Autor: Urbano, Pilar. 
 Elecciones 82. 
 Lavilla: "Yo no insulto, yo argumento"     
 
 ABC.    23/10/1982.  Página: 26. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

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NACIONAL /ELECCIONES 82

SÁBADO 23-10-82

Hilo directo

Lavilla: «Yo no insulto, yo argumento»

TARRAGONA. No es un «animal de feria electoral», le repugna ser «vedette» del espectáculo de mitin,

aunque sabe como nadie que él es la única «mercancía» vendible hoy bajo las siglas de UCD. No

gesticula, no grita, no explota el paroxismo del público, como Felipe González; ni el «boca a boca»

callejero de Fraga. Y, sin embargo, hay una sorpresa humana en estas elecciones, es, precisamente, el

descubrimiento de Landelino Lavilla en su dimensión de liderazgo. Un liderazgo sosegado, racional, frío,

que no cultiva el enardecimiento superficial de un instante, sino el convencimiento duradero y en

profundidad. El público le escucha en silencio. Y cuando rompe en ovación es el propio Lavilla quien,

alzando la mano, impone el silencio.

El está haciendo su ronda de comunicación, de despertador de votos dormidos y de orientador de votos

perplejos, para transmitir un solo mensaje: la necesidad de que exista un centro fuerte que asiente la

democracia: «el eje de la política no debe tambalearse ni desplazarse, a izquierda o a derecha. Ha de estar

centrado»... y sigue siendo, y ahora más que nunca, necesario e) centro, la UCD, no sólo para moderar

posiciones enfrentadas que podrían radicalizarse, sino para conciliar tantas posiciones y realidades que,

entre unos y otros, desde los extremos, se empeñan en hacer irreconciliables».

Logroño, Zaragoza, Tarragona, bajo paraguas y a todo llover. Ha leído por la mañana las encuestas que

sitúan «supermán» vencedor al PSOE, y segunda fuerza a AP. Y que a UCD apenas sí le dejas et especie

escueto de un grupo parlamentario. Pero se niega a comentarlas: «la voluntad popular se expresará el día

28, en las urnas... y por muy serios que sean unos sondeos previos, las urnas no pueden sustituirse por las

encuestas... Además ¿quién conoce en este momento la dirección real del voto indeciso, que es aún muy

superior al 35 por 100?» Yo he sabido que L. L. tiene en su bolsillo otras encuestas, con otros resultados,

bastante más abultados: se pronostican más de 60 escaños. Pero no las enseña «por respeto a la voluntad

del pueblo». Animado también por ese respeto, no entrará en el juego que otros líderes vienen practicando

en esta campaña, de la agresión verbal, a veces sañuda. No entrará aunque Juanita, su mujer (siempre

junto a él, porque L. L. reclama su compañía amena, distendida y de entusiasta «fan»), le recomiende:

>>Lande> tienes que pegar más..., tienes que dar leña..., mira lo que hacen los otros.» «No. Yo puedo

enjuiciar serenamente, críticamente, otras opciones y otras ofertas..., pero no puedo bajar al barro del

insulto y el exabrupto. Imaginación para insultar no me falta. Pero sólo utilizaría esas armas como

argumento disuasorio, cuando no tuviese argumentos. ¡Y sí los tengo!»

En otra ocasión le he oído decir: «cuando un político puede presentarse ante sus posibles electores para

mostrar sus ideas, sus proyectos, su programa, y todo ello con palabras de racionalidad, ¿por qué ha de

liarse a repartir bofetadas y a descalificar agresivamente a diestro y siniestro?»

En Zaragoza, le pregunto si podían incidir en la campaña esos resultados anticipados de victoria socialista

a lo tremendo, con más de 200 escaños, y de alto auge aliancista. El no lo cree así: «El PSOE está

exaltante y triunfalista, sí, pero... ¡todavía no ha ganado! AP también aparece eufórica, pero no porque

vaya a ganar las elecciones, que no las va a ganar, sino porque empiezan a lograr lo que pretenden:

triunfar y destruir la UCD, para sustituir el centro por una derecha cada día más dura y cruda. Una

derecha que arranca los votos a Blas Pinar, y en la que los verdaderos conservadores empiezan a no tener

cabida... o van a estar muy incómodos.

Como le he oído varias veces afirmar que «desde la derecha hoy no se pueden ganar (as elecciones en

España», inquiero en este punto. «Ahí está la experiencia de Andalucía, muy reciente: en un principio, no

ganaba el socialismo. Pero cuando algunos sectores votantes de UCD atendieron la llamada de

alineamiento con la derecha de Fraga, al mermar al Centro, no dieron la victoria a la derecha..., sino que

el socialismo arrolló... Y es que al Partido Socialista no se puede ganar hoy desde fa derecha, sino desde

el Centro, desde UCD.»

En sus mítines marca las diferencias rigurosas que le separan de AP, en estrategia, talante e ideología.

