Autor: Medina, Tico. 
   El presidente Arias un año después     
 
    Página: ?-19. Páginas: 10. Párrafos: 45. 

• "La salud del Jefe del Estado es normal, buena, en un hombre que tiene ochenta y dos años."

• "Girón, con todo su depósito inagotable de inteligencia y de lealtad, tiene que ser siempre una esperanza

en el futuro de España."

• "La firme postura de España en la cuestión de Gibraltar está definida en las Naciones Unidas."

• "El Príncipe es un hombre muy inteligente, de una memoria excepcional... Hay que añadirle un sentido

del deber y de la responsabilidad que ejemplariza a quien convive con él... No es que viva alarmado, pero

sí con la preocupación y la responsabilidad de saber que tiene que gobernar, dirigir un día al pueblo. Hace

poquísimas concesiones al reposo y a la diversión. En algunos despachos con él he comprobado que su

horario no tiene límites; pueden ser las dos de la noche o pueden ser las nueve de la mañana."

• "Es necesario la colaboración, la ayuda del público canalizada y encauzada, denunciando el exceso, el

abuso, la codicia, los casos concretos en las subidas de precios."

• "Mientras que estemos decididos a defender la posición, no hay enemigo que la destruya."

• "El Opus Dei es una institución que ha prestado a la Iglesia un señaladísimo servicio, muy acorde con

la tradicional catolicidad de España."

• "El mundo está girando en el centro de un turbión del que no se sabe cómo va a salir y que

necesariamente tiene que acabar pronto porque si no, sería una verdadera catástrofe."

• "La moral se está relajando, se está degradando y se está eliminando de la vida lo más bello, lo más

noble y lo más estimulante que puede ofrecer."

• "Si los productos que importamos los vendiéramos al precio que nos cuestan, la inflación hubiera sido

increíble."

• Cuando se dice que el Generalísimo está bien de salud es porque el Generalísimo está bien

• "La apertura significa: convivencia, tolerancia, el no querer imponer tercamente una opinión, un criterio,

con la sola condición de que todo ello se mueva y se desenvuelva dentro de un acatamiento absoluto y

riguroso a la ley y a nuestras Instituciones."

• "Franco se comporta en los Consejos con absoluta normalidad: interviene, pregunta, sigue activamente

todo. Y en los despachos resulta casi un verdadero examen. Es como comparecer ante un examen, porque

tiene una memoria privilegiada y muchas veces rectifica datos, conceptos y fechas. Es decir, está con una

lucidez mental extraordinaria."

• "Tenerife es una pura nostalgia siempre. Lo que más recuerdo, aparte los problemas económicos tan

distintos de los de la Península, era la gimnasia diaria para resolverlos. Quizá lo que más recuerdo sea el

problema escolar. Con el mismo entusiasmo con que acometí el problema en Madrid, lo hice en Canarias.

Sólo que allí se aliaron a mi buen propósito la Naturaleza, el paisaje, la facilidad con que se adquirían los

terrenos."

• "Yo le diría que a “Azorín” lo leo todas las noches. Me da una gran sensación de serenidad, de

biendecir”

• "Tengo la tranquilidad de haber cumplido mi programa del 12 de febrero. Si le dijera: «Estoy

plenamente satisfecho», pues no. Tengo la plena conciencia de que no hemos hecho más que iniciar el

camino.

Este es el fruto de una larga entrevista mantenida por el periodista con el Presidente del Gobierno, durante

más de tres horas, en una mañana de diciembre último, días antes de la Nochebuena. Hemos hablado de

todo o de casi todo. El Presidente ha aceptado el cuestionario informal, yo diré que sin protocolo,

disparado más o menos a bocajarro, en dos direcciones y en dos lugares distintos. Uno, en su despacho

del palacio de la Presidencia, de la Castellana. Otro en su casa de las afueras. Las dos conversaciones han

sido directas, sin otro testigo político que el magnetofón del reportero. Y dos paisajes diferentes. El

hombre en su entorno político, y el hombre en su circunstancia familiar. De ahí que las preguntas no

tengan otra disciplina que la de haber sido formuladas tal y como iban apareciendo en el pensamiento, o

sobre los papeles de urgencia. Debo decir que en ningún momento el Presidente ha dicho «no». Si acaso,

a la opinión sobre problemas, digamos, de política internacional, que yo respeto. Si que en todo momento

hay en el señor Arias un deseo de aparecer optimista o, por lo menos, esperanzado. La imagen de hace

unos días en televisión, cuando lo del mensaje «casi confidencial», de las Asociaciones, es distinta. El

Presidente tiene un buen aspecto, el color es moreno, de sierra, saludable —el despacho palidece

mucho—, y su palabra en todo momento es medida, pero espontánea. Hay muchas veces que se nota en él

eso que yo llamaría «el espíritu del Humilladero», que es la calle madrileñísima en la que vino al mundo.

