Autor: Urbano, Pilar. 
 Elecciones 82. 
 Felipe González, el humano impaciente     
 
 ABC.    22/10/1982.  Página: 28. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Felipe González, el humano impaciente

Ser, como hemos sido los periodistas, carne de cañón, señuelo aparatoso sobre el asfalto, para

proteger al líder, no sé yo si entra en el sueldo... Acaso entre en la vocación de vivir para

contarlo. Y voy con el relato de unas intensas y escarpadas jornadas electorales norteñas

donde he visto a un Felipe González distinto del que conocía. Un Felipe González cambiante:

sosegado, pun-tuatizador, emitiéndose en «presidente» sin discusión durante una rueda de

Prensa en Bilbao. Un Felipe González áspero, hosco, entre el enfado y la exasperación, at

denunciar las «"trampas, corrupciones, enchufismos, amiguismos, ambiciones, ineptitudes,

incapacidades..." de ese saco común de desdichas que llama genéricamente "La Derecha" o

"ellos"» y que el espectador, perplejo, no sabe bien si es la UCD de Calvo-Sotelo, o la de

Suárez, o Fraga, o las agrupaciones de nueva estampilla desgajadas por deserción, del tronco

madre del Centro... Un Felipe González jadeante, sudoroso, en mangas de camisa, vociferando

un discurso deshilacliado; nervioso, duramente impaciente per tomar las riendas del control del

Poder, «porque ellos, tos otros, no van a ganar..., no pueden ganar..., ¡no merecen ganar!, han

dejado perplejos, escandalizados a muchos millones de españoles, ante el espectáculo

bochornoso que ofrecían, enzarzados en íuchas mezquinas por puestos en las listas...»

Un Felipe González prematuramente agobiado por «la tremenda responsabilidad que va a caer

sobre nuestras espaldas el 28-O, si ganamos las elecciones». Un Felipe González que, en vez

de abrir el paquete sopresa de su oferta de cambio, ¡y sigue stn destaparlo!, se empeña

machaconamente en «levantar las alfombras» de la Casa-Gobierno que espera ocupar dentro

de una semana. «La herencia del 28-O es muy dura: dos millones de parados, muchísimos

disminuidos físicos y psíquicos abandonados a su suerte, treinta mil millones de dólares a

pagar, con novecientos mil millones de pesetas de intereses a devolver en los próximos cuatro

años, un billón de pesetas de déficit del presupuesto, un quince por ciento de inflación, un

quince por ciento de carestía de la vida, un imperio de empresas en crisis, una agricultura

abandonada... El que venga, el 28-O, ha de pechar con estas crudas circunstancias... ¡Y yo no

tengo la culpa de que España esté así! (La culpa es de ellos!»

Un Felipe González erigido en maestro de moral, en inductor de un estilo ético, en predicador

de «los males de la patria»,, y en oferente del talismán para todos los remedios. «No sólo hay

una crisis política, y económica, y social, y cultural, y de convivencia solidaria. Hay una crisis

aún peor: la crisis de ética, la crisis de valores morales, i Hasta eso nos han robado! ¡Hasta la

moral para trabajar, y trabajar bien y con ganas!» Un Felipe González que rememoraba su

infancia montañesa, en el mitin de la plaza de toros de Santander: «Mi padre nos repetía: "¡Qué

pan más a lo tonto coméis!" Mi familia, donde yo me he criado, se levantaba a las cuatro de la

madrugada para empezar a trabajar. Desde siempre he tenido mala conciencia ante la pereza y

la ociosidad; desde siempre he tenido la conciencia del trabajo.» Y que en San Sebastián, en el

velódromo de Anoeta, en Vitoria, en Bilbao... repetía el estribillo de su convocatoria «a la

inmensa mayoría, para hacer posible el proyecto de cambio, porque el cambio no ha de ser

patrimonio del PSOE, sino de todos... ¡Todos nos necesitamos a todos!» Un Felipe González

que extendía ambas manos ofreciendo, como en su día Winston Churchill, «sangre, sudor y

lágrimas», una oferta de bolsillos vacíos: «¡Este país tiene derecho a la esperanza! Petróleo no

tenemos. Pero sí tenemos otras energías: inteligencia, ganas de trabajar, fuerza, una juventud

que tira palante..., ¡eso sí que lo tenemos! Y eso es lo que yo estoy tratando de convocar, de

sitio en sitio, por todas las tierras españolas.»

Un apunte-«flash», creo que revelador, de sus jornadas en el Norte podría ser, escuetamente,

éste: propuso un pacto de solidaridad para la pacificación del País Vasco, que «comprometiese

a todas las fuerzas e instituciones políticas "en Euzkadi y fuera de Euzkadi"». Apuntaló la idea

de que «el problema vasco no se puede dejar para que se lo resuelvan los vascos; porque nos

afecta a todos»; si bien declaró, en otra ocasión, que «el Gobierno y el Parlamento de Euzkadi

tienen muchos más recursos y resortes en sus manos para solventar la quiebra de convivencia

pacífica en esta tierra». Dijo que «nunca negociaría con ETA»; pero se mostró magnánimo para

insertar en la sociedad a quienes abandonasen la lucha armada. En ningún momento atacó al

PNV, ni a HB, ni a EE... Su artillería estallaba contundente contra sus verdaderos rivales en el

registro «españolista»: UCD Y AP, «los que han gobernado siempre, aunque nunca han sabido

gobernar ni mandar».

