Autor: Carrión, Ignacio. 
 Elecciones 82. 
 Las masas andaluzas     
 
 ABC.    20/10/1982.  Página: 35. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

Las masas andaluzas

Cuando ayer tarde, ya en la recta final de la campaña, habló Suárez en Sevilla, no citó a

Ortega y Gasset para afianzarse en su centro: «Ser de izquierda como de derecha es una de

las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil, ya que ambas son formas

de ta hemiplejía moral», dejó escrito en «La rebelión de las masas».

Pero el señor Suárez no necefeita filósofos en sus mítines. Le basta con su sonrisa. Ni siquiera

tiene tiempo, o ganas, de andar y no ver. Su viejo partido se anuncia aquí con esta frase:

«Anda, Andalucía, anda». Desde antes de las siete de la mañana la cola del paro a las puertas

del Centro de Empleo de Nervión crece y tiembla. Abren a las ocho y cuarto lo que más parece

un garaje que una oficina: incluso los muebles (ficheros, sillas, archivadores) tienen ruedas.

Como si se los fueran a llevar corriendo.

Cientos de personas, hombres malhumura-dos y mujeres con niños en brazos, se agolpan ante

las rejas y sin mirar a la pareja de Policía Nacional. Unos van a «prestaciones», otros vienen de

reclamar, otros van ai «subsidio», «demandas» o «información». Hay gritos y humo. «Hace

poco a una de las empleadas, una señora mayor, la agredieron, l!e-gan a sacar navajas, esto

es un problema grave...», dice un funcionario que no quiere citar su nombre.

A la Prensa no se le dan estadísticas. Está prohibido. Pero uno no viene como Prensa.

¿Ofertas? Hoy sólo tres. Licenciados en Económicas, tuberos y soldador. «Para el empleo de

licenciado piden mucho —dice te informante—: que sea experto en finanzas y

tenga buena experiencia. No quiere la empresa revelar el nombre.»

Un tipo de unos sesenta años cobra cincuenta pesetas a los analfabetos por rellenar

formularios sentado en el múrete del patio antiguo contiguo a la oficina. Al fondo hay un cartel

que dice: «No al trabajo ilegal». «A ver, tu DNI —le pide a un peón— y prepara los diez duros

que hoy hay mucha cota.»

El peón se llama Antonio Sos. El impreso es de prestaciones médicas. Antonio Sos paga, luego

de firmar, y busca el mostrador. Su humildad, conmovedora. Evitamos cruzar la mirada y los

ojos huyen hacia otro cartel que sentencia: «La última palabra la pones tú». Pide el voto».

«Todos quieren sacar el voto con el paro», comenta un joven mirando un periódico. Y pasa las

páginas a toda prisa porque lo que necesita ver es la sección de ofertas de trabajo. El mismo

periódico va de mano en mano. Una mujer grita: «¿Viste eso? Al Cabrero, el «cantaor», lo

meten en (a cárcel por una blasfemia. Dos meses. Por lo menos allí te echarán de comer, digo

yo.»

Otra vez en la calle de Andrés Bemáldez: el tipo que cobra por rellenar formularios a los

analfabetos (y me recuerda a los funcionarios que rodeaban el Ministerio de Justicia en

Teherán, haciendo exactamente lo mismo, antes de Jomeini). Este tipo quiere tomar café.

«¿Cuida usted un poco de mis cosillas?», me pide, quitándose mucosidad con la palma de la

mano. Añade: «Ahora hay un parón y hay que aprovecharlo; luego le daré a usted cuatro duros

y se toma algo.»

Se nota: este hombre no sólo es necesario aquí, también es —o se sabe— muy importante.

En otra Oficina de Empleo (centro) la gente tiene «más nivel». Viste mejor. Y las «empleadas

del empleo» van ceñidas, son guapas, llevan tacón muy alto. Ese tacón que soto doninan, sin

romperse la crisma, las jóvenes andaluzas.

«El otro día —me dice una— entró un fulano con dos perros más altos que yo y nos quería

rajar con la navaja. Cuando llamamos a la Policía, que no está lejos, es tarde. Vienen despacio,

mi niño.»

En el barrio de las tres Mil Viviendas —que son muchas más— la miseria y la desolación son

extremas. Han arrancado, incluso, las alambradas que protegen los postes de aita tensión

«para que tos niños no trepen». La basura la arrojan en los descampados de Santa Genoveva.

Todo es una inmensa, vergonzante, vergonzosa y abandonada chapuza. Unos crios de diez u

once años me cortan el paso delante de las escuelas Domínguez Ortiz. «¿No quieres un

"porro"?», dice uno sacudiéndome el brazo. El otro, por detras y pegando los labios en mi

cuello, añade: «No, tú seguro que quieres algo mejor, ¿no?»

Fuera de) barrio, donde no llegan los turistas y, por tanto, tampoco entran los políticos (dicen

que a Fraga le echaron piedras) hay bares con la barra llena de hermosas tapas, tapas «de

cosina». Pero todos esos apetitosos manjares parecen, ahora mismo, uns atroz vomitona.—

Ignacio CARRION.

 

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