Autor: Martín Gaite, Carmen. 
   Lodos de cansancio     
 
 Diario 16.    02/03/1979.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

2-marzo-79/Diario16

Lodos de cansancio

Para mi padre: «in memoriam»

Carmen Martín Gaite

De las elecciones dé junio de 1977 a las que se remataron .ayer parece como sí para una gran mayoría de

españoles hubieran transcurrido lustros. La gente está cansada. Los comentarios que he podido .oír por la

calle en estos últimos días, a medida que los carteles electorales se amontonaban, sucios y todavía

húmedos, en la calzada y por las aceras y mientras los chicos con cubos de engrudo en ristre desplazaban

sin contemplaciones el rostro de Sartorius para sustituirlo por el de Blas Pinar o e! de Pina López Gay, se

han caracterizado por un tono de hartura y desencanto. El transeúnte medio paseaba sus ojos aburridos

por los diferentes eslóganes que le prometían trabajo, firmeza, robustecimiento de! orden público, justicia

y libertad, se encogía de hombros con una leve sonrisa, como ante la invitación a resolver una charada en

la que no se sentía realmente implicado.

En la ,calle de Sagasta, junto a la leyenda impresa que, debajo del rostro de Suárez, entre sugerente y

meditativo, rezaba: UCD CUMPLE, un gracioso había añadido, con rotulador rojo:

AÑOS. Que el plazo de veinte meses transcurrido entre las pasadas elecciones y las actuales se les haya

podido hacer tan largo y tedioso a los mismos ciudadanos que aguantaron sin rechistar cuarenta años de

dictadura, es un fenómeno demasiado llamativo como para limitarse a echarle la culpa de él a quienes

durante este breve periodo inmediatamente próximo hayan podido incumplir unas promesas que desde

todos los flancos se les han exigido sin tregua y con los más encontrados acentos.

El pueblo está cansado de esperar, pero las raíces He este cansancio reciente y que ahora se pregona a voz

en cuello hay que retroceder a buscarlas en aquel otro cansancio larvado y que nadie podía confesar más

que a media voz o clandestinamente. Un cansancio y una hartura anquilosados, añejos, y que a fuerza de

no encontrar cauces de expresión a muchos pudo llegar a parecer que se habían abortado, convirtiéndose

en resignación.

Y así, a partir del «borrón y cuenta nueva» que dictaminaron los optimistas, recién coronado el Rey Juan

Carlos, el español, tan. dado a esperar panaceas milagrosas como incapaz de vincular causas con efectos,

tendió a dar por zanjado un periodo cuyas secuelas "prefería ignorar, y se aplicó a dar rienda suelta a sus

esperanzas largamente retenidas, pensando que todo iba a llover del cielo sin su concurso, como un

espectador ansioso de novedades que ocupa su asiento dispuesto a aplaudir o a patalear rabiosamente, a

pedir por esa boca que no estaba educada para formular petición alguna.

¿Pero quién fue el responsable de esa falta de educación?

Desde luego, ni el pueblo, ni el Rey, ni sus ministros, víctimas casi todos ellos de esas mismas carencias

y lacras que de la noche a la mañana se pretendían borrar de un plumazo. Y, como era previsible, se

alborotó el cotarro: se pasó sin transición de la exagerada conformidad a la exagerada impaciencia.

Ahora, aquel largo periodo en que nadie pedía nada porque era impensable que le concedieran nada, aquel

bloque de tiempo tan vacío de acontecimientos como de esperanzas, se les antoja a muchos aislado e

inoperante con relación a los resultados actuales. Y sobre todo, que es lo más curioso, no tan largo como

el de estos veinte meses durante los cuales se ha pedido de todo sin orden ni concierto. Cuando se vive sin

esperanza, se vive también sin impaciencia; desaparece la cronología.

Hoy las esperanzas mal encauzadas, mal maduradas y peor expresadas han roto ios diques de contención

y han producido un desbordamiento de aguas pútridas que amenaza con asolar edificaciones y cosechas

de todos los tipos. Y estos estragos, que han acarreado consigo él dicterio y el desencanto, se achacan

exclusivamente a la incompetencia del Gobierno, que, a medida que crecían las exigencias, levantaba

apresuradamente promesas con que aplacarlas. Y todo ha llegado a oírse como palabrería, como un

ingente embuste, como la retórica del oro y el moro. Y la espera se nos antoja interminable, porque el

tiempo corre a otro ritmo que cuando no pasaba nada ni había nada que esperar. Pero de aquellos polvos

vienen estos lodos. Estos lodos de incredulidad y cansancio.

Esperemos que debajo del lodo quede aún alguna semilla que pueda fructificar, ahora que llega la

primavera. No aquella triunfal y aparatosa «que por cielo, tierra y mar se espera», sino una primavera más

humilde y sin tantas alharaca, a la que demos tregua y no pedrisco. Un poco de aqueT aguante y aquella

paciencia que se derrocharon en nuestra prehistoria personal no vendrían mal ahora.

Sobre todo si se mezclasen con 4a exigencia y el raciocinio activo y dé buena fe por parte de gobernantes

y gobernados.

 

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