Denuncia tos «abandonos de ciertas banderas que antes defendían», tanto en los ribazos de AP como en

los de PSOE, de cuya «moderación y adaptación al terreno por conveniencias electoreras» no se fía:

«Porque ¿cuál será la capacidad del PSOE para contener los embates de unas bases tan radicalizadas

como las que tienen todos los pueblos donde está implantado?» y porque: «Sigo temiento el riesgo de

que, con una UCD disminuida, se estrapolan las tendencias extremas de uno y otro signo, que es lo que

hasta ahora ha impedido el centro... Sin ir más lejos, ayer mismo Alfonso Guerra respondía por la radio a

una pregunta sobre «el peligro de una unión de las izquierdas», con palabras nada tranquilizantes para mí:

«Yo no creo, dijo Guerra, en el peligro de un —frente— popular si gana el PSOE... Lo que creo es que,

ahora, no es posible un Frente Popular.» Yo me pregunto: «¿Y si dentro de poco tiempo estiman que no

sólo es posible, sino conveniente ese frente popular?»

Se presenta Landelino Lavilla con su aspecto respetable, parsimonioso, -despresidencializado» de la alta

tribuna de la Cámara de Diputados; se presenta, digo, como el hombre limpio, el naipe no marcado, el

argumento creíble, o al menos fiable, para reconstruir una sólida alternativa de Centro. Le veo, esfinge de

hielo, pero cargado de fuego que a veces entra en erupción, haciendo más una sombra de doctrina

democrática para cosechar dentro de algunos años que «trabajándose el voto» de dentro de cuatro días. Y

si en mis correrías electorales he visto en Fraga el impulso autoritario y en Felipe González la vehemencia

esperanzada, en Landelino Lavilla veo una seriedad responsable que, sin duda, no emociona. Pero que

quizá convenza.

Si el juego limpio de no bajar a los callejones de las reyertas a navajazos (¡ni siquiera para Suárez tiene

palabras displicentes!) recibe el 28-O un voto de premio. Landelino puede pasar a recogerlo.

En un momento de esta primera jornada electoral con L. L. le he comentado:

—Supongo que no ha salido usted al ruedo para conformarse con dieciocho o veinte escaños; supongo

que desea usted ganar...

—Sólo me conformo con el número de escaños que me den el triunfo...

—Bien, en ese supuesto, que las urnas dirán si sí o si no, ¿qué equipo de Gobierno presidiría usted?

—Si llego a formar un Gobierno, lo haré con personas nuevas, de calidad humana, eficaces, solventes,

firmes en sus criterios y en sus acciones, plenamente identificadas con las ideas y los proyectos políticos

de UCD... Sin que sea necesario que tengan el carné del partido. Por otra parte, y ante una hipótesis de

coalición postelectoral, tenga usted seguridad de que UCD, mientras yo la presida, no participará con

ninguna opción política donde se pongan en peligro o en quiebra nuestras ideas, nuestras esencias y

nuestras creencias. En eso yo me comprometo.

Mientras tecleo estas líneas, en Radio Nacional de Tarragona, Lavilla «responde» en el programa

«Directo, directo». Repaso mis notas de ruta y observo que en unas pocas horas he sabido más del

programa de Gobierno que ofrece UCD que en varios días viajando con los líderes de AP y PSOE. Sé que

no van a reformar la Constitución; que no van a demandar la reimplantación de la pena de muerte; que no

van a abogar por el aborto; que apuestan por la subvención de la enseñanza privada en fórmula de ayuda

directa a las familias y no a los centros; que piensan arbitrar un conjunto de medidas sociales para

garantizar a todos los españoles, en el primer tramo de su vida, una igualdad de oportunidades y en el

último tramo de su vida un mismo nivel de acomodo... En el instante quizá más incendiado de uno de sus

mítines, en el Coliseo de Zaragoza, le he visto y oído declarar con voz fuerte y gesto rotundo: «... Porque

ni la izquierda tiene que enseñarnos nada en justicia social, en igualación de formas de vida y en

aspiraciones y logros de libertad... ni la derecha tiene nada que enseñarnos en la grandeza y la unidad de

España, del sentido del Estado, de la responsabilidad de gobernar, del afán reformista... Nada que

enseñarnos y mucho que aprender!»

Dentro de un rato, cuando sobrevolemos Tarragona y Aragón, ya de noche, le preguntaré a Landelino qué

libro lleva de hotel en hotel para sus horas de insomnio. En estos días de campaña, Felipe González lee

«Azaña, 1935». No sé si para aprender o si... para no caer en los mismos errores.

Pero tengo una mejor pregunta: Felipe González, en todos estos años de espera, en los umbrales de la

Moncloa, además de la? «picardías» del poder, ha aprendido sin dr «cómo se entra». L. L. ¿ha aprendido r

se sale?.—Pilar URBANO.

 

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