Autor: Martín Bernal, Obdulio. 
 Elecciones 82. Líderes en campaña. 
 Felipe González, en la ruta de los pabellones deportivos     
 
 ABC.    19/10/1982.  Página: 36. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Líderes en campaña

Felipe González, en la ruta de los pabellones deportivos

Seguirte el rastro a Felipe González en la escopetada carrera

electoral es experiencia ruda y un tanto vertiginosa. Es la campaña un

frenesí, una sombra, una ficción. Algo a medias entre la kilometritis

aguda de un viajante de lencería fina a «fuII time» y el no parar de

un contratista de saraos boxísticos y actividades diversas. La tarea

no deja de resultar instructiva, porque si no te duermes y andas vivo

puedes aprender lo tuyo de geografía, de política, de oratoria. Pero

turísticamente la cosa es un completo desastre. Al final podrás hacer

de memoria una guía documentada de los pabellones deportivos de dos p

tres docenas de ciudades, de algunas plazas de toros y de unos cuantos

estadios de fútbol. Y te habrás quedado, una vez más, sin ver España,

al menos hasta las próximas elecciones.

De buena mañana te subes al autobús del Mundial —supersónico y

apolítico de carrocería— con tus compañeros de fatiga —plumillas y

gráficos juntos y revueltos—. El autobús del Mundial se sitúa detrás

de otro autobús del Mundial en que que va el líder de tus desvelos, y

a seguir batiendo las carreteras españolas de arriba a abajo, en

diagonal o al bies. Entonces empiezas a comprender al viejo «rockero»

que nunca muere (eventual y animoso colaborador ahora «Por el cambio»,

dicho sea de paso) cuando en la letrilla autoprotesta dice aquello tan

claustrofóbico de que vive en un autobús. «On the road».

DEL AUTOBÚS Y OTRAS SOLEDADES

Felipe pierde a veces el chorro de voz, pero nunca la sonrisa.

Embutido en una cazadora de cuero que oculta a medias la seriedad del

«uniforme» azul oscuro de quien se supone en la antesala del Poder,

atraviesa con paso vivo las dos docenas de pasos que te separan de

coche. Su «guardia de corps», discreta, pero férrea, le rodea sin

piedad y admite pocas veleidades del líder. Un saludo aquí, un apretón

de manos acullá, y venga, vamos al autobús, Deprisa, deprisa. «Es que

no hay tiempo, es que no tenemos tiempo, o mítines, o saludos; hay que

elegir», volverá a repetir a quien esté dispuesto a oírle, Julio Feo,

«manager» y factótum, preocupadísimo, de la gira.

Carmen Romero, modosa y elegante —traje de chaqueta oscuro y blusa de

seda como para el ensayo general de un papel estelar todavía no

confirmado—, sigue de cerca a su marido. Ha pedido unos días de

permiso en el Instituto y parece dispuesta a cubrir la maratón

electoral, aunque a ráfagas da la impresión de que no está

precisamente encantada. El matrimonio se acomoda en los asientos

delanteros, la «troupe» se distribuye a la buena de Dios y los Pegasos

ya están tirando millas. Felipe no tiene tiempo de dejarse invadir por

la literaria soledad del corredor de fondo. En el oscuro cartapacio de

ejecutivo agresivo le esperan multitud de informes económicos,

políticos, listas y más listas: la que se le puede venir encima. Saca

un puro —cohibas of course— y lo prende. Hoy, quizá tiene la voz un

poco tomada y e! familiar gesto de todos (os días origina un doméstico

revuelo entre la «troupe». Julio Feo, en lugar de reprenderle, le pide

un puro «de los pequeños, ¿en?», y Carmen aprovecha para decir que

mejor de los grandes a ver si se acaban de una vez. Felipe se

enfurruña y se deja absorber por los sesudos informes de sus expertos.

Tendría que preparar los mítines de la tarde y de la noche. Pero el

mensaje se lo sabe de memoria y hoy ha decidido centrarse en la

situación económica: o hablaré de Pío o de Sancho Rof, si todavía

estamos en Galicia. Fía en su infatigable caisma andaluz para hacerse

entender y querer en el tiempo récord de veinte minutos.

Una presencia tan fugaz como la de un estudiante en un fotomatón.

Julio Feo —tendremos que hablar luego de Julio Feo— le recuerda que la

«canallesca» aguarda en el otro autocar para someterlo al cotidiano

tercer grado y casi ritual. A Felipe le gusta hablar y hablar, aunque

sea con los periodistas. Pero, después de varios días, la voracidad

está ya muy mermada y las preguntas surgen lentas y desganadas. Apenas

unas cuantas frases para pergeñar la crónica, deprisa y corriendo, que

en Madrid no esperan. Felipe se pasa a su coche y el bullicio sigue en

la «sala de Prensa». Los periodistas estamos como niños con un juguete

nuevo en un autocar que, aye, tú, tiene de todo: frigorífico, dos

televisores que no se ven mucho y un saloncito en el que pueden

escribir mientras te agarras a la mesa porque las curvas son

criminales. A alguien se le ocurre que vamos secos y, a escote vil,

reunimos un capitalito para llenar la funcional despensa de pan y

queso, cerveza y que no falten unas botellas de güisqui y de ginebra

para la generación alcohólica. Y tan felices.