• A las doce y media en punto de la mañana

Está muy bien vestido el Presidente: traje gris y corbata y pañuelo de bolsillo de seda verde, y esa

lanzadera de oro sobre el pecho. Le descubro una leve venda, apretándole la muñeca derecha, bajo la

buena camisa. No ha consultado el reloj un solo momento a lo largo de toda la conversación, en dos

tiempos. Me ha parecido confiado y, a la vez, expectante, sincero, político y diplomático. En la entrevista

estuvo presente siempre un viejo amigo, Rufo Gamazo, que conoce al Presidente Arias hace ya muchos

años, desde aquellos días en que Carlos Arias era gobernador civil de Tenerife y Rufo director del diario

«El Día». Nadie nos ha interrumpido en el despacho de Presidencia. En su villa de Casa Quemada la

conversación se ha mantenido con un vaso de güisqui en la mano y el paisaje velazqueño de los montes

del Pardo, cerca, al fondo, y con la agradable presencia de Luz, su esposa. Quiero hacer constar también

que el Presidente es hombre que conoce muy bien el oficio de responder y las técnicas del toreo de todos

los tiempos. Entiende la lidia dialéctica; es un buen aficionado a la fiesta desde todos sus ángulos. Lo

vamos a comprobar. Pero no ha eludido pregunta del periodista. No ha fumado un solo cigarrillo. Ha

cruzado sus manos, en Presidencia, sobre la carpeta de piel de la mesa —una mesa sencilla, yo diría que

desnuda, dentro de un gran despacho un poco frío en el que hay un enorme tapiz donde muere Absalón,

hijo de David—, y ha dicho lo que tenía que decir sin levantar la voz más que lo justo. En Presidencia nos

ha recibido de pie, en la mitad de la gran sala, con los brazos abiertos. El periodista hacía muchos años

que no pisaba las alfombras de esta casa. La última vez fue para recoger un premio «África» de

periodismo, de manos del general Díaz de Villegas. En cuanto al Presidente, no le había saludado,

personalmente, desde aquella otra larga entrevista con el alcalde de Madrid en la Casa de la Villa. Todo

es distinto ya, pero el protagonista es el mismo, y sobre la mesa de despacho está ahora también esa

fotografía de la Macarena. La bandera de España, a sus espaldas. La caja de caudales del Presidente

Carrero —«el despacho se mantiene de la misma forma, de idéntica manera que cuando estaba el

almirante», me ha dicho don Carlos— ha desaparecido. Esa caja en la que Carrero guardaba sus

condecoraciones, y algunos papeles, nada más, y, en su lugar, hay hoy una vitrina cubierta por una cortina

discretísima, que oculta libros. Un par de teléfonos —una sola vez sonaría, y el Presidente hablaría con

alguien, llamándole mi general— y las gafas abiertas; un breve «dossier», quizá para Martín Gamero, que

tiene visita esta tarde, y una agenda de par en par, de bolsillo, en la que puedo leer, con tinta más clara y

trazo más grande: «Cinco de la tarde: S. A. R.» Y pocas cosas más. Si acaso, unos cuadros en las paredes,

y el retrato que del Jefe del Estado hiciera el pintor Juan Antonio Morales, que fue, además, maestro

pintor del almirante. Fuera, en la antesala, están los retratos de los presidentes del Gobierno: Prim,

Cánovas, Carrero, Canalejas, Dato... Es terrible reseñar que murieron de forma violenta, dramática. Es

una breve sala impresionante, llena de fantasmas trágicos. Sin embargo, cuando acaba la entrevista,

Carlos Arias atravesará el antedespacho camino del coche, con la cabeza levantada. También quiero

escribir que todo tiene en Presidencia, aparte los controles necesarios de la puerta, el aire de una oficina

de trabajo, donde entran y salen secretarias y funcionarios sin demasiado protocolo, sin muchos brillos. El

Presidente se sienta en su despacho, en un sillón de rejilla, el mismo que en su tiempo sostuvo las

espaldas anchas del almirante Carrero. También he acertado a encontrar entre la relojería un escudo breve

de la Legión y otra bandera de España.

El Presidente se sienta y me dice:

—Cuando usted quiera, Tico.

Son las doce y media en punto de la mañana.

—¿Qué le dice al señor Presidente la fecha de 20 de diciembre de 1973?

—Es una fecha que es toda una inmensa tragedia, que vive en mi hasta en sus más mínimos detalles; la

recuerdo minuto a minuto desde las nueve de la mañana hasta que dimos sepultura a nuestro Presidente.

Un breve silencio, yo diría que dramático.

—¿Duerme el señor Presidente bien?

—Generalmente, duermo muy poco.

—¿Cuántas horas?

—Pues de seis a siete horas, pero tiene que ser con los correspondientes somníferos o, por lo menos,

tranquilizantes.

—¿Desde ahora o desde antes?

—No, desde hace muchos años.

—¿Tiene usted que tomar más somníferos que antes?

—¡Ah, si! Hay días que tengo que reforzar la dosis.

Pero no ha perdido la sonrisa.

