Autor: Prieto, Martín. 
 El 28 de octubre, elecciones legislativa. 
 El salario del miedo     
 
 El País.    21/10/1982.  Página: 17. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

El sedaño del miedo

MARTIN PRIETO

Un destacado beneficiario de nuestra derecha pura y dura circula por el centro de Madrid, por los

aledaños del Centro Colón, donde entre otras personas de respeto habita el general Sabino Fernández

Campo, secretario de la Casa Real. Pasea por la acera cuando se destapa una alcantarilla y emerge por ella

un hombre con buzo de obrero. El beneficiario reconoce la cara de un teniente coronel del Ejército

destinado en la Inteligencia del Estado. "¡Pero fulano, qué haces aqui y de esta guisa!". Y el aludido,

naufragando entre la amistad y la sorpresa, se confiesa: "Pues chico, que vengo de pincharle el teléfono a

Laína".

Quien contaba la anécdota (rigurosamente verídica) con nombres y apellidos argumentaba además que

este Gobierno no tenía intervenidos más de doscientos teléfonos. Ignacio Aguirre, secretario de Estado

para la Información cabeceaba dudoso —le pagan por eso— de la cifra y del cuento. Pero ahí está

fotografiado nítidamente todo el clima mora! de la dirección política de este país.

El candidato socialista ha parado por un día su caravana en Madrid y ha volado después a Euskadi, en un

infame vuelo de "Aviaco" que demuestra la veracidad de la teoría de Kuuta Jukosky sobre la sustentación

de superficies planas en corrientes aéreas y la estupidez de las concesiones monopolístícas. No quiero ser

abstruso: Kuuta Jukosky demostró que los aviones vuelan, pero yo me quedé ayer en tierra pese a llegar

media hora antes de la demostración de la sustentación sobre fluidos. Toda una tarde en coche hasta San

Sebastián para escuchar al líder socialista hacer una oferta de paz en esta ciudad machacada por el terror.

No ha cogido el autobús y por tierras vascas su seguridad le ha metido en el auto blindado de Johny

Falcone y El galleta, sus chóferes de seguridad. La Policía Nacional protege su hotel en Bilbao, donde te

cruzas con Mario Onaindía, Pilar Miró, Eduardo Sotillos, o con cenas explicativas de Euskadiko Ezkerra,

a más de la ironía del líder que flota tras la habitual conferencia de Prensa: "No quiero ser cruel ni

recordarle al señor Rosón mi polémica con él en el Congreso a cuenta de las negociaciones de Txiki

Bene-gas con la ETA". Y se muestra de acuerdo con la intención de última hora de este Gobierno de

mirar a los ojos al terror y facilitar a un sector de ETA el siempre difícil paso de apearse del tigre de la

lucha armada.

Se queja de toda la suciedad subyacente en esta campaña aparentemente tan átona, de corrección de

formas en la superficie y trufamiento de rumores: golpes de Estado por fascículos, terrorismo incierto,

alarma popular, indución a los niños de que perderán su colegio con un triunfo socialista, o a los rentistas

modestos de que el PSOE recorre España en un autobús con la intención de nacionalizarles la maceta del

balcón. Felipe se ríe de todo esto, en público, pero se le advierte dolorido por toda la guerra sucia que está

alfombrando su autobús electoral. Con los militares resulta exquisito, pero no puede evitar un punto de

impaciencia al tratar lo obvio. Así, si Aramburu Topete, director general de la Guardia Civil, confía en la

sensatez de los socialistas, el líder expresa a su vez su confianza en la sensatez de Aramburu Topete. No

oculta el hecho de que está harto de declaraciones militares de sumisión constitucional. Cuando le hablas

del tema —el golpe contra una Administración socialista— se llena de hastío, en ese reconocimiento

inconsciente que todos nos hacemos: "¿Cómo se puede hacer política bajo este chantaje?".

—Pero, Felipe —le aduces— la gente sale acongojada de los cines en que han visto Missing. Tiene razón

Carrillo cuando sugiere que hay que pasar esta película por televisión.

El caballo socialista, un punto harto de películas de miedo, intenta romper lo que estima un círculo

infernal de iniciados: que una clase periodística, política, intelectual, con acceso a zonas privilegiadas de

información —por más que muchas veces sea información podrida— está obsesionada con una asonada

que no preocupa a los ciudadanos comunes. El caso es que al llegar a Bilbao te preguntan por el sentido

de las últimas audiencias de la Zarzuela y que en los corrillos de enterados se discuten las posibilidades

de que Tejero obtenga un acta de diputado por Madrid. Si así fuera, la votación de indignidad sugerida

por Felipe de nada serviría, por cuanto el mandato popular, "el acta", prima sobre la decisión de la

Cámara. Y ahí el "número". Ayer me comentaba un cualificado periodista: "Aquí hay un voto de locura

que quiere ver a Tejero en el Parlamento". Y un candidato al Congreso: "Yo no me siento con él". Y un

jurista: "Pues te vas a sentar, porque si sale, pese a los estudios jurídicos que está haciendo el Gobierno,

hay que sacarlo de la cárcel para constituir la Cámara". Alguien, utópico pero sensato, sugiere encerrar a

los magistrados de la Sala Segunda del Supremo, en concilio, hasta que dictaminen —cuanto antes— los

recursos judiciales que pesan sobre Tejero y sus amigos. Manías, discusiones y problemas típicos y

tópicos de Madrid. Cuando escapas de esa neurosis y traspasas las alambradas que "Aviaco" pone entre el

futuro triunfo socialista y la libre información, acabas recordando que la red de alta tensión la nacionalizó

en Francia el general De Gaulle cuando sacó a las tropas alemanas de París, y que ya está bien de tanto

cuento y de tantas amenazas. Porque de quien gane estas elecciones se espera, entre otras cosas, no ver a

los oficiales de nuestro Ejército salir de las alcantarillas disfrazados de pocero.

 

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