Autor: Santos, Carlos. 
 El duque está más preocupado por su mensaje que por su imagen. 
 La sublime obsesión de Suárez: Que le crean     
 
 Diario 16.    22/10/1982.  Página: 12. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

El duque está más preocupado por su mensaje que por su imagen la sublime obsesión de Suárez: Que le

crean

Adolfo Suárez ha dejado en segundo plano su imagen, ingrediente fundamental de su patrimonio, para

dedicarse de lleno a una actividad que lo obsesiona: Transmitir un mensaje político del que se muestra

absolutamente convencido. Esta obsesión, que constituye la grandeza de su campaña electoral, es también

una de las cosas que le quitan brillantez. Y la campaña, marcada por esta dinámica, ha entrado ya en su

tramo final.

Carlos SANTOS

Madrid — Adolfo Suárez, líder del CDS, viajó ayer a Pamplona y continúa hoy viaje en Rioja, Soria y

Guadalajara. Mañana, se va a Granada y el domingo, a Cataluña. Son los últimos compases de una

irregular campaña electoral, sobrada de ritmo, pero escasa de armonía

A estas alturas, Suárez habrá repetido no menos de cien veces su mensaje electoral: la necesidad de un

centro progresista, la supremacía del poder civil, la propuesta de un pacto de Estado para acabar con la

crisis.

Profundidad

En casi todas las ocasiones y tras alguna confesión autocrítica («Ya sé que esto que voy a decir es más

discursivo que mitinero...») se ha metido en honduras económicas que más de una vez han chocado con la

incomprensión o la frialdad de los oyentes

Una y otra vez, traslada s su auditorio un análisis ce la situación económica que desarrolla con la mayor

seriedad y que suele desembocar en una reflexión como ésta: «El partido que gane las elecciones, sea e´

que sea, no podrá arreglar en solitario esta situación. Es necesario que todas ¡as fuerzas políticas elaboren

una estrategia común para acabar con fe crisis.»

Machacón

Una y otra vez, machacón, repite un mismo ejemplo, que le desaconsejan los allegados y que había de

crudos, dólares y puntos de inflación. Con sus datos, demuestra algo que el público ya sospechaba: que la

peseta vale un poquito menos cada día y que las cosas cuestan cada vez más caras en España, esclava de

ia situación económica internacional.

Cuando dice estas cosas

(en Alcañiz, en Isla Cristina, en e! Puerto de la Cruz...), el público lo mira arrebolado, pero no existe

constancia de que lo escuche y mucho menos de que lo entienda. Los aplausos, frecuentes, no suelen

surgir por el contenido del discurso sino por la forma: una alteración del tono de voz, un gesto de firmeza,

una ironía, una mirada, una pausa, desatan las manos de! auditorio..

A esta regla casi general — no sólo para los mítines del CDS sino para los de otros partidos— sólo hay

una escepción notable: cuando e! duque habla de los militares, defiende el poder civil y ataca el golpismo.

Aquí, invariablemente, el público estalla en aplausos. En Santander, en Zaragoza, en Las Palmas... Es la

constante

Del mensaje electoral del CDS la defensa del poder civil es, sin duda, lo que más impacto causa en los

asistentes de los mítines En un segundo plano, lo que suele lograr mayor aceptación es la propuesta de un

pacto entre las fuerzas políticas y las razones para llevarlo a cabo:

«Hay quien dice —grita, entre aplausos, Suárez — que el objetivo de estas elecciones es impedir que

gane el PSOE. Eso es un disparate. Nosotros decimos que el objetivo de estas elecciones, gane quien

gane, es solucionar los problemas de España.»

Cuerpo a cuerpo

Pero, más que las palabras, lo que llega a! público es la imagen de Adolfo Suárez, al que en todas partes

quieren ver de cerca, tocar, besar... Las señoras se le arrojan literalmente en los brazos. Los hombres, con

asimismo , se parten e! codo para lograr llegar junto a él, hacerse os encortradizos y darle la mano.

Las adolescentes («¡Qué guapo esí») quieren que les firme autógrafos y programas. Los mozalbetes que

engrosan el servicio de orden de turno (peinados como Adolfo, vestidos como Adolfo, y rezumando, en

algún caso, el inequívoco aire de niños bien} se ponen casi firmes y lo miran con admiración. Y los cna-

vales, que se cuelan entre las piernas de los mayores, le gritan cosas que quizá han oído en casa: «Qué va-

liente eres, cómo los tienes. .. u

A lo largo de la campaña. y seguramente por problemas de organización, los contactos cuerpo a cuerpo

con el público no han sido numerosos. E! cuque, que ha insistido muchas veces en que no quiere «¡Segar

a los sentimientos, sino a la razón», ha dejado en segundo plano lo que constituye una parte fundamental

de su capital político: su imagen.

Frío

•• Cuando el duque habla de los militares, defiende el poder civil y ataca eí golpismo, invariablemente, el

auditorio estalla en aplausos

»• Más que las palabras, lo que llega al público es la imagen de Suárez, al que todos quieren ver, tocar,

besar...

Solo en los últimos días, y después de chocar con algún que otro ambiente ex-cepcionalmente frío, ha he-

cho concesiones a la oratoria mitinera. Prácticamente en ninguna ocasión se ha dejado llevar por lo que

ou-dieran llamar «tentaciones fotográficas»: No se ha puesto chapela en Bilbao, no ha escanciado jerez en

Cádiz, no ha bebido en bota... Mientras Fraga hacía queimadas y Landelino La-villa preparaba paellas,

Suárez, la negación pura de la gastronomía («lo que es yo, como no haga una tortilla francesa...»), se

dedicaba a otra cosa: difundir con la mayor seriedad un mensaje político del que se muestra

absolutamente convencido.

Esta convicción en un mensaje constituye quizá la mayor peculiaridad y grandeza de la campaña suarista.

Pero es también una de las cosas que le quitan brillantez.

 

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