—¿Qué echa de menos ahora de sus años de alcalde de Madrid?

—Una inmensa nostalgia. Comprendo que la responsabilidad es ahora inmensa. Entonces quizá me movía

con más ligereza pensando que cualquier error era reparable; pero más que trabajo aquello era puro gozo,

era pensar en Madrid, en todo lo que nos quedaba por hacer todavía; hoy sigo, pues, con una inoportuna y

hasta impertinente preocupación por los problemas de Madrid. Sí, cada vez que paso por la Casa de la

Villa recuerdo mis años de alcalde con entrañable cariño.

-VICENTE Zabala me ha pedido que le pregunte por Antonio. ¿Sigue siendo bienvenidista?

—Sigo, porque la admiración, la simpatía y el pundonor que Bienvenida ha derrochado durante muchos

años no puede borrarse fácilmente; lo que ocurre es que lo que se va borrando es mi afición. Este año ya

no he ido a ninguna corrida.

—Eso es malo.

—El año pasado, tampoco.

—Pero ¿por qué? ¿Por el trabajo o porque realmente tiene menos afición?

—Por trabajo, por trabajo. Porque yo creo que la afición hay que vivirla, hay que moverse un poco en el

ambiente, hablar un poco con aficionados, del «ganao» de cuando en cuando, hay que vivir la fiesta,

vivirla desde fuera, para mí el gozo de ver una corrida era verla por la mañana, antes de la lidia, ver los

toros, formarse un juicio de cada uno de ellos, lo que podían dar, hablar con los mayorales, hablar con los

picadores...

La luz es dorada y caliente. Luce el sol fuera.

—¿Qué hace la Macarena encima de su mesa?

—Bueno, pues porque es mi Virgen, porque me acompaña siempre. Me ha acompañado en todos mis

gobiernos, me ha acompañado en la Dirección General de Seguridad, en la Alcaldía. Soy hombre devoto

de ella, y aun cuando realmente nunca he sido hombre de procesiones. Pertenezco a la Cofradía del Gran

Poder; pero a la Macarena le tengo una gran devoción. Yo creo que los madrileños no me perdonarán esa

pequeña traición a la Paloma.

Entre mis papeles leo: Girón. Y pongo su nombre sobre la mesa.

—¿Qué opinión personal tiene el Presidente de José Antonio Girón de Velasco?

—Yo he conocido a José Antonio Girón de Velasco en su plena juventud con un dinamismo y con unos

servicios excepcionales, cualificadisimos a España. Luego, como ministro de Trabajo, está en la memoria

de todos la excepcional, la ingente labor que ha realizado en el mundo de lo social: un hombre de esas

cualidades, con todo su depósito inagotable de inteligencia y de lealtad, tiene que ser siempre una

esperanza en el futuro de España.

—¿Cómo está realmente la salud del Jefe del Estado? Díganoslo usted, que tiene la oportunidad de estar

muy cerca de él con frecuencia.

—Realmente parece como si siempre que se habla de la salud del Jefe del Estado se encubriera algo. La

salud del Jefe del Estado es normal, buena, de un hombre que tiene ochenta y dos años, lo que ocurre es

que la personalidad tan fabulosa, tan excepcional del Caudillo, hace que todo el mundo estemos

pendientes de esa existencia que es preciosa no solamente para España, sino para el mundo entero.

Cuando ha ocurrido alguna razón que ha justificado inquietud o preocupación se ha sabido porque se ha

dicho: el Generalísimo está constipado o está con una afección dentaria, o el Generalísimo está con una

flebitis, es decir, cuando se dice: el Generalísimo está bien es porque el Generalísimo está bien. En los

Consejos se comporta con absoluta normalidad: interviene, pregunta, sigue activamente, en los debates y

en los despachos resulta casi un verdadero examen, es como comparecer ante un examen, porque tiene

una memoria privilegiada, y muchas veces rectifica datos y rectifica conceptos, rectifica fechas. Es decir,

que está con una lucidez mental extraordinaria.

• Luz: lo más importante de su vida, la mitad de su existencia

Las paredes son como de brocado, tal vez un poco «camp».

—¿Qué hace el señor presidente los domingos?

—Pues siempre que es posible, la caza; es mi deporte favorito, con la pesca.

—¿La caza más que la pesca o la pesca más que la caza?

—Pues no sé; sería una cosa dudosa porque cada temporada requiere su deporte... No soy pescador de río,

o muy poco, sólo de salmón y trucha. Me gusta más la pesca en el mar, pero no olvido los momentos de

emoción de la caza.

—Le gusta el mundo de la caza, ¿no? Como el mundo del toro, ese vivir... ¿no?

—Sí, hay que vivirlo, si, es decir, con todos sus riesgos... Yo no soy un gran cazador ni soy un gran

pescador, pero si tuviese que decidir lo haría por la pesca en el mar.

—¿Recuerda usted una entrevista que le hice en A B C a su pescador Amalio, en Aviles?