Otro apunte, esta vez humano, que me parece obligado transmitir, es el del coraje, quizá

excesivamente descarnado con que Felipe González se mostraba como «modelo de

honestidad», frente a todo tipo de corrupciones y corruptelas en las anteriores formas de

gobernar y administrar la cosa pública: «ya ha pasado el momento de los cuentos..., ¡ha

llegado la hora de las cuentas!»; y el no menos fogoso empeño que apostaba para afirmar su

«RH» democrático: «¡Yo no he salido de las covachas de la dictadura!», «a mí nadie puede

darme lecciones de democracia y de libertad», «a mí que no me comparen a Leen Walesa con

el señor Fraga; porque cuando Fraga era ministro, yo conocí las detenciones, la cárcel y la

clandestinidad, por pedir libertad. Y si entonces Lech Walesa, aquí en España, hubiese

pretendido demandar libertad para un sindicato..., ¡también habría ido a parar a Carabanchel,

por orden del señor Fraga!». Durísimo, sí.

En su reiterado mensaje convocador del esfuerzo de todos, «tengan o no tengan carné del

PSOE», González, que iba siempre a la expendeduría de «un compromiso nacional», más que

de «una sarta de promesas», «porque el cambio ha de ser lento, sosegado, sensato,

trabajoso... y no lo podemos hacer ni acaparar sólo los socialistas», reconoció que su partido y

su programa se habían moderado, se habían atemperado al ritmo del cambio social. Ni una

sola vez, ni una sola, hizo la menor referencia a la ideología, al pensamiento y al credo

(marxista o no mar-xista) de su programa y de sus siglas. Remachó su decisión de ayudar a las

empresas, de crear trabajo, de no gravar los Impuestos, de subvencionar la enseñanza privada.

Claro que aquí, en este renglón al que dedicaba tramos dilatados de sus mítines,

contraargumentaba: «sí, hay que ayudar a la enseñanza privada; ¡pero que me dejen también

hacer escuelas públicas para todos los niños, por todos los pueblos!... y que no se mida a los

españolitos, en sus oportunidades, por e) rasero de lo que abulte el bolsillo de sus padres, sino

por el rasero de su inteligencia y capacidad». Y, en cierto momento, acalorado en su diatriba

contra los dirigentes de la Confederación de Centros de Enseñanza, clavó una denuncia «que

ellos nunca quieren reconocer, pero que late en el fondo de todo este falso debate de la libertad

de enseñanza: lo que de verdad pretenden es asegurarse el privilegio de una cuidadísima

educación para unos pocos, que continúen así heredando los cuadros limitados de élites

capaces de controlar, como siempre, el poder político, económico, social...»

Y mientras el líder socialista se pasaba el pañuelo por el rostro, sudoroso bajo los potentes

focos del polideportivo, esto era en Vitoria, se percibía el palpito de una medular conciencia de

lucha de clases, que, digan lo que digan y como lo digan, no nos engañemos, late, agazapada,

en el hondrón de su doctrina. Un socialismo auténtico y moderno se atempera, se sosiega, se

adapta al terreno social y político... ¡Pero no se desnaturaliza de la noche a la mañana! Es lo

que es.

Y un apunte final, del que me hago plenamente responsable: Hay dos notas que me

intranquilizan, ante la hipótesis de Felipe González como presidente. Una: detrás de él hay un

partido, con una determinada concepción del mundo y de la vida, que por definición y método

bascula entre dos simas peligrosas: la utopía y la reducción materialista. Y Felipe González no

llegará al Poder en solitario, sino con ese arropo instrumenta). Y dos: la espera socialista, en

los umbrales de la Moncloa, además de adiestrarles (hay que suponer que sí) para la

gobernación de España les ha engallado en su hartazgo y les ha endurecido en su impaciencia.

He vislumbrado estos días a un «presidente González» infinitamente más altivo, más soberbio,

más poseído por la conquista del Poder de lo que en tanto tiempo de conocimiento personal yo

podía sospechar.

Pero hay también una nota que comunica ilusión y confianza; siquiera sea sólo en el talante del

hombre Felipe: cuando ayer y anteayer González declaraba «mientras haya un niño sin

escuela, un subnormal desamparado, un viejo sin pensión, un hombre sin trabajo... ¡yo no

estaré conforme!, ¡yo seré inconfor-mista!», muchos miles de personas le creyeron. Sepa el

líder que un mendrugo de fe puesto de gratis en sus manos, obliga.—Pilar URBANO.

 

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