de España a los españoles».

Hizo más aún: desenmascaró a ´las fuerzas agrupadas tras el terrorismo mediante sucesivas amnistías para

los delitos políticos cometidos "bajo el pretexto de una lucha por la democracia. Sólo cuando no quedaron

presos políticos en las cárceles desaparecieron las presuntas «razones» de una criminalidad descarnada,

enfrentada ahora crudamente con la libre voluntad democrática del pueblo.

Los que hablaron de «engaño» o de «promesas no cumplidas» sin duda se habían engañado a sí mismos o

habían creído ver, tras lo que realmente prometió el presidente, lo que sólo estaba en sus propias

ilusiones, demasiado aferradas al «orden antiguo». Es decir, que paradójicamente se creyeron engañados

porque Suárez había mantenido sus promesas (porque no hubo engaño tras de ellas). Algo parecido les

ocurrió, en 1934 y en 1935, a ciertas derechas que auparon a Gil Robles convencidas de que, tras sus

apariencias democráticas, se ocultaba un dictador fascista en potencia, para acusarle luego, cuando

confirmó su conducta democrática, de haber «traicionado» a sus electores.

Igualmente era absurdo atacar a Suárez porque había servido al antiguo régimen, formando en sus

cuadros políticos y administrativos. Ya que cabalmente la misión de «cerrar la guerra civil», que él

asumió, sólo podía hacerse «desde» el sector instalado en el Poder, renunciando a la prolongada negación

de la media España vencida en 1939. Si la liquidación del régimen franquista la hubieran hecho Felipe

González o Santiago Carrillo, esa liquidación hubiera significado ruptura violenta y revanchismo; una

vuelta a la guerra abierta, que no sabemos qué trágicas consecuencias hubiera tenido.

Por supuesto, la generosidad y el realismo de la postura diferenciaba exactamente al «centro» de una

derecha incapaz de aceptar otra cosa que no fuera la intangibilidad de los supuestos, de los cuadros y de

los programas surgidos de la guerra. Aquí entra lo inexacto de la segunda clave en que radicó la campaña

«antisuarista» que hemos presenciado antes de las elecciones. Cuantos —a lo largo y a lo ancho del

espectro político— se han empeñado en reducir •los términos del enfrentamiento electoral a una dualidad

cerrada, izquierda y derecha, sumiendo al centro sin más en esta última, ignoraban deliberadamente ´las

diferencias* sustantivas que separan, por ejemplo, a «fraguismo» y «suarismo». Esas diferencias son las

que puso dé relieve la crisis de julio de 1976. Quedó entonces descartada ´la derecha incapaz de

emprender un diálogo constructivo con las oposiciones agrupadas e.n Coordinación Democrática.

El núcleo político que logró descongelar la difícil situación era «centro», en cuanto que no podía

confundírsele con los intransigentes de un «franquismo liberalizado».

No menos absurdo ha sido atribuir al Gobierno la crisis económica —que, en primer término, es versión

española de un fenómeno universal— desde el «triunfalismo» de aquellos que gobernaron en la

desastrosa etapa hacendística de Arias. Decir de! segundo Gobierno Suárez que ha vivido parcheando»,

en contraste con la situación anterior, es exactamente volver las cosas del revés. El primer programa

económico coherente y realista opuesto a la crisis iniciada «n 1973 fue el que puso e.n marcha Fuentes

Quintana. La primera reforma fiscal auténticamente seria desde el punto de vista técnico, y estrictamente

justa desde el punto de vista social, es la que trajo en su cartera el ministro Fernández Ordóñez. Claro es

que muchos que alardeaban en 1976 de liberales y demócratas dejaron de serlo en cuanto esa reforma

hizo acto de aparición.

En medio de una campaña, repito, casi exclusivamente basada en el ataque injusto a los artífices de la

transición a la democracia, creo que la elegancia y la corrección mantenidas en todo momento por el

presidente fueron un tanto más a su favor. Olaro es que todos los grupos políticos han hablado de resolver

la crisis y de poner fin a! paro; por desgracia se olvidaron de explicar qué soluciones aportaban para

conseguirlo. Tras el ataque al adversario y los latiguillos consabidos sobre estos temas concretos, el

triunfalismo socialista ocultaba-cuidadosamente la realidad de sus divisiones internas y rehuía una sincera

exposición de los propósitos maximalistas hacia los que le instigaban sus «bases». Hubo de ser el propio

presidente Suárez, en su última intervención televisada, quien dejó al descubierto lo que realmente había

tras un posible acceso del socialismo al Poder, para que luego nadie se llamase «a engaños».

¿Qué ocurrirá ahora? Suárez no puede «hacer milagros» ni ante ia ETA ni ante la crisis económica, mal

de Occidente; pero se ha evidenciado que cada vez es más firme ´la realidad democrática en el país.

La fanática violencia separatista, absolutamente inviable; el empecinamiento de ciertos medios

empresariales, reacios a invertir, no tanto por temor al riesgo como para poner en un brete la política

abierta del Gobierno, deben dejar paso a una actitud acorde con la templada sensatez del electorado.

El más alto ejemplo de comprensión y generosidad magnánimas lo ha dado el Rey. Y con el Rey, la

institución que mejor representa el sentido de la continuidad y del servicio: el Ejército, factor de nuestra

paz.

Carlos SECO SERRANO

 

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