—Amalio es un marinero extraordinario...

—Un personaje increíble, ¿verdad?

—Es fabuloso, me ha mandado su langosta de Navidad, y me emociona oírle hablar de cuando era

marinero en el «Jorge Juan» y decía que no habla felicidad en el mundo más que ir a veinticuatro millas,

zumbando allí cañonazos por la mar con prácticas y temblando las planchas del barco. Es un hombre que

no tiene miedo a nada.

Ha sido como si trajera una bocanada del Cantábrico a este despacho.

Repaso ahora su «hoja de servicios».

—¿Qué le queda al señor presidente de sus años de gobernador civil de León?

—Es lógico que me queden muchos recuerdos, puesto que fueron cinco o seis los años de mi permanencia

allí. Y sobre todo mi mejor recuerdo es que allí encontré a la que hoy es mi mujer.

—Es una buena definición. Le iba a preguntar que si va usted a ir a pescar a Asturias el año que viene,

pero veo que sí.

—Si. Si Dios quiere y me lo permite, si; ya lo creo, no la abandonaré.

—¿Qué recuerda ahora mismo con más nostalgia como gobernador civil de Tenerife?

—Tenerife es una pura nostalgia siempre, lo que más recuerdo, aparte de los problemas económicos, tan

distintos de los de la Península. Quizá lo que más recuerdo sea el problema escolar. Con el mismo

entusiasmo que acometí el problema en Madrid de la construcción de colegios lo hice en Canarias, sólo

que allí se aliaron a mí buen propósito la Naturaleza, el ambiente y gran número de valiosísimas

colaboraciones. Tengo la esperanza de que algunos de los grupos escolares que se levantaron sean

verdaderamente modelos, no porque yo los hiciera, sino porque había una magnífica inspectora de

enseñanza, María Adelaida. Y unos excelentes arquitectos, que realizaron mi tarea.

A veces saltan entre mis apuntes nombres como éste.

—¿Qué opinión personal tiene usted del Opus Dei?

—El Opus Dei es una institución que ha prestado a la Iglesia un señaladísimo servicio muy de acorde con

la tradicional catolicidad de España. Presumiendo de que puede haber individualmente actividades o

vinculaciones políticas de algunos de sus miembros. Considero que la obra esté totalmente al margen de

la política y la valoro exclusivamente en su aportación a la creencia religiosa. El hecho de recordarnos

que el trábalo es un medio de santificación tiene un valor extraordinario y es sumamente atrayente. Me

honro con la amistad de muchos de los sacerdotes del Opus Dei; no hay que olvidar que yo fui

gobernador civil de Pamplona y tuve la oportunidad de conocerles y comprobar que son ejemplares.

Tienen un sello especial que les hace por su formación, por su talento, muy sugestivos.

—¿Qué hay en el Presidente de militar?

—Pues ante todo el amor a España. Después el sentido del honor y, finalmente, la preferencia de

obedecer sobre la ambición de mandar.

—¿Y de fiscal?

—¡Ah! Un sentido de la justicia, que está por encima de todo.

• "Azorín", entre los autores preferidos del Presidente

Le pregunto que a qué hora se apaga la luz de su cuarto.

—Pues muy pronto. Normalmente no pasa de las doce menos cuarto a las doce de la noche. Leo un poco,

lo suficiente para borrar las impresiones de la jornada.

—¿Qué lee ahora que no sean sus difíciles papeles de atención política?

—Leo siempre biografía e historia.

—Dígame una biografía apasionante.

—Marañón.

—¿Por qué Marañón?

—No sé..., le he conocido. Además en estos momentos estoy leyendo sus obras completas, de las que,

naturalmente, salto todas las conferencias técnicas que ni entiendo ni me atraen, aunque algunas de ellas,

por curiosidad, las he seguido; pero su obra literaria es fabulosa, y está estos días sobre la mesilla, aunque

combinada con otras lecturas.

—¿Lee libros de evasión como, por ejemplo, novelas?

—No, muy pocas; ahora ninguna.

—¿Qué libro ha leído dos veces?

—Yo le diría que no dos veces, sino constantemente: "Azorín». Le leo todas las noches.

—¿Cualquier libro de «Azorín» sobre los pueblos de España?

—Todos sobre los pueblos de España, sus etapas de París, toda la obra suya grande. Es un castellano

excepcional.

—¿Y por qué «Azorín» le relaja...?

—Ya le digo, me da una sensación de serenidad, de bien decir. No es un hombre, pues, que tenga un

estilo retorcido, no. Tal vez en algún momento pueda aparentar o dar la sensación de que rebusca un poco

en nuestro riquísimo idioma para desconcertarnos con una palabra y tenemos que ir al diccionario y decir:

¡Qué quiere decir esto! Pero, sin embargo, el estilo en si es inimitable; por lo menos para mi es el

preferido.

A veces es bueno, es saludable, como ahora, irse asomando a su retrato íntimo.