EL BUENO, EL FEO Y EL MALO

En ta «troupe» socialista hay, aparte de la secretaria de Felipe

González y la doble escolta (que viaja en turismos camuflados por si

la araña negra del terrorismo), hay, digo, dos personajes relevantes.

Uno es Julio Feo, el «chamberlain» de la gira. Es el bueno, el feo y

el malo de la película, y todo de una pieza. Feo mayormente por el

apellido y un poco de «motu proprio». Bueno y malo, según y como haya

que cuidar al líder. De modo que los periodistas lo distinguimos con

calurosos sentimientos ambivalentes de odio y amor, de amor y odio.

Por la mañana es probable que haya tenido una bronca regular con un

cronista que viene de Madrid para entrevistar al líder, pero el líder

está algo afónico y Julio ejerce de valladar infranqueable. Luego to

reconsidera y se deja querer, persiguiéndonos para que almorcemos con

Felipe. Es puerto gallego y nos damos al inocente lujo de las ostras y

a una prepotente lubina al horno. A! líder no le gustan las ostras;

«pasar estos bichos que yo no como». Sí, Felipe come poco; sólo habla

y habla; de tiempos pasados y de tiempos presentes; de cuando Fraga le

quiso vender el pacto Cánovas-Sagasta y de cómo va a maravillárselas

en el caso de que llegue al Poder para arreglar el cotarro.

Otro personaje importante es el doctor Moneo, que vigila de cerca el

estado físico del líder. Moneo es hombre entre reservado y zumbón, y

no escucha demasiado a Felipe, porque además él no se deja. Debajo de

su corpachón se esconde un auténtico «fans». «Oye, yo no lo digo por

nada, yo soy base, pero Felipe es un tío muy responsable y se toma

esto en serio. Y, además, aguanta lo que le echen. Para que luego

vengan los intoxicadores diciendo la chorrada de que si está

enfermo...»

Se nos echa encima la hora del mitin, porque, a buen seguro, tendremos

que andar todavía los endemoniados doscientos kilómetros que nos

separan del correspondiente pabellón deportivo.

DEL CALOR HUMANO

Es la anochecida, saltamos de los autocares como si fuéramos a correr

los cien metros lisos o con vallas. Fuera del recinto hay un público

municipal y espeso que no ha podido entrar. Es probable que los

candidatos locales, que actúan de «teloneros», hayan tenido que

alargar la sesión si es que aquí no está prevista la fiesta musical.

Pero la gente se pone de pie cuando Felipe sube a la tarima,

generalmente escenario desmesurado. Hay globos, miles de globos, todos

tienen su globo y algunos su banderita con el puño y la rosa. Y hay

rosas, claro, que un niño o un «histórico» pone en manos de Felipe.

Hay, desde luego, un cierto ribeteado yanky en esta escenografía

festivalera. Felipe —sólo unos segundos para presentarlo— empieza a

hablar. A veces, chistoso, cuando hay que soltar alguna andanada a los

adversarios, pero sin pasarse, «que no me gustan las

descalificaciones, ni los insultos». Cuenta lo del «agujero» y se mete

con los que no se apean de los presupuestos y del coche oficial. Va

encorbatado, de oscuro, para no desmerecer con la foto publicitaria.

Pero —piadoso olvido— se ha dejado el «blaizier» azulmarino en el

coche y lleva un jersey a pico. De repente la voz se le endulza y se

vuelve persuasivo y vibrante, cuando entra en su terreno. Habla del

cambio y matiza siempre, «un cambio lento y sereno». Dice aquello del

coche que va marcha atrás y no se le puede meter la directa porque se

rompe la caja de cambios, y al personal, que parece muy de orden, muy

alegre, bastante «clasemedia», le parece de perlas. Siempre hay alguna

oveja negra. Un muchachete, con pinta de que pasaba por allí, se

cabrea un poco y dice por lo bajini, «estos son socialistas del niño

Jesús». En las antípodas emocionales hay cerca un sesentón arrobado,

con un gesto indescriptible entre la sonrisa y la lágrima. Felipe ha

empleado uno de sus latiguillos preferidos: «Si alguien bajara estos

focos no nos achicharraríamos tanto.» Estamos ya en el final. En medio

de los aplausos salimos a toda prisa hacia el autocar. Nos esperan

otros doscientos kilómetros y el mitin de todas medias noches.—Martín

BERNAL (enviado especial).

 

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