Hace un momento ha hecho ya una definición, a la hora de hablar de León, de su esposa Luz, pero yo le

voy a preguntar: ¿qué significa su esposa Luz en su vida?

—Todo; yo no sé si digo la mitad de mi existencia. No, mi existencia completa.

En mis papeles leo ahora mismo: caza, caza mayor.

—¿Cuál ha sido la pieza más importante de sus años de cazador?

—No, no he obtenido grandes piezas. Algún jabalí que está por ahí por casa, algún «venao» de catorce

puntas.

—¿Tiene usted una buena escopeta?

—No. Corriente.

—¿Dónde pone usted el ojo pone la bala?

—No, no. Pongo muchas más balas fuera del objetivo

Cambio de paisaje. Los periódicos esta mañana parecen necrológicas.

—¿Cómo ve desde España el momento actual de Europa, el difícil momento de Europa?

—Ya lo ha dicho usted: muy difícil. Europa, y yo creo que el mundo, está atravesando una coyuntura

económica grave que no cabe ocultar y cuyas consecuencias pagamos todos. Creo que la estamos

pagando por una falta de solidaridad, porque, en definitiva, los países ricos están soportándola con más

reservas, con más posibilidades que los países pobres. En esto ocurre como con las enfermedades: los

organismos robustos, los organismos bien constituidos tienen más reservas para hacer frente a una

enfermedad, súbita, la inexplicable alza no sólo de los productos petrolíferos, de los crudos, sino en

general de todos los productos fertilizantes, cereales, grasas, han trastocado de tal forma las economías de

todos los países que no parece quedar economía fuerte y estable... España no es una excepción. Todo el

mundo está girando en el centro de un turbión del que no se sabe cómo va a salir y que necesariamente

tiene que acabar pronto porque si no seria una verdadera catástrofe.

—Esto casi responde a esta otra pregunta: ¿Hacia dónde va el mundo, señor Presidente?

—Es un enigma. ¿Hacia dónde? ¡No sabemos! Pero va mal, y va mal porque los valores fundamentales

sobre los que tiene que apoyarse no despiertan, a mi juicio, verdadera preocupación. El mundo está

preocupado con sus alianzas, pensando en la posible confrontación atómica o en una guerra convencional;

sin embargo, no se da cuenta de que existen valores como es el orden público, la moral, la formación de la

juventud, que son cien veces más importantes que todos los demás, ¿no? Y se están descuidando

lamentablemente.

• La adversidad y las dificultades no tienen otra virtud que la de estimular los esfuerzos

- Panorama sombrío, ¿no?

—Panorama muy sombrío.

—¿Soluciones que puede haber, señor Presidente...?

—Bueno, yo, que soy un católico ferviente y un providencialista a ultranza, creo que hay que poner la

confianza en Dios. El tiene que iluminar las mentes, tiene que despertar preocupaciones, que incitar a una

más eficaz, a una más estrecha solidaridad entre los pueblos. Es preciso comprender que no podemos

vivir en un feroz egoísmo, que tenemos que acudir en ayuda de los pueblos más necesitados, pues no

puede haber gentes excesivamente ricas y otras increíblemente pobres, ya que Dios ha puesto los bienes

para todos los individuos, no para unas razas, clases ni para unas naciones determinadas. Hay que esperar

que las generaciones venideras, pues, contemplen un mundo más tranquilo, más en reposo. Lo único, lo

verdaderamente importante, que encuentren pruebas de que las generaciones anteriores hicimos lo posible

porque esto se produjera.

—¿No hay en usted, señor Presidente, momentos de auténtico desaliento?

—Bueno, yo creo que cansancio lo puede haber en algún momento determinado, pero desaliento total, no.

Yo diría que jamás. Es más, en momentos graves, momentos de contrariedad, de adversidad, se produce

la natural reacción de muy distinto orden: de indignación, de tristeza, de sorpresa, pero de desaliento no.

Al contrarío, creo que la adversidad, la contrariedad, los problemas, las dificultades, no tienen otra virtud

que la de estimular el esfuerzo.

También hay una lupa sobre la mesa del Presidente. Una lupa grande y redonda.

—¿Qué hacemos con los precios, señor Presidente, para las amas de casa?

—Pues realmente hacer no podemos hacer todo lo que quisiéramos por una razón que ya hemos apuntado

antes: los precios nos vienen ya en gran parte incrementados en términos que no solamente no podemos

aumentarlos, sino que los estamos rebajando, con un grave detrimento de nuestros recursos; que si los

productos que importamos los vendiéramos al precio que nos cuestan la elevación hubiera sido increíble,

pero dentro de las propias producciones nacionales todavía cabe afinar más y más la vigilancia, para lo

cual también es necesario la colaboración, la ayuda del público, canalizada y encauzada para que se ponga

remedio denunciando un caso concreto, denunciando el exceso, el abuso, la codicia. De todas formas hay

que esperar, que también este año 1975 en este aspecto nos dé sus quebraderos de cabeza.

—Me temo que sí. ¿Qué siente cuando lee una noticia de sangre, o le comunican que en España hubo un

nuevo asalto, por ejemplo, a un Banco, o un nuevo hecho violento?

—La primera reacción es de indignación inseparablemente unida al emocionado recuerdo de las vidas

sacrificadas de esos admirables agentes del orden que mueren en defensa del mantenimiento de la paz

ciudadana, tal vez no haya sido convenientemente estudiada la influencia que en esta situación de Europa

y de otros continentes ejercen la relajación de la moral y la degradación de las costumbres. Hay una

juventud integrada por muchachos adolescentes que sin arraigo familiar hace una vida desordenada, con

gran consumo de drogas y frecuentación de casas, lugares del vicio y la corrupción. Este género de vida

va abocada a la violencia, a veces al delito.

• Apertura: una palabra que significa convivencia, tolerancia, dentro del marco de la ley

Se ha dicho en el extranjero que el Presidente Arias es un Presidente "policía", recordando quizá sus años

de director general de Seguridad. ¿Qué podemos decir al extranjero que esto dice al respecto, si es que

interesa decirle algo?

—Comprendo que es un poco impertinente el que lo digan, pero yo pregunto ¿no les vendría bien a todos

los presidentes ser un poco policías? El hombre que tiene que vigilar el orden público y propiciar la

seguridad, que es el primer servidor y representante de la ley. En el fondo, ¿no es ser policía, un policía

de costumbres, un policía que está velando por el orden y la seguridad de todos?

Es ahora cuando suena el teléfono. El Presidente tiene su cartera de piel negra, en el suelo, creo.

—¿Ha hecho el señor Presidente su declaración de impuestos sobre la renta?

—Naturalmente.

Y no ha perdido la sonrisa. Bien. Es un ejemplo a seguir.

—¿Qué le dice sinceramente esta palabra tan traída y tan llevada, la palabra del año la palabra

«apertura»?

—Pues yo diría, aun a riesgo de que se den varias interpretaciones, que significa: convivencia, tolerancia,

el no querer imponer tercamente una opinión, un criterio; con la sola condición de que todo ello se mueva

y se desenvuelva dentro de un acatamiento absoluto, riguroso a la Ley, a la Ley, y a nuestras

instituciones. En ese marco todo es licito, fuera de él no se puede permitir nada.

Ha sido enérgico, convencido, tajante.

—Señor Presidente, después de su discurso de las Cortes del 17 de febrero, ¿cómo ve el camino ahora?

—Si le dijera: "Estoy plenamente satisfecho", pues no. Tengo la tranquilidad de haber cumplido mi

programa, mi promesa, pero con la conciencia de que no hemos hecho más que iniciar el camino. Un

camino que hay que recorrer rápidamente, íntegro, pues queda aún por completar el proceso que e/

asociacionismo reclama.

—¿Qué recuerda ahora mismo de su etapa en el Ministerio de la Gobernación?

—Como usted sabe estuve poco tiempo al frente de aquel Ministerio. Pero puedo decir que aunque no

sean los mismos aquellos problemas por estar en manos de un hombre que les dará solución, ya que posee

una especial e idónea formación.

• "El Príncipe es un hombre muy inteligente, de una memoria excepcional"

¿ Qué impresión tiene el señor Presidente del Príncipe Juan Carlos? Sé que es una pregunta que puede

sonar siempre como pregunta formularía. Pero... es una pregunta que debo hacer.

—Sí. Se contesta siempre con e/ riesgo de que el lector conceda un margen a la adulación, que en este

caso sería irrespetuosa; mire usted: El Príncipe es un hombre muy inteligente, de una memoria

excepcional. Le pasa en esto como al Caudillo: se conoce los datos, fechas, situaciones, problemas,

proyectos, con la misma exactitud que el ministro de cada Departamento. A todo esto hay que añadirle un

sentido del deber y de la responsabilidad, que ejemplariza a quien convive con él, o vive cerca. Es hombre

que está viendo España en un momento en que su inteligencia no le oculta nada; es un momento difícil, y,

por tanto, no es que viva alarmado, pero si con la preocupación y la responsabilidad de saber que tiene

que gobernar y dirigir un día al, pueblo. Hace poquísimas concesiones al reposo y a la diversión. En

algunos despachos con él he comprobado que su horario no tiene limites: pueden ser las dos de la noche o

pueden ser las nueve de la mañana.

—¿Cómo está su salud, señor Presidente, la suya?

—Bien, muy bien.

—¿Hace usted régimen o algo?

—Con las normales extralimitaciones a que obliga el cargo y las atenciones sociales, procuro siempre

ajustarme a un régimen para no agravar la situación de la salud.

—¿Qué echa más de menos ahora, en general...?

—El callejeo. No poder dar un paseo por las calles, pararme ante un escaparate, entrar en una armería, ver

unas armas, la vida que yo hacía cuando podía, cuando estaba en la calle como un ciudadano más; es lo

que más echo de menos.

—¿Le gustaría hablar con la gente?

—Mucho, si, si—se le encienden los ojos, palabra—, claro que sí.

Todavía hablan los periódicos de la última visita de nuestro embajador inglés a Barcelona.

—¿Cuál es su opinión personal sobre Fraga?

—Fraga es un hombre de talento excepcional, y de una capacidad de trabajo increíble. Nadie mejor que la

Prensa puede dar fe de sus méritos, de sus extraordinarias cualidades; por tanto es un hombre al que hay

que tener presente en el futuro de España.

—¿Han cambiado las cosas por lo que se refiere a nuestra política de diálogo abierto con Inglaterra en la

cuestión Gibraltar?

—Yo creo que no, la postura de España está definida por las Naciones Unidas, y seguimos con las

mismas legítimas aspiraciones, que no son sólo aspiraciones, que es un deber del pueblo español, y que

con nosotros, las generaciones que nos han precedido, y las que nos sigan tienen el deber de mantener.

• Ser marino de guerra, la vocación frustrada

Suenan los relojes. Son la una y media de la tarde.

—¿Cuál es, si ahora lo piensa, esa vocación que tenemos todos frustrada, esa cosa que nos hubiera

gustado hacer y que no hemos podido hacer?

Adopta un aire un poco triste, más confidencial.

—Mi máxima ilusión hubiera sido ser marino de guerra.

—¿Por qué no lo fue usted?

—Porque éramos muchos hermanos. Teníamos que labrarnos pronto nuestro porvenir. Yo terminé la

carrera de abogado muy joven, a los diecisiete años, y había que buscar un medio de vida, ingresé en el

Ministerio de Justicia a los diecinueve, y ya desde allí hice las oposiciones de fiscal y las de notario.

En su casa tiene una bella maqueta de un barco de guerra.

—¿Qué es lo que más le preocupa del futuro de España, señor Presidente? Estamos a la puerta del año

setenta y cinco.

Como si quisiera decirlo hace mucho tiempo, ha confesado:

—La juventud, la juventud. El verla, no digo juzgarla, toda en bloque seria injusto y equivocado. Hay una

juventud responsable, una juventud solvente, esperanzadora, en la que hay que cifrar ilusiones. ¿Por qué

hay que calificarla a toda despectivamente? No. Pero quizá la falta de preocupación hacia ella, la

influencia de esas corrientes demoledoras, deformadoras que nos vienen de fuera y que necesariamente

tienen que hacer impactos el alguna parte de nuestra juventud; los cines, las revistas, las novelas, los

hábitos, la misma facilidad con que se franquean hoy las fronteras. Todo esto hace que la permeabilidad

de hábitos, costumbres, maneras de ser, comprometan seriamente a algunos sectores juveniles.

—En este difícil momento de las relaciones Iglesia - Estado, ¿qué aconseja el señor Presidente al pueblo

español?

—Que sea consecuente con su profunda catolicidad, que nos sintamos cristianos, y. naturalmente, que

comprendan que la catolicidad, la más ferviente exige antes que nada también el amor a la patria, y yo

diría que casi no se conciben realmente el amor a Dios sin el amor a la Patria.

—La palabra asociaciones era natural que la planteáramos. Al pueblo llano, a esta gente que está por la

calle, que realmente va por ahí y que lee a veces los periódicos, ¿qué le podemos decir sobre el

asociacionismo, que es un primer paso como usted ha dicho antes, señor Presidente? ¿Cuál ha sido la

reacción del pueblo español en lo que usted ha percibido directamente?

—Yo creo que con este primer paso se puede hacer una gran andadura, salvar distancias realmente

importante, y tras ese paso había que acudir al Kempis, para decir: «Bástale a cada día su atan. Hoy por

hoy, lo que necesita España es como dice el Caudillo: «Unidad, y dentro de esa unidad, participar en el

mejoramiento de /as estructuras». Los problemas, desgraciadamente, no están todos resueltos ni mucho

menos. A la presente generación no le faltará tarea. Se la deja una gran labor realizada por la gestión

fabulosa de Franco. A ella corresponde aumentarla y enriquecerla.

—Hagamos un balance del año...

—Bueno, el balance. En todo puesto público y cuando es de gran responsabilidad es un balance que podía

resumirse en una palabra: preocupación constante. Una rápida visión del año; se inició bajo los efectos

del trauma, ante el que era difícil reaccionar, de la muerte de nuestro presidente; muy poco después, la

preocupación por la salud del Caudillo; la inmediata aparición del Príncipe de España, que demostró que

las Instituciones están perfectamente, minuciosamente estudiadas y previstas para asegurar el futuro de

España.

• Mientras estemos decididos a defender la posición, no hay enemigo que la destruya

Ha sido un año durísimo, eso está claro. —Bien, si. Yo creo que a todos sin excepción sobre todo al

equipo ministerial, se le ha exigido un trabajo fuerte, si no agotador, si realmente constante; por eso yo

me explico que en estos días de Navidad todos necesitaremos unos días de descanso.

—Y una última pregunta, ¿esperanzas para el año 75?

—Creo que los años nos traen siempre sucesos que no podemos prever y ante los cuales no sabemos

cómo vamos a reaccionar; pero no hay que olvidar que los años los vamos forjando nosotros mismos.

Serán buenos, si nosotros nos empeñamos en que sean buenos, con acciones y buenos propósitos; si los

españoles ante la adversidad, ante la estrechez, ante las dificultades reaccionamos con la firme decisión de

que todos los problemas deben vencerse, e/ año podrá no ser un año óptimo, pero podrá ser un año

normal. Si nos empeñamos en dramatizar y en anunciar grandes calamidades, empezaremos ya con el

ánimo vencido. Siempre recuerdo aquel que fue mi gran maestro, el capitán general Alonso Vega, cuando

decía que "las posiciones no se pierden porque el enemigo las destruya, sino porque el defensor las

abandona". Mientras estemos decididos a defender la posición no hay enemigo que la destruya mientras

estemos decididos a trabajar por España y a defender España, ya puede venir lo que Dios quiera. España

ha conocido años difíciles, de aislamiento, escasez y carestía. De falta absoluta de materias primas. Pero

aquellas generaciones no sólo supieron salir a flote, sino que, guiados por el Caudillo, sentaron los jalones

de nuestro progreso económico.

El Presidente se ha puesto en pie y ha cerrado con llave, algún cajón de nuevo. Una llave pequeña con un

lacito rojo. La ha puesto en la mano de su secretario. Oliva, y ha cerrado la cartera de piel negra de mano.

Luego ha salido al antedespacho de los presidentes de Gobierno, donde está Carrero recién pintado, de

almirante, por Juan Antonio Morales. Volviéndose desde la puerta ha dicho:

—Les espero en casa, no tarden. Hasta ahora.

La casa es grande, no demasiado, muy bien ordenada —el Presidente lo es— a excepción del despacho,

que tiene más libros sobre las sillas, las mesas, el suelo, que dentro de la biblioteca. Tampoco están las

escopetas, que ya han sido embaladas, camino de la cacería de Ronda, de este fin de año. El Presidente

estaba ilusionado con este pequeño viaje de vacaciones a la Costa del Sol. Abajo, a la entrada, hay un

árbol, un árbol de Noel, junto a una brújula de hierro que apunta al Norte bien. Dentro el Belén, los

buenos cuadros, un bello Vaquero Turcios y un espléndido retrato de Luz, de Arias, sobre la chimenea.

Trofeos de caza en la subida al primer piso y ese olor confortable de las casas muy cuidadas y vividas.

Ellos mismos hace diez o doce años, plantaron los árboles que dan sombra en el jardín. He visto también

una buena fotografía de Hussein de Jordania, dedicada, y retratos del Caudillo, del Príncipe sobre una

mesa, así como de la Princesa y los Infantes, sobre la chimenea. Desde la ventana grande, de arriba, del

despacho, presidida por un crucifijo —una mesa castellana larga y sobria impresionante en la que brilla

una radio de las que escuchan Radio París, digo yo, y Radio España Independiente en la madrugada— se

ven los gamos entre las encinas. El domingo, anteayer, el Presidente se dio un largo paseo de tres horas

sin escolta por el ancho y dorado monte del Pardo. Debo decir, que a la vuelta tuvo que curar la herida de

uno de sus perros. «Chirri», que se estaba desangrando. Hay muchas flores en muchas esquinas de esta

casa. Sobre el césped o la alfombra interior hemos hablado del encanto de las pequeñas ciudades de

alrededor de Madrid —Zamora, Albacete, León, Avila, Segovia. Cuenca—, de la contaminación, de las

zonas verdes, de la iglesia y lo humano y lo divino. Hoy se ha levantado como siempre, muy temprano, y

a las ocho y media ya estaba en la Presidencia, donde volverá pronto, inmediatamente después de comer.

A veces, su esposa, acude al despacho de Castellana, si don Carlos no tiene compromiso y se van a comer

por ahí a algún restaurante. Recibe diariamente como poco, a siete ministros, con los que departe una

hora, más o menos. La gripe le ha tenido unos días en casa, pero su salud, parece que es buena, y pronto,

ha vuelto al trabajo. Doña Luz, me habla de Pedraza y de la Costa del Sol. El Presidente se retrata junto a

sus perros, desde aquí, donde se ve ese crucero de piedra labrada de la puerta. Y en la puerta, muy

brillantes los ojos, Carlos Arias, nos ha dicho adiós, después de un fuerte abrazo. Ha sido reconfortante,

encontrarme, con este hombre de buena voluntad, en esta Navidad un poco triste, que prologa un año,

durísimo y amargo. Todavía, desde el control de salida de su villa en Casaquemada vuelvo la cabeza y

veo al matrimonio Arias, allí junto al árbol de Navidad, despidiéndonos. Ha sido un mediodía inolvidable.

Tico MEDINA

 

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